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    Copiar “todo lo extranjero” es igual a hacer solo música nacional

    Mónico Aguilera, director de la Orquesta Joven de Soriano y docente de la escuela Jazz a la Calle

    Luego de vivir y trabajar como músico en Brasil durante más de 30 años, el guitarrista y compositor Mónico Aguilera regresó a Uruguay en 2003, se instaló en su Melo natal, puso en marcha un proyecto solista con su banda, con la que editó el CD “Imágenes” y desde 2007 es una de las figuras permanentes del Encuentro Internacional de Músicos Jazz a la Calle, en Mercedes, una ciudad donde uno de cada 40 jóvenes estudia música (ver recuadro).

    Desde la primera edición se hizo cargo de la dirección y arreglos de la big band del encuentro, producto de un movimiento musical que sacude la capital de Soriano, y que lo motivó a radicarse en 2011 en la bella ciudad a orillas del río Negro. Actualmente es coordinador docente musical del departamento de Soriano, en los conservatorios y escuelas musicales de Mercedes, Dolores y otras ciudades. También es profesor de ensambles orquestales en la escuela Jazz a la Calle y director de la big band que se arma anualmente al finalizar los cursos. El domingo 12 de enero se estrenó como director de la Orquesta Joven de Soriano, formada por estudiantes de música de entre 10 y 30 años, de todas las escuelas de música del departamento. Con el sonido de fondo de los toques callejeros de la séptima edición de Jazz a la Calle, Aguilera aseguró a Búsqueda, convencido, que la música es una poderosa herramienta educativa, “no solo para hacer músicos virtuosos sino para ayudar a hacer virtuosos ciudadanos”. Y explicó cómo hacerlo.

    —¿Cómo concibe la enseñanza de música?

    —Para mí la música es una herramienta al servicio de un tallado ciudadano, más allá del entretenimiento y la diversión. Tiene que ayudar a despertar en los chicos el estado creativo. Si el estado creativo no surge, pasar un rato tocando un instrumento no va a servir de nada. Para mí el enfoque creativo del jazz es vital. No el estilo en sí mismo sino su actitud creativa, y es aplicable en cualquier ámbito. Se puede esculpir, pintar o sembrar la tierra jazzísticamente. Si para sembrar una semilla estoy pensando en que alguien me debe dinero, o en que mañana me voy de vacaciones, esa tarea no me va a transformar en nada. Pero si estoy compenetrado y estoy absolutamente tomado de eso, aparece el ejercicio creativo, y se silencian los barullos mundanos. Si continúo en esa práctica todos los días, algo en mí se transforma. Creo en eso, y cuando interactúo con niños y adolescentes, trato de que se encienda en ellos esa chispa y que se silencien las locuras, las desprolijidades que hoy tientan a los jóvenes de una manera enloquecida.

    —¿Cómo es el trabajo con los niños para llegar a ese estado?

    —Es un día a día, un encuentro que debe estar rociado con ternura y seducción. Los jóvenes, en términos generales, no aceptan consejos, pero sí son sensibles a los ejemplos de vida. Allí la responsabilidad de la docencia es medular. Ellos están ávidos y con los oídos atentos a los ejemplos. Si les dejo un buen legado de información y quieren imitarlo, voy a conseguir resultados, a cambiarles la óptica de sí mismos. No se puede subestimar al joven de edad temprana. En la adolescencia la mente y el cuerpo ya están preparados para explotar su creatividad. El joven está en su plenitud física, y su ego se potencia con la evolución de la técnica. Se siente poderoso y su ego se dispara. La tentación del aplauso y el elogio fácil vienen corriendo, y enseñarle a manejar eso con equilibrio es un gran desafío. Cuando el joven recibe el elogio exuberante puede perder puntos de referencia. Seguramente, en un grupo de 30 alumnos se conseguirá ese equilibrio con uno o dos, pero ellos serán referentes de otros. Es parte de un proceso. Entendemos la música como una herramienta de cohesión social, no solo para hacer músicos virtuosos sino para ayudar a hacer virtuosos ciudadanos.

    —¿En ese plan la orquesta aparece como factor socializador?

    —Sí, pero no para sacar malabaristas que tocan quince notas por segundo. Prefiero que el ciudadano esté presente, a través de cuatro condiciones: compromiso, responsabilidad, trabajo y disciplina. Un ser humano con esas cuatro virtudes siempre será exitoso, sea músico, carpintero, médico, abogado o albañil. Tienen que estar los cuatro elementos. Si falta uno, se complica la tarea. Entonces, en esta orquesta serán bienvenidos los estudiantes de música del departamento de Soriano, que demuestren ese perfil, porque ellos serán los referentes de mañana.

    —Usted se radicó en Mercedes por Jazz a la Calle. ¿Cómo visualiza el impacto del encuentro anual, la escuela y su ciclo de conciertos?

    —Está creciendo a pasos agigantados. La palabra jazz, cuando surgió esta propuesta, en 2006, provocaba mucha incertidumbre. “¿Jazz acá en Mercedes?, ¿qué locura es esa?”, nos decía el intendente Guillermo Besozzi. Nos sugerían folclore o cumbia. Sin embargo, él creyó en esa locura, y hoy mucha gente del departamento que veía esto con muchas dudas y hasta con hostilidad, ha comenzado a apropiarse de este encuentro. Se le colocó al movimiento la palabra jazz, pero a mí me interesa mucho más la actitud jazzística que el estilo o el género. Es una actitud absolutamente creativa. Pero explicarle eso a la ciudadanía llevó un tiempo, porque en seguida se piensa en algo extranjero, norteamericano, yanqui o lo que fuere. El jazz, en un enfoque amplio, está en el que trabaja la madera, en el que forja el hierro. Los estilos para mí no tienen sentido. La música tiene sentido. El discurso del gusto es otra cosa que yo combato. El gusto pasa por tomar un helado o comer un guiso. Pero la música es un ejercicio que requiere mucha inteligencia. Einstein equiparaba la música a los más complejos ejercicios matemáticos. Una partitura tiene una estructura abstracta, llena de lógica, que no admite caer en si esa música es linda o fea, sino en si es buena o mala. Hay mucho trabajo realizado, y no lo podemos dejar librado al gusto o al comentario de mi tía o de mi hermana. Entonces, intento transmitir a mis alumnos esa apertura, que en todos los géneros hay músicas buenas y malas y que debemos entender la música como la organización de sonidos. No es más música una milonga que un rock o un estándar de jazz que un tango. Hay que ver la espina dorsal de la composición, y un músico debe saber comprender esa estructura.

    —Usted en la Orquesta Joven arregló para big band una versión de “Chiquillada”, de El Sabalero ¿En el jazz es posible tener en estas regiones estándares propios surgidos del cancionero popular?

    —Está bien. Sin duda que sí. Pero es pertinente no hacerlo en forma radical; no bajar un hacha y decir “soy uruguayo y solo toco música uruguaya, y se acaba el planeta”. Eso también genera separación, no integración. Hay que trabajar desde la sutileza para que el joven aprenda lo universal al mismo tiempo que nuestras músicas, pero sin esa imposición absoluta y vertical de que lo uruguayo vale más que lo extranjero. O viceversa. Es exactamente lo mismo. El pecado del que copia radicalmente todo lo norteamericano es el mismo del que no quiere crecer y solo hace música de acá.