Ana Heladera está confundida, despistada, perdida en sus cavilaciones.
Ana Heladera está confundida, despistada, perdida en sus cavilaciones.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLas encuestas le dan mal, la basura no solo no es recogida por los funcionarios municipales sino que es desparramada por los hurgadores en torno a los contenedores a los que con frecuencia incendian los vándalos que se pasean orondos por la ciudad, sin que Bonomi le dé una mano para combatir tanta violencia, los carritos con caballos al frente y menores en las riendas se le desbocan y matan gente, y cuando los confisca porque están en infracción se los roban de los depósitos mientras que le mandan los caballos al matadero para carnearlos y venderlos para hacer hamburguesas, el Plan “Basura Cajetilla” de Pocitos fracasó y no se cumple, los funcionarios no trabajan aunque no declaran formalmente paros o huelgas (vaya novedad), Adeom se le ríe en la cara y alguno de sus colaboradores más próximos le declara a Búsqueda que los montevideanos en realidad pagan pocos impuestos, y que deberían pagar más.
Tras consultar a algunos de sus asesores más cercanos y confiables acerca del camino a seguir (uno de los cuales le sugirió que retomara el profesorado de idiomas en tiempo completo, y otro que pidiera licencia y tomara dos años sabáticos, yéndose a la Polinesia a perfeccionar el francés) la pobre Ana Heladera, desconcertada y casi desesperada, decidió consultar a un Pae de Santo.
Para ello sacó hora con Pae Braulio de Orixá Imemé (quien, por otra parte, revista en la planilla municipal como Braulio Eltrán Catodo, Auxiliar 2º. de Registros y Constancias de Reparación Vial en la Dir. de Arquitectura, y por eso le hizo precio), quien la recibió en su Templo “Xangó por Xangar” ubicado en una antigua pero coqueta casa del Barrio Sur.
—“Entrá, nena y sentate arriba de ese charco de sangre de pollo, agarrá algunas plumas y te las tirás por encima de la cabeza, y después agarrás un puñado de ceniza de esa que está en ese tacho y te la frotás por la cara, ¿oíste?” —le espetó el Pae ni bien la vio ingresar al recinto.
—“Braulio, usted y yo hasta ayer nos tratábamos de usted, y ahora no solo me trata de tú sino que me pide una serie de chanchadas a las que yo no estoy acostumbrada, perdóneme, pero me parece que…” —dijo la pobre Ana tras aquella catarata de solicitudes exóticas que le propinó el santón.
—“Mirá, nena” —la interrumpió el santón— “si viniste a mí será porque confiás en el trabajo que te voy a hacer, acá sho no soy Braulio nada, soy el Pae de Santo, y vos sos mi clienta y si no vas a hacer lo que te digo, más vale te vayas sha, porque no estoy para perder el tiempo, querida, ¿oíste?” —replicó el sacerdote umbandista sin perder la calma.
—“Bueno, sea” —dijo Ana con resignación, cumpliendo con aquellas curiosas exigencias, tras lo cual por un momento pensó que si apareciera un fotógrafo y la retratara en esta situación, seguramente su siguiente paso sería el suicidio.
El Pae Braulio de Orixá Imemé pronunció unas extrañas palabras mágicas, tirando hacia arriba una veintena de caracoles, que cayeron sobre un cuero de vaca extendido en el piso.
—“¡Buzios da fortuna, orixá dos meninos, xangameló dos destinos cucumbios do futuro e do pasado da Ana, me digan de una vez dónde está la solución de sus problemas, que ella precisa de ustedes para encaminar su gestión!” —dijo coherentemente el Pae de Santo, demostrando tener claro qué es lo que la pobre Ana Heladera había ido a buscar allí.
Después de poner los ojos en blanco en más de una oportunidad, tras haber sacrificado otra ave de corral, desparramando su sangre en el entorno, y sus plumas sobre unas velas encendidas, las que al quemarse despidieron un olor nauseabundo y un humo tóxico (que le hizo recordar a Ana sus visitas turísticas a los quemadores de basura municipales, acompañando a los pasajeros de los cruceros que llegaban al puerto de Montevideo en verano) don Braulio de Orixá Imemé habló.
Le dijo a Ana que en su ensoñación mística había visto una lejana región de la Siberia, en la que había un pueblito perdido llamado Merdabostok, al cual nunca había llegado la noticia de que había caído el Muro de Berlín, y que el socialismo soviético había fracasado.
—“Allí todo sigue como antes” —expresó el Pae de Santo— “y Putin nunca se tomó el trabajo de ir a explicarles que las cosas habían cambiado”— agregó. “Tienen un alcalde que se llama Iván Komunalov, al que llaman ´Iván el Terrible´, y él es quien te puede ayudar”— agregó. “Vos seguís teniendo contactos con los comunistas, así que no te va a resultar difícil invitarlo” —concluyó el santón, quien mientras Ana se levantaba de aquel enchastre de sangre seca, plumas quemadas y ceniza, le agregó al pasar— “los honorarios los arreglás con la Shirley, que está en la entrada, y si podés en vez de pesos pagame con dólares, que están divinos y cada vez rinden más, nena, ¿ta?”.
Ana habló con Juan Castillo, y tras unas complicadas gestiones trajeron a Iván Komunalov a Montevideo, para una reunión de trabajo con la jefa comunal.
Traductora de por medio, el ruso le explicó a Ana cuáles deberían ser algunas de las medidas a tomar para mejorar la situación de la comuna capitalina.
Le dijo que tenía que militarizar a Adeom, declarando servicios esenciales la limpieza y la seguridad de la ciudad.
—“Los servidores municipales son eso, servidores, señora” —dijo a Ana el alcalde de Merdabostok, con los auxilios de una traductora que era profesora de ruso en el ICUS en los años 60. (N. de R. Para los jóvenes, el ICUS era el Instituto Cultural Uruguayo-Soviético, pregúntenle a sus mayores a qué se dedicaba). “Métalos presos si no cumplen, destitúyalos o castíguelos con multas y sanciones, ya verá cómo después no se hacen los locos y recogen la basura hasta los domingos y feriados”— agregó, ante una Ana que abría los ojos sin creer lo que oía.
Iván Komunalov le dijo también que a los carritos había que eliminarlos, y a todos los que los manejaban mandarlos a plantar legumbres a las chacras municipales para alimentar a los presos y a los jóvenes drogadictos internados compulsivamente en centros de rehabilitación.
Ana lo mandó de vuelta a Iván a su pueblito perdido en la Siberia, y se le fue a quejar al Pae de Santo, por haberle recomendado a un tipo que planteaba soluciones imposibles.
Por supuesto que el Pae Braulio la mandó a freír espárragos, y ahora Ana busca en otros caminos la manera de enfrentar sus problemas.
¿No habrá pensado en el camino de salida?