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A pesar de su título, este libro no es exactamente un diario al estilo de los que se escriben paulatinamente a medida que transcurre la vida. Tampoco es una autobiografía o un libro de memorias que lo recuerde todo tras una línea temporal más o menos definida. A medio camino entre uno y otro género, el escritor norteamericano Paul Auster concibió Diario de invierno como “una pieza musical” que fue adquiriendo el ritmo repentino y entrecortado de los recuerdos. Escrito en un cuaderno con una pluma estilográfica negra, es posible que este relato se haya iniciado una mañana de invierno de 2011, en la casa de Auster en Brooklyn, justamente en el momento que eligió como remate para su libro: “Tus pies descalzos en el suelo frío cuando te levantas de la cama y vas a la ventana. Tienes sesenta y cuatro años. Afuera, la atmósfera es gris, casi blanca, no se ve el sol. Te preguntas: ¿cuántas mañanas quedan?”.
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Si bien el escritor confiesa que no “echa en falta los viejos tiempos”, la suya es una narración nostálgica sobre la juventud perdida, y ese sentimiento se acentúa con su inocultable temor hacia la vejez y la muerte, que alterna con momentos felices y aquellos que quedaron ocultos detrás de alguna cicatriz. Una de las bondades del texto es que Auster no lo escribe a partir de su condición de novelista prestigioso, reconocido con varios premios (el último fue el Príncipe de Asturias de las Letras, en el año 2006) y convertido en un llamativo best seller en España y Latinoamérica. Por el contrario, el Auster escritor, que aparece en los momentos de indudable calidad literaria de su narración, cede espacio al hombre cotidiano con preocupaciones, miedos y emociones compartibles y reconocibles por muchos lectores.
Para tomar distancia y poder escribir sobre sí mismo, el narrador eligió un estilo arriesgado. Todo el libro está escrito en segunda persona, como si fuera un diálogo con el Auster que aparece como niño, como joven o como adulto en varias ciudades del mundo, en diferentes casas, rodeado de amores o en soledad. Con este tono de conversación consigo mismo, y siempre en presente, la narración parece seguir el pensamiento continuo del artista, y por momentos palabras e imágenes brotan sin pausa como ganadas por la necesidad de contar.
Hombre trashumante que conoció cuarenta de los cincuenta estados de su país, vivió en veintiún domicilios y en todos los continentes, menos en África y en la Antártida, para Auster los espacios son motivo de narración y lo ayudan a estructurar su relato. Él mismo se define como un “caminante” que va y viene en el tiempo y en diferentes itinerarios: “... porque así es como te ves a ti mismo siempre que te paras a pensar quién eres: un hombre que camina, un hombre que se ha pasado la vida andando”.
También su propio cuerpo es materia para el relato.
El cuerpo del niño que se lastima con un clavo mientras juega a deslizarse con un amigo por el piso pulido de un enorme almacén en Newark: “Se te desgarra la mitad de la cara. Sesenta años después, no tienes recuerdo alguno del accidente. Te acuerdas de las carreras y de las planchas, pero no del dolor, en absoluto de la sangre”. El cuerpo del adulto paralizado por un ataque de pánico luego de la muerte de su madre: “Ahora eres de piedra, y mientras yaces en el suelo, rígido, la boca abierta, incapaz de moverte y pensar, gritas de terror mientras esperas que tu cuerpo se ahogue en las profundas y negras aguas de la muerte”. El cuerpo del joven aquejado por enfermedades de transmisión sexual: “Nunca supiste quién te contagió la gonorrea, el elenco de posibles candidatas era limitado (...) pero cinco años más tarde, cuando pillaste unas buenas ladillas, sí sabías quién era la responsable”.
De abuelos judíos provenientes de Europa del Este, Auster se muestra intrigado por haber escapado a toda “identificación étnica” y que lo hayan asimilado a diferentes nacionalidades: italiana, griega, española, libanesa o hasta griega y paquistaní. Pero más allá de su aspecto físico, el escritor se pregunta por algo más profundo: su propia identidad. “Todos somos extraños para nosotros mismos, y si tenemos alguna sensación de quiénes somos, es solo porque vivimos dentro de la mirada de los demás”, dice.
Un espacio importante de la obra lo ocupan las mujeres. Además de las amantes fugaces, hay dos que merecen la mayor de las evocaciones. Una es su segunda y actual esposa, la también escritora Siri Hustvedt, con quien está casado desde hace treinta años. Con una especie de idolatría, la llama “la Única”, le dedica varias páginas de elogio y transcribe algunos de sus textos, incluso las actas que escribió cuando era encargada de registrar las reuniones de inquilinos en uno de los edificios en los que vivieron, por considerarlas irónicas y “muy apreciadas por los participantes”. Sin dudas, es lo más flojo e innecesario del libro.
La otra mujer protagonista de la narración es la madre del estadounidense. Los pasajes en los que narra su muerte son conmovedores y están escritos con la sobriedad y la belleza del Auster novelista: “No puedes mirarla, no quieres mirarla, te resulta insoportable mirarla, y sin embargo cuando los técnicos sanitarios ya se la han llevado del apartamento en una especie de silla de ruedas metida en una bolsa negra, sigues sin sentir nada. Ni lágrimas, ni aullidos de angustia ni dolor: solo una vaga sensación de horror creciendo en tu interior”.
Con Diario de invierno se descubren datos curiosos del escritor: que dejó de manejar en 2002, cuando tuvo un grave accidente de auto con su esposa e hija adolescente, que aún usa una máquina de escribir Olympia, adquirida en 1974 cuando vivía en Francia, y que su padre, fallecido mientras mantenía relaciones sexuales con una novia, aún se le aparece en sus sueños. Siempre presente está la observación del eterno viajero, la descripción minuciosa de los cuartos mínimos en los que le tocó vivir, las situaciones de intolerancia que presenció en París y en Carroll Gardens, el barrio italiano de Brooklyn, y también el amor por otras zonas de esas ciudades y por Nueva York.
Paul Auster ha escrito obras excepcionales. Tal vez la más recordada sea su “Trilogía de Nueva York”, de 1991. También ha tenido altibajos literarios y algunas reiteraciones temáticas. Pero su trayectoria, con novelas como “Leviatán”, “El palacio de la luna”, “Sunset Park” y “La invención de la soledad”, la única mencionada en este nuevo título, lo ubica entre los grandes escritores contemporáneos.
Diario de invierno no está entre sus mejores trabajos, aunque es un relato ameno y, sobre todo, auténtico: un autor que se atreve a confesar su amor por una bella prostituta negra parisina que le contagió ladillas, merece la pena leerse.
“Diario de invierno”, de Paul Auster, Anagrama 2012, $ 490, 243 páginas.