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En un video promocional publicado en Youtube, Roberto Jones afirma que la academia, la crítica internacional y los grandes escritores coinciden en que Casa de muñecas es la mejor obra de teatro desde Shakespeare a nuestros días. Más allá de lo discutible o no del juicio del director uruguayo, retirado de la actuación hace ya cuatro años, está claro que esta historia conserva una enorme vigencia. Hace 135 años Henrik Ibsen resolvía este conflicto familiar, social, económico y moral, de un modo que hoy sigue siendo muy jugado y controversial. La drástica decisión que toma Nora, la protagonista, sigue siendo condenable para buena parte de la sociedad, esencialmente por ser mujer; y la reacción de su marido a su engaño está originada, en gran medida, en su género.
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Al dramaturgo noruego se le atribuye haber sentado las bases del drama moderno, condición que en el Río de la Plata ostenta Florencio Sánchez. Las diversas corrientes académicas lo ubican también como el iniciador del realismo psicológico y del teatro de tesis, “que trae propuestas para solucionar los problemas de la sociedad”, como recuerda Jones. Casa de muñecas, su primer gran éxito, dividió las aguas en toda Europa desde su estreno en 1879, en Copenhague. Es un clásico con mayúsculas, que asoma la cabeza dentro de un corpus orquestado durante 50 años, que no deja conflicto humano moderno sin abordar, con hitos como “Hedda Gabler”, “Un enemigo del pueblo”, “Peer Gynt” y “Espectros”.
A diferencia de otras puestas recientes de Jones con esta misma compañía y en esta misma sala, como “Un tranvía llamado Deseo” y “Verano y humo”, esta versión presenta una adaptación temporal a los tiempos actuales, con inclusión de la tecnología doméstica, vestuario en tonos opacos y decorados contemporáneos. En ese sentido, la puesta es impecable, especialmente por la escenografía de madera que retoma el lambriz natural de la sala y lo extiende al escenario.
La adaptación también alcanza a la geografía, puesto que aunque no la nombra específicamente, la historia parece transcurrir en Montevideo, con alusiones al “puertito” y a la cercanía de Brasil como destino vacacional. La primera licencia es de recibo, pues realza la atemporalidad que plasmó Ibsen, pero la segunda resulta intrascendente a los efectos dramáticos. Años atrás, el argentino Daniel Veronese construyó una profunda revisión de esta historia en “Espía a una mujer que se mata”, ambientada en un barrio porteño de clase media baja, que destilaba actualidad y lograba conmover al espectador hasta la angustia, emociones que aquí fluyen con demasiada intermitencia.
Es cierto que Jones respeta la base estructural de la obra y que la adaptación no modifica ni distorsiona la dimensión del conflicto. Es cierto también que, como él dice, además del atractivo de Nora como mito arquetípico del feminismo y núcleo dramático de la obra, su versión enfatiza temas como el endeudamiento, los bancos, la usura, la amistad, la libertad individual, el amor imposible y la posibilidad del cambio en el ser humano.
El problema principal radica en la escasa homogeneidad del elenco. A diferencia de “La visita”, obra en cartel de la Comedia Nacional, con una veintena de actores que manejan el mismo código caricaturesco y satírico que el director quiso imprimir, aquí hay un evidente desbalance actoral entre actores talentosos con muy buenos antecedentes fuera de su mejor registro, como Alejandro Gayvoronsky, quien luce sobregirado en una espiral de violencia verbal y física que no sintoniza con su personaje y por momentos desvía la atención con un golpe o un grito demasiado fuerte; algunos intérpretes llevan a buen puerto su trabajo con naturalidad, sin excesos, y otros traslucen los hilos del aprendizaje teatral sin convencer en términos de verdad escénica.
“Cuando invité a Victoria Rodríguez a hacer Blanche Dubois en ‘Un tranvía llamado Deseo’, tres años atrás, me dijeron que era un disparate, incluso algunos colegas, porque no tiene formación teatral ni tenía antecedentes en protagónicos. Creemos haber demostrado que es una gran actriz”, alega Jones, y sostiene que volvió a confiarle “el personaje por antonomasia y el mito más importante del arte dramático contemporáneo” porque “es una gran profesional, rigurosa, muy culta, cosa que muchos no saben, una gran pintora y música, con una enorme disciplina como muy pocos actores y actrices tienen”.
Es lógico que Jones defienda su decisión a capa y espada, pero, al menos en la función de estreno del viernes 25, la labor de Rodríguez no alcanzó el buen nivel logrado el año pasado en “Juana la loca”. Desde su debut como la joven Juana de Ibarbourou en “Al encuentro de las Tres Marías”, ha evolucionado considerablemente, y ya en 2011 demostró su personalidad en la obra de Tennessee Williams, pero aquí hay una tendencia al melodrama que imprime un permanente gesto de angustia y victimización en su rostro. La Nora de Ibsen enfrenta su calvario con otro temple. Se la banca con la frente en alto. Esta deja la sensación de que no va a demorar mucho en volver a casa con la cabeza gacha.
Si bien no parece ser un aporte significativo el juego previo de mostrar a los actores en ropa interior, calentando antes de asumir sus roles, sí resulta un acierto su atípico ingreso y salida de sala. Así, Jones y su elenco dan un aire de naturalidad a esta historia, pese a los vaivenes interpretativos y a una actualización con sus bemoles.
“Casa de muñecas”, de Henrik Ibsen. Dirección: Roberto Jones. Producción: Teatro Alianza y Medio Mundo Gestión Cultural. Elenco: Victoria Rodríguez, Alejandro Gayvoronsky, Rafael Beltrán, Magdalena Long, Federico Longo. Teatro Alianza, Sala China Zorrilla (Paraguay 1217). Sábados, 21.30; domingos, 19.30. Entradas: $ 330 y $ 280 en Abitab.