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    Coraje, confianza y constancia

    A los 75 años, mantiene su voz cálida, aún potente, y una sonrisa que invita a conversar. Vera Sienra tiene una forma del decir muy íntimo y expresivo al cantar y también al hablar. Esa expresividad la mantuvo en la entrevista que sigue, que además de hablada fue “cantada”. Vera recordó un verso de Yupanqui y lo cantó, un poema de Sara de Ibáñez, y lo cantó. En otros momentos, cuando el tono fue de confidencia, su voz se volvió grave. “No es un espectáculo”, dijo al hablar de En presente, el recital de canto, poesía y pintura que brindará el domingo 12 en la Sala Zitarrosa a las 19 horas. “Es un encuentro. De espectáculo no tiene nada. Si no hubiera sentido la necesidad, no hubiera pensado en hacerlo. Es un impulso que no puedo evitar. Soy de seguir mis impulsos internos, no es algo cerebral”. En ese encuentro estará rodeada de los músicos con quienes compartió Desde el Alma, recitales de tango y poesía que durante diez años organizó Luciano Álvarez, y también su último disco, Modo de hacer el fuego: Colomba Biasco, Carlos da Silveira, Gustavo Di Landro y Guzmán Escardó. A ellos se suma el guitarrista Eduardo Yur, con quien hizo el disco Reencuentro. La trayectoria musical de Vera, aunque con interrupciones, lleva cinco décadas. En el camino, se dedicó también a otros impulsos: a la pintura, a la lectura y escritura de poemas, a su trabajo en la biblioteca del Museo Nacional de Artes Visuales y a la conducción del programa radial Algo que contar. En un video promocional del recital en la Zitarrosa, realizado por Di Landro, aparece Vera pintando en su mesa de trabajo mientras se la escucha cantar. Un buen resumen de lo que será el encuentro. Rodeada de sus cuadros, Vera conversó con Búsqueda en su casa de Punta Carretas, el barrio de toda su vida, sobre su pasado y presente artístico que se unen en una misma filosofía.

    —Primero fuiste intérprete y después empezaste a componer. ¿Cómo fue ese proceso?

    —La composición vino temprano, a mis 15-16 años, pero la tenía tapada, componía canciones y no lo contaba. Mi casa era muy musical, con otros jóvenes que venían. El gran gusto era el canto. Eran todos amigos de 14-18 años. La llegada de la adolescencia significó que los chiquilines estuvieran con el bombo, la guitarra. Fue un acercamiento precioso al mundo musical, o más bien a las emociones. Mi madre fue muy inteligente, me quiso cerca, entonces abrió la casa. Fue su forma de enfrentar la polio que contraje a los 8 años. Pero a pesar de ese mundo musical, no se escuchaba música en casa, solo la radio.

    —¿Qué músicos te influenciaron en ese momento?

    —Había músicos como Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra, Osiris Rodríguez Castillo, Amalia de la Vega que escuchábamos y nos transmitían un fondo de alma.  Primero salí a cantar boleros, y al poco tiempo, en el 69, hice mi primer disco que se llamó Nuestra soledad, invitación de RCA, un sello que después desapareció. Tenía 13 canciones, fue mi salida como autora y tenía 20 años. Es interesante la revisión, creo que todos tendíamos que hacerla. No hay nada racional en mi vida desde el punto de vista creativo, son impulsos que llegan. Y así como llegaba en la pintura, llegaba en las canciones.

    —¿Aprendiste a cantar con alguien? 

    —Aprendí en forma natural porque nunca pensé cantar en público. Mi madre tampoco lo pensó. Aprendí escuchando y cantando, poco a poco fui expresándome.

    —Musicalizaste a mujeres poetas, ¿las seguís cantando?

    —Le he hecho canciones a varias mujeres uruguayas. En este encuentro va a estar Juana con Setiembre, una canción de amor hermosísima, y va a estar Sara de Ibáñez con un texto relacionado con la propuesta. (Canta el poema Hoy). Yo no sé cuándo nací ni cuándo me moriré; / no he sabido ni sabré del límite allá o aquí. / Rodeándome siempre, vi la abierta noche, azorada, / y mi razón desmandada solo a explicarme se atreve como un paréntesis breve entre la nada y la nada. La búsqueda es: ¿habremos sido antes de nacer?, ¿seremos después de morir? Es un texto muy querido. Se relaciona con lo que pasa hoy. El tema de la muerte nos ha agarrado a todos en esta etapa en el mundo.

    —¿Qué significó en tus inicios Rubén Castillo y Discodromo Show?

    —Rubén no debería ser olvidado como lo está siendo. Hay personas que se instalan en un lugar y pasan cosas gracias a su existencia. En Discodromo conocí a Mateo, a Zitarrosa, a Diane Denoir, a Nancy De Vita, a Marga y Betty, entre otros. Fue un lugar de encuentro precioso y todo gracias a Rubén, que también tenía el programa de radio. Era muy serio, nos enseñaba, nos decía cuánto íbamos a cobrar, a qué hora teníamos que estar. Todos teníamos entre 17 y 19 años. Rubén fue un foco de luz para muchos, también para escuchas de la radio y sobre todo para los que cantábamos e interpretábamos a fines de los 60 y los 70.

    —Hubo un período en el que te alejaste del canto, ¿por qué fue?

    —En 1973, que fui a un festival de música en Venezuela y regresé con dos premios. Eso fue en enero e inmediatamente se vino la debacle en Uruguay y aquello quedó escondido. A fines de los 70 canté con Leda Valladares, cantante y poeta argentina, una buena amiga, hicimos juntas recitales acá en el Circular y allá en el San Martín.

    —En ese paréntesis de tus actuaciones la plástica continuó…

    En el 72 hice mi primera exposición en el Portón de San Pedro (galería en la Ciudad Vieja). En ese momento lo dirigía Julián Murguía, representante y al mismo tiempo coautor de Tabaré Etcheverry. Tabaré cantó en esa primera exposición. La pintura y el canto llegaron casi paralelamente. Pero lo más directo, lo más frente a frente es el canto. Pero hay cosas que a mí no me nacen decirlas con la palabra, entonces me vienen las imágenes, que es lo que pasó ahora. Estar vinculada con lo artístico fue una enorme experiencia de vida. En mi casa nunca taparon lo artístico, al contrario, lo gozaban. A mi padre le interesaba mucho la pintura y aprendí algo como en foto negativa de él: las cosas que uno ama debe hacerlas, el mundo interior si quiere expresarse debe expresarse. Mi padre murió a los 62 años, cuando yo tenía 14. Él había pintado de joven y estaba esperando la jubilación para continuar pintando. Y se murió. Esa foto negativa me hizo pensar: “Eso a mí no me va a pasar, no voy a esperar, no voy a jugar con eso”. Por eso el encuentro se llama En presente, porque la vida es un presente.

    —¿Sentís nostalgia al componer tus canciones?

    —No sé qué es para vos la nostalgia.

    —Recordar otras épocas con cierta tristeza.

    —Sí, pero no me apresa la nostalgia. No me gusta recorrer mi vida con nostalgia porque es mentira, es una ilusión, no puedo traer nada más que con mi ser íntimo. Ponerme a tener nostalgia de mi juventud es algo que me funcionaría en contra.

    —La canción En ti quisiera quedarme dice: Crece el futuro en silencio abandonando el ayer…

    —Esa va a estar porque hoy puedo sentir lo mismo. Hay que tener voluntad de porvenir. Yo que soy una vieja lo mantengo. Es un compromiso con la vida. Las canciones que seleccioné no están porque sí, sino porque hay preocupaciones constantes, por eso es un presente constante. En la parte central voy a presentar una canción pintada. El video dura lo que dura una canción. Lo que más me preocupa es lo ético, porque no viene de acá (se toca la cabeza) sino de acá (se toca el corazón), de otra consciencia, no de la intelectualidad en frío, donde se razona y se piensa en frío. Lo ético es como una vocecita que te dice “esto está mal”. Eso no viene solo de los libros.

    —¿Sos creyente?

    —Soy una cristiana libre, sin dudas cristiana, pero libre, no sigo dogmas.  La vida espiritual hay que conocerla. Mi padre era católico, pero se convirtió en un hombre espiritualmente muy libre. Creo que él y mi madre quisieron acercarnos a mi hermana y a mí al catecismo para que distinguiéramos el bien del mal, que alguien nos diera el cursillo (se ríe). Me parece que fue importante. Yo me pregunté mucho y busqué mucho leyendo y metiéndome en líos. En la treintena encontré la antroposofía y me quedé allí. Hoy me preocupa el sentido de la verdad, porque creo que estamos viviendo el sentido de la mentira. El ser humano tiene que recuperar ese interés, si no, quedamos con que mi verdad es esta y la tuya es esa.

    —¿Cómo ves la movida de artistas de otras generaciones?

    —Me encanta porque hay muchas mujeres cantando, algo que no pasaba cuando yo era joven. Ahora hay un semillero y muchas se destacan. Estoy bien con gente más joven, pero no para que me rindan pleitesía. La vida artística en este país tiene mucha importancia, aunque la gente no la ve. Hay que orientar al público, la gente necesita reconocerse como seres valiosos, tenemos que pensar más hacia dónde va nuestro pueblo.

    —¿Qué verá la gente en la Zitarrosa?

    —En la primera parte estaré sola con mis canciones. En un video se van a presentar las pinturas que hice en el 2020-2021. No es arte abstracto, es la figura humana, aparece el tema de la muerte y el del antes de nacer. No soy de perseguir una canción o una pintura, espero que surja. Se necesita coraje para poder cantar, pintar, componer, también confianza y el olvido de ti. Es algo como un encantamiento. Pero no vomito lo que me pasa, no tiro la ira contra un lienzo, como sé que otros artistas lo hacen.

    —¿Es una despedida del escenario?

    —No me quiero imaginar nada. Si me lo imagino, lo estoy encorsetando. Puedo tener una idea del asunto, pero prefiero dejar que las cosas surjan con naturalidad. Trato de no despedirme, a lo mejor alguna vez festejo un cumpleaños en un escenario. Siento una despedida con respecto a la vida, lógicamente, siento que entro en la penúltima o última estación, pero cuánto puede durar nadie lo sabe. La vida va proponiendo, y creo en esas propuestas, en olfatear y estar atenta. Entonces abro las tres C: coraje, confianza y constancia. Es fundamental llegar entera a esta altura de la vida. Es lo único que puedo pedir.

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