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Es una novela breve, intensa, conmovedora, de esas que no dejan indiferente a nadie. Trata sobre la violencia entre cuatro paredes y sobre las heridas en el alma. La visión es la de un niño que sufre y la de un joven que alguna vez fue ese niño. Siempre será después, la cuarta novela de la escritora uruguaya Marisa Silva Schultze (“La limpieza es una mentira provisoria”, “Qué hacer con lo no dicho”, “Apenas diez”), se lee con angustia, al mismo tiempo que se disfruta por su elaboración literaria de lenguaje preciso y contenido. La obra obtuvo el primer premio de narrativa inédita del Ministerio de Educación y Cultura 2011.
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El protagonista de la historia se llama Álvaro. En algunos momentos es un escolar y, en otros, un muchacho veinteañero que trabaja en una inmobiliaria. Su infancia no fue feliz, por lo menos no en el momento en que lo encuentra la novela, cuando tiene 8 años y sus padres están separados. “Miedo” es la palabra que representa ese período de su vida. Es un miedo tangible, que invade su cuerpo y su casa. Aparece a veces un domingo, cuando su padre taximetrista lo lleva al estadio y le pregunta si su mamá tiene novio: “Álvaro no contesta y su papá empieza a hablar más fuerte y a él le empieza a llegar desde el estómago mucha vergüenza (...) cuando yo te hablo vos me contestás ¿te queda claro, Álvaro? y pronuncia su nombre sacándole filo como si en vez de un nombre su padre creyera que esa palabra no era una palabra sino una cuchilla”.
Otras veces, el miedo se instala a la hora de la cena, cuando suena el teléfono con insistencia o el timbre de la puerta anuncia a alguien que no debe entrar. Entonces el niño siente el miedo de su madre en su silencio, en el temblor de su espalda, en el esfuerzo por encontrar una sonrisa.
Diez años después, Álvaro carga con un gran manojo de llaves. Con ellas abre apartamentos que están para alquilar y se los muestra a los interesados. En esos lugares, el personaje se reencuentra con retazos de su vida, con imágenes que ya no le provocan temor pero que le recuerdan su infelicidad: “No es de tristeza ni melancolía que están hechos tus instantes. Nada hay en vos que se asemeje a la desesperación o a la nostalgia. Así como dentro de unos días unos muebles poblarán este espacio, así tus imágenes van poblando tu vacío”. Rodeado solo de paredes recién pintadas, Álvaro ve el puño de su padre, escucha los insultos, siente el abrazo asustado de su madre, la cama que amanece mojada, los pies de su padre que pisa con fuerza el freno del taxi. Y se vuelve a sentir como un extraño, como un “nómada nocturno” que transita “una noche un apartamento, otra noche otro apartamento”, porque allí “sucede la intimidad”.
Uno de los atractivos literarios de la novela está en sus cambios narrativos, sus juegos de distancia y cercanía con el personaje. Cuando Álvaro es veinteañero, hay una voz que “dialoga” con él, que le sigue los pasos, los movimientos y sus reflexiones: “Noveno piso. Entrás, dejás como siempre la llave colgando de la puerta. No es la primera vez que venís. (...). La pared es blanca. Te atraen más las paredes blancas. Apenas la rozás. Caminás hasta encontrar el ángulo recto con la otra pared. Este es un momento importante para vos. Una pared terminada y el comienzo de la otra”.
Sin embargo, la narración “ve” de lejos al Álvaro niño como si estuviera en una película que reitera más o menos las mismas escenas. La repetición oficia de recurso eficaz para marcar el círculo de angustia sin salida del niño y de su madre: “Álvaro se da vuelta en la cama. Se sienta. Se vuelve a acostar. El timbre sigue sonando. Va a sonar toda la noche. Sabe que su madre, del otro lado de la pared, en su cuarto, tiene miedo”.
El otro atractivo es el tratamiento que la escritora le da a un temática tan dura y tan triste. Lejos de la manipulación afectiva, Silva Schultze construye con sutileza y silencios los ingredientes de rabia, locura, vergüenza y dependencia que integran la violencia en los hogares. Sus personajes son terriblemente reconocibles. Y su novela no se olvida, como la buena literatura.