En 2012, María Flores recorría sola el Palacio Legislativo y golpeaba puerta por puerta los despachos de los legisladores. En una de esas oficinas finalmente encontró la respuesta que esperaba. El frenteamplista Oscar Groba la escuchó, apoyó su iniciativa y así, en noviembre de ese mismo año, el Parlamento aprobó la Ley 19.000, que establece que el 30 de abril de cada año es el Día del Trabajador Rural.
La presidenta del Sindicato Único de Trabajadores del Tambo y Afines (Sutta) e integrante de la mesa directiva de la Unión Nacional de Asalariados, Trabajadores Rurales y Afines (Unatra) cuenta con orgullo cómo ese feriado no laborable fue adoptado rápidamente por sus compañeros. Durante todo el año se juntan fondos para que ese día sea una gran fiesta, con asado, payadas y guitarreadas.
Sin embargo, no se olvida del principio, cuando eran solo dos, escribiendo a mano aquel proyecto.
La recorrida por el Palacio Legislativo no fue la primera ni la última que Flores hizo sola. De hecho, suele recorrer sola los muchos kilómetros que implica la tarea sindical en el ámbito rural —“realmente sola”, enfatiza. No es una elección personal, sino una de las “grandes debilidades” del Sutta y de todos los sindicatos que integran la Unatra.
Según cifras oficiales de la Oficina de Planificación y Políticas Agropecuarias, en 2016 el sector rural tuvo 90.439 trabajadores dependientes aportando a la seguridad social. En contraposición, Flores recuerda que en el último relevamiento de afiliados que hicieron en 2013 contabilizaron unos 2.000 trabajadores afiliados a Unatra, y desde entonces no ha habido grandes cambios.
Además de esa “distancia abismal” respecto al total de trabajadores del sector, Flores sostiene que entre los afiliados son “muy pocos los que realmente” están militando. “Más bien es la Directiva de cada sindicato la que se pone el poncho y sale a pelear”, cuenta.
“Cultura del sometimiento”.
Dardo Pérez fue uno de los protagonistas de la fundación de la Unatra en 2005. Hasta hace unos años, cuando abandonó la actividad arrocera, integró la mesa directiva en representación del Sindicato Único de Trabajadores del Arroz y Afines (Sutaa).
Por su experiencia, cuenta que la baja afiliación del sector tiene distintas causas. Primero hay que enfrentar a “las patronales más reaccionarias”, después hay que “trillar” muchos kilómetros con grandes limitaciones económicas (las cuotas sindicales son de $ 120), y por último hay que vencer un “colonialismo cultural” marcado por la historia.
El trabajador rural, dice, está acostumbrado a aguantar. Aunque el patrón lo esté “jineteando” se la banca hasta conseguir otro trabajo, y recién ahí “patalea”. Por otro lado, “el patrón no está acostumbrado a que le digan que no”.
Para eludir la persecución sindical, el Sutaa organiza a sus trabajadores por pueblo. De esa manera intentan no exponer al trabajador en su empresa porque, asegura Pérez, en el ámbito rural “la persecución es de verdad”.
“Ahora se empezaron a enterar los montevideanos de que las reacciones no son pequeñas persecuciones”, dice en alusión a las golpizas a trabajadores que fueron ampliamente difundidas. En más de una oportunidad él mismo recibió amenazas de que lo iban a atropellar si lo veían pasar en su moto.
“Los capataces y los administradores son peores que los patrones”, denuncia.
Las multinacionales extranjeras son las que más respetan las leyes y a los trabajadores, dice Pérez, porque quieren producir y no tener problemas. Los “criollitos de acá”, en cambio, son los más empeñados en “afanar al trabajador”, acusa.
El mismo fenómeno se da en los tambos, según relata Flores. Las extranjeras suelen respetar las leyes, tener comisiones de salud y técnicos prevencionistas. Al concentrar muchos trabajadores, favorecen, además, las posibilidades de afiliación del sindicato.
Por el contrario, los patrones locales son los que “corren” a los sindicalizados y “atan las cosas con alambre”. “Andá a decirle a un patrón en plena cuenca lechera de Canelones para armar una comisión de salud y seguridad. Lo que te puede llegar a decir. ¡Olvidate!”, dice.
A esos tambos, cuenta Flores, hay que ir a hacer las visitas de noche y dejar la moto escondida para que el patrón no se entere que hubo una reunión.
Marcelo Amaya, actual presidente del Sutaa e integrante de la mesa directiva de Unatra, dice que aún hoy tienen el ingreso prohibido a muchas empresas y que para andar por algunos territorios deben “tomar recaudos”.
“Hay territorios donde no están las condiciones dadas como para que los trabajadores denuncien que hay violaciones de derechos por el nivel de sometimiento que tienen”, asegura.
Logros.
La Unatra nuclea a nueve sindicatos rurales de distintas actividades y regiones del país. Una vez por mes se reúnen en el PIT-CNT para hacer una puesta a punto de sus situaciones.
Para Flores, ese es justamente el principal logro de la fundación de Unatra en 2005: crear un ámbito que permita salvar las grandes distancias y diferencias de cada actividad.
Graciela Sena, del sindicato de la citrícola San Miguel, de Young, dice que unirse les permitió ganar fuerza. “No es lo mismo pelear como una unión de sindicatos que ir solos”, resalta.
Pérez considera que el salario es uno de los avances consolidados de los últimos años. Los trabajadores rurales conocen cuál es el laudo de su sector y no aceptan trabajar por menos. Las empresas lo respetan, aunque aún es muy común que se descuelguen de las categorías y les paguen a todos el salario de “peón”.
Hoy, jueves 1º, la Unatra tendrá su reunión mensual en el PIT-CNT. Uno de los puntos centrales de la agenda será analizar la plataforma del acto de los productores rurales autoconvocados en Durazno.
Para Amaya, las movilizaciones de los productores autoconvocados van a condicionar la negociación del convenio en la próxima ronda de los Consejos de Salarios. “Los trabajadores tienen que entender muy bien dónde están parados y toda esta movida va a ser usada como argumento en contra de las mejoras de las condiciones de trabajo y de los salarios”, advirtió.