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    Como una canción de Nina Simone

    Cara de pan, novela de la española Sara Mesa

    Es una novela breve, con una trama de apariencia sencilla, pero de una intensidad que deja sin aliento. Cara de pan (Anagrama, 2018) es el nuevo título de la escritora española Sara Mesa (Madrid, 1976), que viene destacándose en el ámbito literario español. Con Cuatro por cuatro (2012) fue finalista del Premio Herralde de Novela, y desde entonces no ha parado de sorprender con sus libros (Cicatriz, Mala letra) de historias contenidas, ambientes mínimos y personajes con amistades extrañas, escritas con una narración minuciosa, casi de orfebre.

    Con ese estilo construye Cara de pan, que se apoya en pocos elementos y en dos personajes: una preadolescente y un hombre que pasa los 50 años. El escenario es un parque o, más bien, un espacio escondido de un parque donde hay un árbol frondoso, rodeado de un seto tupido que aísla el lugar de la vista de los otros. La niña encontró ese refugio cuando empezó a faltar a sus clases. “Ella llegaba a eso de las ocho y media, apresurada y cabizbaja, tratando de caminar con desenfado —con ese desenfado que ha observado en las chicas mayores, en las adolescentes—, la mochila a la espalda, las zapatillas arrastradas, los auriculares puestos”.

    En principio parece una preadolescente como cualquier otra, con padres de clase media que le prestan solo la atención necesaria. Pero de a poco, en la novela va creciendo su mundo interior, su poca autoestima, su insatisfacción con su cuerpo que trata de tapar con ropas holgadas, además de su rechazo a relacionarse con los de su edad. Un día otra niña la había llamado “cara de pan”, y ella no se pudo sacar ese apodo de su cabeza, que le recordaba siempre su cara “redonda, fofa y blanca; la cara como símbolo de todo un cuerpo, de toda una entidad”.

    Por eso al aislarse en el parque se siente protegida, nadie le hace preguntas, ni le mira su cara ni su cuerpo, salvo esporádicamente algún trabajador del lugar. Así permanece unos días hasta que aparece él, con su pantalón claro lleno de polvo y con los bajos sucios, con sus manos pecosas y su piel muy blanca. Lleva unos prismáticos colgados del cuello y tiene un aspecto extraño, de esa extrañeza que causa al mismo tiempo temor y lástima.

    La cuestión es que, un día tras otro, este hombre aparece en ese espacio que la niña considera privado. A ella le genera un gran recelo, pero por algún motivo no huye ni lo evita. “¿Qué busca él en ella? ¿Está tratando de acercarse a la cuestión candente? ¿A su edad? (…) Si se trata de eso, el viejo está dando rodeos para atraparla, como los depredadores que avistan a sus presas y se toman su tiempo antes de saltar”. Entonces la pregunta de la edad llega y ella le dice “casi catorce”, y él responde “casi, casi”. De allí en más, ella se llamará Casi, y él, el Viejo.

    Es esta una historia que lleva a los lectores al límite, sobre todo al comienzo, cuando se espera que pase lo peor, que este hombre avance en sus intentos de seducción, que abuse de la niña o que la domine psicológicamente. “No debería haber nada raro en que esté allí sentada charlando con quien le apetezca —un amigo que bien podría ser su tío o su padre—, pero aun así comprende que es mejor ocultarlo”, piensa la niña, que intuye lo inconveniente de la situación. No conviene revelar lo que termina sucediendo en la intimidad del parque, aunque sí se puede adelantar que es algo esperable por la relación que se establece entre los personajes, pero también sorpresiva.

    “Claramente el Viejo busca algo en ella, aunque Casi no sea capaz —al menos de momento— de dárselo”, dice la narradora. Cara de pan produce la misma incomodidad que el término “pedofilia”, una palabra latente en toda la trama. Pero el logro de Mesa es plantear una trama ambigua, en la que no hay una sola víctima. De allí lo provocadora que resulta la novela y los riesgos que corrió Mesa al escribirla en tiempos en los que impera lo políticamente correcto.

    Su habilidad está en cambiarle la perspectiva al lector y en lugar de ubicarlo en “lo socialmente correcto”, lo hace reflexionar sobre lo disfuncional, sobre la imposición de ajustarse a los grupos, sobre los peligros del mundo exterior y sobre el infierno que se gesta en algunas familias.

    Casi es una niña herida y fantasea con su sexualidad y con la sexualidad de los otros. Ella escribe su propia historia en la que transforma la realidad según sus estados de ánimo, y sus fábulas serán uno de los factores que precipiten el desenlace.

    Por otro lado, el Viejo es el personaje más sorprendente, porque navega entre la ingenuidad y la demencia, entre el voyeurismo y la vergüenza. Su historia también se va conociendo en pocas dosis y pone los pelos de punta. Él está obsesionado con las canciones y la historia de Nina Simone, y también con los pájaros. Como todo obsesivo, conoce al detalle la historia de la cantante y las especies de aves que revolotean por el parque, y transmite su especial sabiduría a Casi, quien comienza a aprender del Viejo más de lo que ha aprendido en sus clases. “El Viejo tiene mucho vocabulario, se nota que ha leído un montón, aunque no lo reconozca y asegure que solo lee revistas sobre pájaros”, piensa al escucharlo.

    En esta novela hay una banda sonora real que tiene el canto triste de Nina Simone, y otra llena de silencios y de palabras sugestivas que provienen de la naturaleza, pero que aluden al comportamiento humano. “Y no es casualidad entonces que el canto de un estornino rasgue el silencio que se crea entre ambos. Ella lo reconoce: un estornino, piensa. Ahora está bien entrenada”.

    Mesa tiene una narración exquisita salpicada de frases inteligentes: “Esa mujer estaba enferma”, piensa Casi sobre su psicóloga. “Enferma de psicología”. Es una narración hecha a través de imágenes, muchas surgidas de las propias vivencias de la escritora en el parque Amate en Sevilla y su entorno. “Lugares por los que me moví frecuentemente cuando tenía la edad de Casi”, aclara ella misma en una nota al final de la novela.

    Cara de pan trata temas sin profundizar en ellos, pero que están allí, en la vida misma de sus personajes: el acoso, la soledad, los prejuicios y el encierro psiquiátrico. ¿Por qué quieres volar, Blackbird?/ Nunca volarás./ No hay lugar lo suficientemente grande como para contener todas las lágrimas que vas a llorar, dice Blackbird, canción de Nina Simone, que interpretaba con su voz grave y con ritmo suave de tambores. Bien podría ser otra metáfora de esta novela.

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