Nº 2181 - 7 al 13 de Julio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSin el menor entusiasmo el pueblo israelí se acerca a la quinta elección nacional en cuatro años. Naftalí Bennett inició su mandato con 61 diputados —sobre 120— pero de partidos muy heterogéneos. El alejamiento de varios legisladores le hizo perder la mayoría. Leyes fundamentales no lograron ser aprobadas por la Knéset (Parlamento). No por diferencias ideológicas, sino por la negativa del Likud a votar junto con el oficialismo. Nunca en la historia estatal los choques personales influyeron tanto.

Un año después de formado, el gobierno entendió que era imposible continuar. Bennett y Yair Lapid, canciller y arquitecto de la alianza, anunciaron la disolución del Legislativo y nuevas elecciones en cuatro meses. Bibi Netanyahu fue el responsable de esta “crónica de una muerte anunciada”, pero nadie sabe quién liderará el próximo Ejecutivo.
Para comprender el mapa político israelí hay que asumir que la antigua dicotomía izquierda-derecha no significa, particularmente aquí, diferencias de fondo en temas sociales. Más bien representa la mayor o menor disposición a ceder territorios disputados en las bíblicas Judea y Samaria (Cisjordania). Prácticamente todos los partidos apoyan anexar el estratégico valle del río Jordán —límite con Jordania— y mantener la ciudad vieja de Jerusalén, donde se encuentran el Muro occidental, la iglesia del Santo Sepulcro y la mezquita de Al-Aksa. También desean conservar la mayoría de la Zona C cisjordana, donde hay 500.000 israelíes y 70.000 musulmanes. Las zonas A y B concentran la mayoría de la población palestina —unos 3 millones—, que viven bajo un régimen autónomo (AP) con capital en Ramallah. Su gobierno está, además, enfrentado con la organización terrorista Hamás, que controla Gaza, con 1,5 millones de habitantes. Un hecho poco sabido es que la electricidad, alimentos y trabajo para miles de gazatíes los proporciona Israel.
La base ideológica de Israel es el sionismo, movimiento nacional de liberación que condujo a la creación del Estado. Su idea fundamental es el derecho del pueblo judío a una patria donde la tuvo históricamente. Aunque sus orígenes son bíblicos, el movimiento político fue creado por el periodista Theodor Hertzl a fines del siglo XIX, impresionado por el “caso Dreyfus” y las persecuciones antisemitas en Europa. No puede ser definido como de izquierda o derecha ni laico o religioso, pues alberga diferentes corrientes, atravesando horizontalmente el espectro político del país.
Todos los partidos políticos israelíes son sionistas. Existen diferencias en los grupos religiosos ultraortodoxos, pero solo los partidos étnicos árabes no lo son. En consecuencia, el antisionismo no se opone a un gobierno concreto, sino que niega la legitimidad de Israel y su derecho a existir. Por esto la actual definición de judeofobia elaborada por el IHRA (holocaustremembrance.com), integrado por unas 40 naciones —incluyendo Uruguay—, sostiene: “El antisemitismo es una percepción que expresa odio a los judíos. Las manifestaciones se dirigen a personas, bienes, instituciones comunitarias y lugares de culto”. Su expresión consiste en fomentar agresiones, realizar acusaciones falsas, minimizar el Holocausto o cuestionar su derecho a la ciudadanía. También aplicar un “doble rasero con Israel, exigiéndole conductas no esperadas de ningún otro Estado, o negar el derecho a su misma existencia”. Sin embargo, las críticas similares a las dirigidas contra cualquier otro país no son antisemitismo.
En resumen, expresar desacuerdo con acciones israelíes es legítimo. Ahora, si la prédica pide destruir al Estado hebreo —como los ayatolás iraníes—, esto sí constituye judeofobia. Un ejemplo es la extremista María Delgado, que en 2014 y 2015 —bajo la presidencia de José Mujica— fue autorizada a ingresar en Israel debido a cierta gestión que es mejor olvidar.
Israel es una democracia parlamentaria, con un presidente electo por la Knéset —Isaac Hertzog— que cumple una función básicamente protocolar. La jefatura del gobierno recae en el premier, junto con el gabinete. El Poder Legislativo unicameral cuenta con 120 legisladores, electos por cuatro años mediante el sistema de representación proporcional. Sin embargo, se debe superar el 3,25 % de los votos.
El espectro político actual lo integran 12 grupos:
— Likud, nacionalista conservador. Sus raíces provienen del movimiento juvenil Betar. Su primer gobernante fue Menajem Beguin, quien firmó la histórica paz con Egipto (1979). Acepta un Estado palestino manteniendo zonas estratégicas del área C. Apoyó el mapa presentado por Washington en 2020, rechazado por Ramallah.
— Avodá, el viejo laborismo israelí, fundamental en la creación del Estado con líderes como Ben Gurión, Moshé Dayán, Golda Meir, Isaac Rabin y Shimón Peres. Hoy su fuerza es muy limitada.
— Kajol Lavan, partido centrista liderado por Beny Gantz, actual ministro de Defensa.
— Tikva Jadashá, nuevo partido creado por Guideón Saar, separado del Likud, con similar ideología pero enfrentado personalmente a Netanyahu. Su líder es conocido por una férrea ética personal. Otro dirigente clave es Dany Dayán, actual presidente de Yad Vashem (Museo del Holocausto y el Heroísmo), en Jerusalén. Hace días se reunió con el papa Francisco y acordó un acceso total a los Archivos Vaticanos de la época de Pío XII.
— Yesh Atid, dirigido por el actual premier interino Lapid. Es un partido laico y centrista, contrario a los privilegios de los grupos haredim (religiosos ultraortodoxos). No está dispuesto a aliarse con el Likud, salvo sin Netanyahu.
— Yemina, nacionalista y religioso moderado. Defiende anexar unilateralmente por motivos históricos y de seguridad el área C. Su líder es Bennett, aunque anunció que no se presentará en los próximos comicios.
— Israel Beiteinu es un partido nacionalista laico. Su líder, Avigdor Liberman, se opone a la influencia haredí y propone intercambiar territorios y población con los palestinos.
— Meretz, socialista laico, acepta retornar a las fronteras previas a 1967, con mínimos ajustes, si los palestinos firman un acuerdo de paz.
— Shas, religioso haredí sefaradí (descendientes de judíos orientales y de naciones árabes). Defiende el mundo de las yeshivot (centros de estudio religioso) y cree en la protección divina.
— Yahadut Hatora (Judaísmo Bíblico), religioso haredí ashkenasí (descendientes de judíos occidentales). Al igual que Shas se presenta como el más serio defensor de los mandamientos bíblicos.
— Ra’am , grupo islámico que ha variado su posición y se integró al sistema político. Pide mayor apoyo para la sociedad árabe. Integró la coalición de Bennett. Asumieron públicamente su identidad como ciudadanos israelíes y tomaron distancia de los palestinos.
— Lista Conjunta, partido musulmán que apoya el panarabismo y no posee una identificación clara con el Estado.
Las próximas elecciones están divididas, más allá de temas ideológicos, entre quienes apoyan a Bibi como premier y quienes buscan su retiro total de la política. Nadie sabe hacia qué lado se inclinará la balanza.