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Habitualmente se suele asociar la ciencia ficción con su versión más tecnológica o con su versión space opera, aquella en donde los soldados de tal imperio combaten con los soldados de tal federación. Esa es la ciencia ficción que, aunque llega a nuestros días, fue parida en la llamada “edad dorada” del género, esa que va desde finales de los años 30 del siglo XX a los años 60. La que nos dio los clásicos de Isaac Asimov, Theodore Sturgeon y Robert Heinlein, entre otros. Pese a que siempre se lo considera parte de ese grupo y estilo, no incluyo aquí a Ray Bradbury porque lo entiendo como una suerte de eslabón perdido entre esa ciencia ficción clásica y sus desarrollos posteriores.
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Lo que vino después fue una camada de exploradores literarios que extendería la idea de ciencia ficción hacia el interior, hacia la psiquis. Ya no se hablaba solo de tecnología, máquinas y batallas espaciales, sino que se comenzaba a explorar los efectos de esos cambios tecnológicos en el individuo. A diferencia del héroe de la ciencia ficción clásica, que se comportaba como un humano normal en situaciones anormales (de ciencia ficción, digamos), en sus nuevas miradas el género se interesa en exponer cómo funcionaría esa psiquis en una situación anormal, sea esta un escenario distópico, utópico o simple combate imperial en algún confín de la galaxia.
Uno de los autores que llevó esa exploración a sus versiones más extremas fue el británico J.G. Ballard. Conocido por el gran público por su autobiografía, retratada maravillosamente por Steven Spielberg en El imperio del sol, Ballard fue radical en su exposición del impacto que esas realidades de ciencia ficción podrían generar (¿generan?) en el comportamiento humano. Sus novelas apocalípticas El viento de ninguna parte, La sequía y El mundo sumergido, sus volúmenes de cuentos Vermilion Sands y Playa terminal se concentran especialmente en esa exploración psíquica, narrando cómo los personajes reaccionan en esos nuevos contextos sin mostrar demasiado interés por la parte científica que se supone es inherente al género.
La serie de ciencia ficción francesa Infiniti parece extraída de los paisajes que Ballard plantea en esas novelas y cuentos. Ambientada en el Kazajistán del presente, en Infiniti se narra la historia de la última misión de la Estación Espacial Internacional, que se realiza desde el cosmódromo de Baikonur, en proceso de cierre definitivo. Mientras en la órbita se produce un accidente que hace temer por la vida de los astronautas, abajo se desarrolla el conflicto político resultado del cruce de responsabilidades al respecto. Además, un deprimido y austero policía kazajo intenta averiguar de quién es el cadáver decapitado y cubierto de cera que apareció en la azotea de un edificio abandonado y que, de manera insólita, parece pertenecer a uno los astronautas en órbita.
Abandonado parece estar todo en el escenario de la serie: las ciudades en ruinas, la policía, corrupta y omisa, los grandes espacios desiertos, convertidos en zonas de polvareda radioactiva gracias al desecado de mares y a las pruebas nucleares realizadas años antes por la Unión Soviética. El propio Cosmódromo de Baikonur aparece lleno de grúas y de maquinaria oxidada, arruinada por el tiempo. A eso se suma la prepotencia de la presencia rusa en el cosmódromo, enclave militar en el medio del Kazajistán independiente, con todas las tensiones que eso dispara en el roce con las autoridades locales.
Ballardiana es también la actitud de casi todos los personajes que aparecen en escena: somnolientos, abrumados, resignados, casi como dejándose llevar por unos acontecimientos que, por más que se esfuercen en ello, modificarlos no depende en absoluto de su voluntad. Pasajeros involuntarios embarcados en una catástrofe que los supera y frente a la cual apenas vale un atisbo de resistencia individual que, como tal, está condenado casi siempre al fracaso.
Con ese material, Infiniti se modela como una serie de ciencia ficción desencantada, una en donde el apocalipsis no se produjo bajo la forma de un fogonazo inmenso, sino como resultado del simple desgaste y del abandono, de la renuncia. Un paisaje en el que todos, militares, astronautas, policías, científicos, políticos y gente sin más, están en una suerte de constante retirada hacia su propio interior. Un paisaje exterior calcinado, resultado de la intervención ultranegativa del hombre. Un paisaje político sin solución, en donde los grandotes siempre le pegan y le ganan al chico. Un paisaje interior agotado en donde ni siquiera el yo parece ser refugio ante la inmensa y poderosa nada que, lentamente, bajo la abrasadora luz solar, todo lo engulle y destruye. Por supuesto, ese proceso de retroceso hacia el interior en que viven los personajes hace que florezcan toda clase de cuestiones místicas y un cuestionamiento completo de nuestra civilización tecnológica.
Dirigida por Thierry Poiraud, responsable de la también francesa Zona blanca, la serie tiene como guionistas a Stéphane Pannetier y Julien Vanlerenberghe, autores de Comisario Magellan y Les ombres rouges, entre otras. Dentro del sólido elenco se destaca la imponente presencia física y emocional del actor kazajo Daniyar Alshinov, quien con su terco Isaak Turgun compone uno de los personajes más complejos de la serie. Sus motivos personales, expuestos de manera velada, son el motor que alimenta la acción a lo largo de los seis capítulos. En contrapartida, es la incertidumbre lo que marca los pasos de la conflictuada astronauta Anna Zarathi, muy bien interpretada por la actriz francesa Céline Sallette.
Es probable que los fanáticos de la ciencia ficción con naves espaciales que disparan rayos en el vacío no encuentren demasiado atractiva esta serie. Su ritmo moroso, que es el ritmo necesario para capturar el estado de las psiquis forzadas por ese entorno hostil y reseco, no es apto para un público acostumbrado a tener determinado número de explosiones y giros de guion por minuto. Resultará especialmente atractiva, en cambio, para quienes se interesen por conocer el complejo paisaje interior de unos humanos puestos en medio de un conflicto que involucra tecnología, religión, afectos y política. De yapa, la fotografía de Infiniti es apabullantemente bella. Está en AMC.