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    La llegada, de Denis Villeneuve

    Colaborador en la sección de Cultura

    Primero, el origen. Un cuento delicado, alucinante y conmovedor de uno de los últimos héroes de la ciencia ficción, Ted Chiang. Se titula La historia de tu vida, está incluido en la colección de cuentos del mismo nombre, y relata algo ya contado mil veces: el primer contacto de los humanos con una civilización alienígena que llega a la Tierra. Solo que Chiang le da más de una vuelta interesante. Los hechos son relatados desde el punto de vista de la lingüista convocada por el gobierno para traducir el lenguaje extraterrestre y facilitar la comunicación entre ambas especies. De por sí el punto de partida es potente y arriesgado, pero hay bastante más en este auténtico prodigio narrativo. Chiang, que es informático y no se dedica exclusivamente a la literatura, estructura la narración de una forma muy particular: parece ir hacia atrás y hacia adelante pero, llegado cierto momento, empieza a notarse que el asunto es más complejo y, a la vez, más simple. El resultado es asombroso y emocionante.

    Todo lo que hace asombroso y emocionante a este cuento también tiene el potencial de llevarlo a la categoría de infilmable o, al menos, de difícil traslado al lenguaje cinematográfico. Por fortuna, las personas metidas en el proyecto de su adaptación saben lo que hacen. El guionista es Eric Heisserer, sin créditos demasiado sobresalientes hasta ahora, pero escribió, entre otras, Destino Final 5 y la nueva versión de Pesadilla, por lo que está familiarizado con las emociones intensas. Pero, no hay caso, aun cuando el guion de Heisserer quizás sea del montón, si hay un gran director atrás, un libreto medianamente bueno puede dar paso a una muy buena película. Y aquí está el canadiense Denis Villeneuve, que no tiene una sola mala, ni una regular. Por favor, vean: Polytechnique, Enemigo, Prisioneros, Sicario. Lo próximo: Blade Runner 2049, secuela del clásico de Ridley Scott. Pero, ahora, vean esto.

    Amy Adams hace una composición mayúscula, llena de matices, como Louise Banks, lingüista y doctora en Filología, encargada de descifrar el idioma de los extraterrestres que, a bordo de 12 naves dispuestas en distintas zonas del mundo, flotan en el cielo, muy cerca del suelo. La llegada alienígena provoca manifestaciones de pánico, suicidios, disturbios callejeros, una crisis a gran escala. Es que no se sabe qué hay dentro de esas naves, si turistas, científicos o militares de otra galaxia. Entender su lenguaje ayudará a comprender sus intenciones. Día a día, cada cierto lapso y durante determinada cantidad de minutos, los visitantes les permiten a los humanos ingresar a sus naves. Junto al físico teórico Ian Donnelly (Jeremy Renner) y un grupo de militares, Louise ingresa a ese lugar que al principio la aterra para llegar a alguna especie de diálogo. Los sucesivos contactos con estos seres, que por su morfología se los llama “heptápodos”, y en la medida en que Louise avanza en la comprensión de su lenguaje, comienza a alterar la forma de construir su realidad y la manera como percibe el tiempo. El lenguaje es un arma. El lenguaje es una herramienta para abrir el tiempo.

    Y ahora, una advertencia obvia pero necesaria. La llegada no comparte estante con Día de la Independencia. Menos aún con Hombres de negro (por las dudas, vale aclarar). Tampoco, yendo a la zona de Grandes Títulos de Invasión Extraterrestre, va con la menospreciada La guerra de los mundos de Steven Spiel­berg. Por decirlo de algún modo, esta película es del mismo barrio de El hombre que cayó a la Tierra y Starman y pertenece a la misma familia de Bajo la piel, Solaris y 2001: Odisea del espacio. La conexión con el largometraje emblema de Stanley Kubrick es, sobre todo, conceptual, y explayarse sobre este punto es decir demasiado.

    Como extensión de la advertencia: La llegada no es una “de extraterrestres” sino una “con extraterrestres”. Los aliens casi son una excusa, apenas se los ve —pero en cada plano que están, por algo es. Su presencia le confiere a la película el marco —una de ciencia ficción—, a la vez que permite diseminar los temas de ese modo que le hace sentir a uno que el cerebro sonríe y se llena de luces. Porque si bien una vez que una historia entra en la ciencia ficción ya no sale de ese territorio —y a partir de ahí, solo puede crecer o caerse de pico—, la película de Villeneuve es también una hermosa historia con historias de amor, una clase breve de relatividad lingüística y una reflexión sobre el lenguaje como instrumento y sobre cómo, a partir precisamente del lenguaje, se piensa y se ve el mundo. Es un filme de misterio sobre el miedo a lo desconocido y al desconocido, un elegante thriller sobre la posibilidad de una última gran guerra global, un drama sobre la aceptación (o no) de lo inevitable y sobre lo que significa la libertad de elección. Es un cuento fantástico y apasionante sobre las capacidades y el futuro de la especie humana.

    Mucho para destacar. Algunos ejemplos al azar. El arribo de las naves, presentado con una elaborada sobriedad, mientras Louise da comienzo a una clase para tratar lenguas romance. El tiempo que el director se toma para mostrar las naves —a las que llaman “cascarones”— en distintos puntos del planeta. El primer ingreso al “cascarón”, en un ambiente de fascinación, curiosidad y terror. La construcción y la estética de las naves, con una textura que parece rocosa, ultratecnológica y orgánica. El islandés Jóhann Jóhannsson, el mismo de Sicario y Blade Runner 2049, arma una banda sonora de texturas melancólicas, algunas tenebrosas, inquietantes, e incluye una canción hecha de vocales que es una delicia. La capacidad para desarrollar subtramas de considerable impacto dentro del relato usando lo mínimo, como ocurre con un plan conspirativo que se arma y se ejecuta, sin un solo diálogo, entre dos soldados. La forma como se introducen elementos vistos millones de veces —como el tratamiento que los medios le dan a la visita extraterrestre, la crisis política y social, las reacciones de algunos grupos religiosos producidas por su advenimiento o la aparición de personajes que presentan una visión crítica, paranoica y a la vez peligrosa de los hechos y los misterios que los acompañan— es en la medida precisa para aportar información relevante, expandiendo y haciendo avanzar la trama. Y así como es notable el recurso elegido para poner en escena la primera entrada al cascarón, es emocionante cómo se muestra la última entrada a la nave.

    Villeneuve logra no solo transportar el alma del relato de Chiang. También, al emular de manera puramente cinematográfica su estructura, le otorga al espectador la ilusión de experimentar la percepción del tiempo del mismo modo que su protagonista. Por eso, La llegada es algo más que una de las películas más importantes del año. Es un obsequio.

    La llegada (Arrival). EEUU, 2016. Dirección: Denis Villeneuve. Guion: Eric Heisserer a partir de La historia de tu vida, de Ted Chiang. Con Amy Adams, Jeremy Renner, Forest Whitaker. Duración: 116 minutos.

    Vida Cultural
    2016-11-24T00:00:00

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