Elvis es uno de los espectáculos cinematográficos más ostentosos que el 2022 ofrecerá. A un mes de su estreno, la película, una biografía dramática del rey del rock and roll, sobrevive en las salas.
Elvis es uno de los espectáculos cinematográficos más ostentosos que el 2022 ofrecerá. A un mes de su estreno, la película, una biografía dramática del rey del rock and roll, sobrevive en las salas.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl público uruguayo la acompañó, celebró, y todo parece indicar que, para 2023, los Premios Oscar caerán rendidos ante ella, su director Baz Luhrmann y su protagonista, la joven estrella en ascenso Austin Butler. ¿Mejor película? Hay grandes chances. ¿Mejor director? Tal vez. ¿Mejor actor? Seguramente.
Como exploración de uno de los grandes mitos de la música estadounidense, Elvis es, también, un despropósito sin igual, una odisea rocambolesca en donde la vida del intérprete de Can’t Help Falling in Love y Suspicious Minds es embutida con espíritu circense, en que cada acto intenta robarse la atención, y devoción, máxima del público. La apuesta es de impacto constante, sin mucha coherencia entre un elemento y otro, más allá de intentar que el asombro prime por sobre todas las emociones. Apenas si hay lugar para respirar o sentir algo en este ascenso y caída que la película propone como resumen, acelerado, de la vida del músico nacido en Misisipi en 1935.
Para el documental Elvis Presley: The Searcher, que HBO emitió en dos partes en 2018, el fallecido músico Tom Petty dice al referirse a uno de sus ídolos máximos: “No debemos cometer el error de desechar a un gran artista por todo el alboroto que vino después”. Se refiere, en particular, a Elvis como un símbolo de novedad, alguien que establecería la manera en la que cientos de músicos perfilarían su carrera luego de él. Convirtió al rock and roll en un género popular y representó, como nadie, y a través de su belleza y sus excesos, a la cultura americana del siglo XX.
El regreso al cine del australiano Baz Luhrmann es todo en pos del alboroto. Como un esteta empedernido, al director de El gran Gatsby y Moulin Rouge jamás le interesó la sutileza. Si había una celebridad con la que pudiera explotar, sin parar, una metralleta de trucos cinematográficos que convirtieran a su película en un caleidoscopio manipulado por un malabarista borracho, era Elvis.
Con un montaje frenético donde los planos se sostienen por segundos y una tendencia a convertir cada objeto cotidiano, ya sea una postal o una rueda, en un canal psicodélico y pesadillesco para que la cámara se adentre y haga una transición entre un escenario y otro, Luhrmann parece un mago con déficit atencional que se ha olvidado de tomar sus medicamentos y ha reemplazado el “Nada por aquí, nada por allí” con un pedido, a los gritos, a su audiencia: “Nadie se atreva a apartar, ni un segundo, la mirada”.
En ese sentido, tal vez la idea más osada de Elvis está, de manera inexplicable, en que la película no es narrada por el cantante. El punto de vista, en cambio, lo brinda el Coronel Tom Parker, un holandés de pasado misterioso quien descubrió al artista y manejó su carrera. Parker fue, además, uno de los principales responsables de potenciar la adicción de Elvis a los fármacos que terminarían con su vida a los 42 años. Allí, bajo una capa de maquillaje, prótesis y un acento ridículo, se encuentra un poco creíble Tom Hanks.
La premisa de posicionar a Hanks, uno de los actores más queridos de la industria, como un villano desagradable es interesante. Lo sería más aún si su principal compañero de escenas y foco de atención del filme, Austin Butler, no se encontrara construyendo a los múltiples Elvis (la historia va desde la juventud hasta sus últimos días en Las Vegas) con un magnetismo y emoción que no se encuentra en ningún otro actor del elenco.
Butler se entrega, y en él recaen los momentos más estimulantes de la película, cuyo guion atraviesa la carrera de Elvis como si de una lectura acelerada de la Wikipedia se tratase. El manierismo, la voz, el movimiento de pelvis y el ego del rey están capturados con solvencia. Lo de Butler no se asemeja tanto a una imitación, como lo hizo Rami Malek con Freddie Mercury (Bohemian Rhapsody), sino que es una transformación creíble y hasta dolorosa, en especial cuando Elvis se encuentra en el ocaso de su vida.
Es una lástima lo cansino que se vuelven las 2 horas y 40 minutos de Luhrmann. La magnitud del trabajo de Butler impresiona, al igual que la escala, diseño de producción y banda sonora de este proyecto. Pero entre tanta parafernalia, la humanidad de esta figura trágica queda enterrada dentro de capas y capas de un espectáculo tan banal como el Instagram de su director. Es probable que las intenciones fueron las mejores, pero eso no quita que Luhrmann haya logrado lo que parecía imposible: querer dejar de mirar a Elvis. Para el rey, no hay peor destino que ese.