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    Cómo hacer música que quieran tocar tus ídolos

    El baterista uruguayo Diego Pinera, una de las figuras del jazz berlinés

    Cuando David Bowie le ganó de mano, Diego Pinera tuvo que subir la apuesta. Ambos habían convocado a Donny McCaslin, uno de los maestros del saxo, nominado a varios premios Grammy, quien se decidió por grabar en Blackstar, que sería lo último del cantante británico. Pinera no se resignó a bajar la mira y llamó a Mark Turner, otro monstruo del tenor. Apenas el disco estuvo pronto, Pinera se lo mandó a McCaslin. Un año y medio después, lo presentaron juntos en una gira por Alemania. Detrás de los platillos y los tambores, el baterista supo que había triunfado.

    En el escenario le costaba creer que estaba tocando su música con uno de sus ídolos. Cerraba los ojos y pensaba solo en permanecer en ese segundo. McCaslin había llegado de Nueva York para presentar con Pinera y el bajista británico Phil Donkin, el disco My Picture (Octason Records, 2016), en una gira de seis días por Hamburgo, Bielefeld, Berlín, Colonia y Hannover. Nunca habían tocado juntos. No hubo ensayos pero sí conexión, y Pinera atesora el primer concierto, que una radio pública alemana retransmitirá en junio, como el mejor de la gira.

    Este músico montevideano formado en el candombe y los ritmos cubanos es hoy uno de los más destacados del jazz berlinés. La revista Down Beat, referencia mundial del género, lo definió como “una estrella en ciernes” con “una rara sensibilidad como compositor” y lo comparó con Elvin Jones, el legendario baterista de John Coltrane. La publicación Drums and Percussion calificó My Picture con cinco estrellas sobre cinco y opinó que eleva el jazz latino “a un nuevo nivel”.

    Los músicos alemanes le llaman tour loch al vacío anímico posterior a la euforia de una gira. Piñera, de 35 años, todavía está saliendo del loch que quedó de la gira con McCaslin y Donkin cuando le cuenta a Búsqueda cómo llegó a tocar su música con algunos de los mejores jazzistas del mundo.

    Antes era Piñera. Eliminó la eñe para terminar con los errores en los créditos cuando lo nombraban en Alemania y Estados Unidos. Igual, la entrada de Wikipedia en alemán, la única que hay sobre él, mantiene esa extraña letra española. Y una revista que reseñó su disco lo llamó Pinero. El sábado 7, durante el concierto en Berlín, el presentador del club Zig Zag se esforzó, de forma correcta pero innecesaria, por decir Piñera. En una de las primeras filas escuchaba la madre de quien supo llamarse así, el baterista al que ella le dio la música.

    A los cuatro años, Diego aporreaba cualquier objeto que tuviera por delante cuando participaba de las sesiones de guitarra con sus padres. Su abuela le regaló un tambor de plástico y una hermana que estudiaba música llamó la atención sobre cómo el niño seguía el ritmo. Consultaron al percusionista Pelao Meneses, que confirmó el diagnóstico: el niño sabía tocar. Empezó a estudiar con él y a los nueve años le dijo que ya no le podía enseñar más. Decidió remitirlo a Osvaldo Fattoruso, que dudó. “Si no sirve, se lo devuelvo”, indicó que le dijo a su padre. Pero pasó la prueba y estudió con Fattoruso casi una década. Absorbió jazz fusión y se transformó en un nerd musical. En el liceo, mientras sus compañeros lo torturaban con Nirvana, él se sumergía en Chick Corea Elektric Band.

    Ya era un profesional. Le pagaban desde los seis años por tocar con coros en las escuelas y sus padres rechazaron ofertas para que saliera en la televisión, cuenta Piñera, pero alrededor de los quince años la etapa de niño prodigio terminó. Entró en un bajón, no se encontraba en la escena musical uruguaya. Estudió un año en la Escuela Universitaria pero no le rindió la vertiente clásica. Entonces Sergio Tulbovitz, que había sido su profesor de percusión cubana, le tiró un salvavidas: todos sus contactos en Cuba, donde él se había formado. Piñera voló a La Habana.

    En la isla recuperó impulso. Estaba técnicamente en forma y conectó con la timba cubana, una salsa moderna y virtuosa. Se fanatizó: estudiaba diez horas al día. Vivía en lo que recuerda como una “ciudad utópica musical”, el campus en el que se encontraban las universidades de música popular, clásica y danza, que los estudiantes habitaban aislados, tocando. Conoció a una pianista estadounidense y se fue con ella a Seattle. Tocó en bandas de salsa, timba y fusión. Dice que a los tres meses era uno de los bateristas más requeridos de la ciudad. La pianista consiguió una beca para estudiar con Danilo Pérez, ladero de Wayne Shorter, del otro lado del país. Un día Pinera se enteró de que el Berklee College of Music de Boston hacía su tour mundial de reclutamiento y presentó un casete. Lo admitieron por dos años y se le abrió la puerta del jazz. En la grabación de un disco del músico uruguayo Eduardo Tancredi coincidió con Antonio Sánchez, baterista de Pat Metheny. Volvió a Uruguay con la crisis económica y una tendinitis. En el sello Perro Andaluz editó sus primeros trabajos, Buscando y Forward. Pero no veía futuro, y cuando sus hermanas se fueron a vivir a Munich, él las siguió. En busca de inspiración artística, estudió un tiempo en Leipzig y terminó radicándose en Berlín.

    Empezó a sentirse uno más de la escena del jazz en su nueva ciudad cuando el pianista alemán Sebastian Schunke lo invitó a grabar un disco. Compartió estudio con el trompetista Alex Sipiagin y con Pernell Saturnino, percusionista de Paquito D’Rivera. Después de las sesiones, los músicos se acercaban a felicitarlo y se dio cuenta de que estaba tocando de igual a igual. Ganó confianza en sí mismo y se preguntó qué pasaría si empezaba a llamarlos él. Así, convocó al saxofonista húngaro Tony Lakatos para grabar Reflexiones (2010), su debut europeo. De pronto era band leader.

    Pero también es empleado. Un día de trabajo puede consistir en encerrarse en una habitación de hotel en China, golpear un pad de goma que usa para estudiar y molestar a los vecinos. Como sideman de Schunke, a menudo participa en giras organizadas a alto nivel en ese país. Cuando no, tiene su propia rutina, que no incluye días libres. Muchas veces no tiene ganas, pero se impone por disciplina hasta ocho horas. Primero practica sobre el pad una serie de rudimentos de manos en su apartamento de planta baja frente al parque Volskpark Friedrichshain. Después baja al subsuelo, donde tiene su sala de ensayo, para trabajar con la batería. Estudia los programas que debe tocar esos días en un espectáculo o una grabación. La última hora toca lo que tiene ganas y trata de romper límites.

    A veces tiene que interpretar música que no le gusta. Nunca lo haría en un disco suyo, dice, pero de algo hay que vivir. Ha tocado con artistas de pop, de hip-hop y otros géneros que le son ajenos. Ahora tiene un contrato con la Symphonic Pop Orchestra, que interpreta en vivo música de películas, con puesta en escena. Este verano tiene unas 30 funciones y en setiembre grabará un DVD en vivo. No es un trabajo fácil: debe seguir el ritmo de un metrónomo que sincroniza con la imagen y marca los cambios de toda la banda. Un error, una página que se pega, y se complica un espectáculo para quince mil personas. Por eso le pagan bien. En la última presentación, en Colonia, casi pierde los estribos. Volvía de tocar en un festival en Italia y los nervios no lo dejaron dormir. Sin ensayo general, se encontró con la banda en la tarde del concierto. Aunque todo salió bien, disfrutó más cuando terminó que cuando tocaba. En Nueva York conversó con varios músicos los problemas para dormir en las giras. Ahora toma un té con una “pasta diabólica negra” que le recomendó el bajista Ben Street, y le ayuda a aplacar la ansiedad.

    Su lado jazzista ganó terreno en Berlín. Se dejó influir por el avant garde y el free jazz, que son fuertes en la ciudad, y se alejó de la música latina. Strange Ways (2014), con su cuarteto de músicos residentes en Berlín —Donkin, el pianista Tino Derado y el saxofonista Peter Ehwald— testimonia esa transición. Ahora escucha a los bateristas Brian Blade y Jeff Ballard, mucho jazz de los 60 —Coleman, Davis, Coltrane, Henderson—, a John Scofield, a Brad Mehldau. Y a sus colegas alemanes, como Schunke o Derado, de los que aprende y recibe consejo. Tiene presente una vez que Donkin lo hizo observar cómo el trombonista alemán Nils Wogram cambiaba de roles durante una sesión, cómo el bajista salía del segundo plano para llevar la melodía y el trombón tocaba el acompañamiento. A eso aspira Pinera. Explica que su ambición es lograr un sonido de jazz viejo, con mucho platillo ride, y “romper los esquemas rítmicos normales”. Composiciones con diferentes estructuras, capas, una complejidad escondida y melodías al frente.

    En busca de su sonido se fue a grabar My Picture a Nueva York con Turner y Street en enero del 2015. Alquiló una sala donde se dedicó a estudiar cinco días antes de la grabación. Esas noches casi no durmió. Dice que lloró y maldijo su mala suerte cuando su tour manager se enfermó y estuvo a punto de no recibir su batería. Cuenta que en el estudio Systems Two había un micrófono de Coltrane que había llevado alguna vez su hijo Ravi. Que cuando apretaron rec, todo fluyó. “Hay cosas que toqué en este disco que no sé cómo las toqué, que me las trato de copiar a mí mismo. Esos músicos me llevaron a mi potencial máximo”. Casi siempre usó la primera toma, o la segunda. Para no corregir las grabaciones, se instaló con el saxofonista en un cuarto, y el bajista en otro. Así, todo lo que grababa él entraba también por el otro micrófono, y viceversa. Además consiguió un técnico de sonido muy purista que le paraba el carro cuando quería corregir algo. No, es jazz, la toma está bien. ¿O querés hacer pop?

    Para un compositor que no está acostumbrado a un instrumento armónico, ese proceso lleva su tiempo. Lo hace en un piano o sobre una clave rítmica. Aunque lo ayuda Sibelius, el software que acorta caminos a los compositores del siglo XXI, Pinera se toma un año para componer y por eso ya prepara su próximo trabajo.

    “El jazz es comunicación, libertad, técnica, sonido, expresión, profundidad. Como decía Miles, es estar en el momento. Podés terminar en el abismo o en el paraíso. No todas las noches terminan en el paraíso”.

    El riesgo de fallar es sutil, y el oído no entrenado no suele detectar esas pequeñas catástrofes, pero eso no importa. Keith Jarrett desprecia sus shows en cuanto terminan. Pinera dice que correr ese riesgo es el único sentido del jazz­, el oficio de “encontrar ese momento mágico”. Y la magia necesita profesionalismo. Por eso, Donny­ McCaslin después del concierto en el club berlinés no se quedó a firmar autógrafos; subió disconforme a los camarines a estudiar un poco más.

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