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Es una sociedad artística consolidada: Algo de Ricardo es el sexto espectáculo de Compañía Complot que reúne a Mariana Percovich y Gustavo Saffores en los créditos. Ese conocimiento mutuo da sus frutos en el amplio escenario de La Gringa. El trabajo del actor refleja su evidente estado de madurez, dominio total de la escena, manejo sólido y muy fino de la voz, la gestualidad facial y el lenguaje del cuerpo. Todo ello le permite alternar climas de solemnidad y relajación, de evocación de un clásico y de su cuestionamiento. Del drama a la comedia en un click.
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Algo de Ricardo, escrita por Gabriel Calderón en base a “Ricardo III”, de William Shakespeare, despliega varias capas de narración. La del aspirante a rey que arrasa con todo lo que se le cruza para llegar al trono, y la del actor convocado para el papel que arrasa con todo lo que se le cruza para lograr imponer su visión dentro del elenco. Un mecanismo similar al de la reciente “Tebasland”, de Sergio Blanco, que va y viene entre la ficción y su representación. En un tercer plano, el de la realidad, está el actor frente al público en la sala, donde también pasan cosas.
Es uno de los sellos de fábrica de Complot. No es casual que en todos sus espectáculos los espectadores se vean involucrados, de algún modo, en la historia, como destinatarios activos del relato o como actores pasivos: el público dividido por sexos en “Pentesilea” para hacer de hinchadas; los comensales amigos de los protagonistas en “Clitemnestra”; el personaje de Facundo en “Proyecto Felisberto” proyectado en un espectador o la doble hilera de público situada sobre el escenario en Algo de Ricardo, que hace las veces del elenco que prepara la obra en la ficción secundaria.
No hay un centímetro de espacio desperdiciado, mérito de Gerardo Egea y Miguel Grompone, nombres repetidos en la producción reciente de Complot, fundamentales para su coherencia estética. El vestuario actualiza y concentra los atuendos reales en ese floreado saco rojo o en la falda con miriñaque. Como en su removedora versión de “Bodas de sangre”, Percovich vuelve a jugar con la ambigüedad sexual. Un actor haciendo de mujer, pero no es un personaje afeminado. Lo que reluce en Saffores es el costado masculino de una reina. Apenas un gesto breve o una mínima inflexión de voz son suficientes para cambiar el chip.
Lo mismo ocurre con la escenografía, reducida a esa colosal cabeza de jabalí disecada en el reverso de la silla de director-trono. La gran pantalla es el marco permanente que aporta imágenes pertinentes al discurso textual, a la acción y a la estética de la puesta. El plano sonoro también: la música de Sylvia Meyer cautiva como siempre, al igual que en “La mitad de Dios”, “Alma máter” y “Kiev”. Con la ayuda de Björk y Caetano, la insular compositora uruguaya decora con buen gusto los espacios ficcionales.
Es muy precisa la elección del término “inspirado” para definir la relación entre el texto shakesperiano y el de Calderón. La imagen de Saffores distorsionada en el programa también es un reflejo cabal del concepto de esta puesta en escena. A partir de la trama y los personajes del clásico isabelino, el uruguayo escribió un texto nuevo, que resignifica algunos monólogos emblemáticos, como el de la reina Margarita —el momento más intenso de la obra—, el de lady Anne o el más célebre de todos, cuando el flamante rey pide un caballo a cambio de su reino.
La reflexión sobre el poder y sus mecanismos está bien al frente. La vigencia del retorcido personaje y sus circunstancias no resulta interpelada sino que opera en relación al juego teatral entre el actor y el espectador. Es cierto que en ocasiones la metateatralidad resulta inútil, repetitiva y tediosa para el público ajeno al sistema escénico. Pero por otra parte es cierto que, a diferencia de otras artes, el público del teatro y también de la danza se nutre en buena medida de actores, diseñadores, estudiantes y teatreros empedernidos que disfrutan mucho de pensarse y discutirse a sí mismos.
“Mi reino por un espectador inteligente”, reclama ahora Calderón, encarnado en este actor engreído y soberbio. “Se impone la humildad de los grandes. Y yo soy grande”, nos recuerda. La reivindicación del autor puede resultar también un acto de altanería, pero es toda una declaración de principios de este grupo de teatristas uruguayos que, en el acierto o en el exceso ocasional de intelectualidad, se desvive por sacudir, provocar, arriesgar y hacer mejor lo que solo el teatro puede hacer mejor: la experiencia de compartir la acción real del modo más intenso posible, electrificando el aire con la presencia viva del actor e involucrando todos los sentidos posibles del espectador.
“Mastiquen”, dice el protagonista varias veces —y subraya Percovich desde la pantalla—, luego de sus diatribas contra el sistema teatral tradicional, los “críticos miopes” que aplauden lo establecido, “las patéticas peleítas del teatro”. Los directores cómodos que no se animan a cuestionar los textos antiguos —“por cagón”, espeta—, y los actores perezosos que se escudan en la seguridad de los elencos estables.
Esta puesta en escena netamente discursiva es una mojada de oreja a todo el sistema teatral. Más que un pedido, Complot reclama discutir sobre estética y cultura, y lo hace sobre el escenario. La provocación nunca había sido tan directa.