El día que Marcelo Legrand (Montevideo, 1961) vio en una revista la obra Le village, del artista Chaim Soutine, sintió el impulso de ponerse a pintar. En ese momento era un niño, y cuando su padre, el compositor musical Diego Legrand, le dio la revista que había traído de un viaje a Francia, se fue al quiosco de 21 de Setiembre y Ellauri a comprar colores. Entonces empezó a pintar sobre tapas de cuadernolas y de libros viejos. Desde aquel momento hasta ahora, Legrand no paró de experimentar con todo tipo de texturas, materiales y técnicas; estudió con grandes maestros, expuso dentro y fuera de fronteras y obtuvo varios reconocimientos. El último fue en 2018: el XXIII Premio Figari que otorga el Banco Central del Uruguay; el mayor reconocimiento nacional a la trayectoria de artistas plásticos y visuales en actividad.
Ahora aquella revista con la pintura de Soutine está dentro de una vitrina con otros objetos que formaron parte de la vida de Legrand y alimentaron su obra. Esa vitrina integra la muestra que con motivo de su último premio se exhibe hasta el 3 de octubre en el Museo Figari (Juan Carlos Gómez 1427), con curaduría de Pablo Uribe. Desde sus primeros retratos en grafito, pasando por sus grabados hasta llegar a sus obras abstractas y coloridas, esta exposición transmite también una forma de concebir el arte, al mismo tiempo que habla de retazos de una vida.
Legrand suele trabajar simultáneamente en varias piezas, sobre todo en las de los últimos años, que tienen grandes dimensiones. Son tal vez las más conocidas por el público, las que exhiben una explosión de colores intensos que salpican las telas con líneas, puntos y manchas. Pero a veces de la mayor abstracción surgen siluetas o contornos reconocibles, como sucede con El mago y la galera.
“Los cimientos están en las primeras manchas, en las primeras formas en el plano. De allí saco la esencia para construir la obra, que me puede llevar muchas sesiones o tal vez años”, le dice a Búsqueda frente a Eternidad, uno de sus enormes cuadros que comenzó en 2003 y sobre el cual sigue trabajando.
Legrand tiene una explicación para esta obra sin fin: “Hay zonas que quedaron oscuras, por eso cuando termine esta muestra la voy a seguir trabajando. Sé que aún puede tener más intensidad. Considero que una obra está acabada cuando el punto más pequeño se puede ver al mismo tiempo que la mancha más grande. Tiene que ver muchas veces con la tonificación de la superficie. Como cuando uno va al gimnasio a tonificarse. Con la obra pasa algo parecido, cuando se tonifica se siente, la energía fluye”.
Los nombres que les pone a sus piezas siguen esta concepción artística. Están relacionados con el movimiento o la expansión, la mecánica o la potencia, la vibración o la luz. Y la lista es larga porque los nombres se transforman igual que las obras. “A veces sé que una pieza está lista porque surgió el nombre, y también ocurre que van surgiendo nombres porque voy terminando las pinturas una y otra vez, porque sé que pueden tener más intensidad”.
En una de las paredes de la muestra, hay colgado un libro del escritor argentino Macedonio Fernández, que Legrand descubrió hace tres años, mucho después de haber comenzado Eternidad. El libro se titula Museo de la novela de la eterna y tiene un prólogo a la eternidad que Legrand encontró especialmente conectado con su obra: “Todo se ha escrito, todo se ha dicho, todo se ha hecho, oyó Dios que le decían y aún no había creado el mundo, todavía no había nada. También eso ya me lo han dicho, repuso quizá desde la vieja, hendida Nada. Y comenzó”.
Y Legrand sigue comenzando. Eso dice mientras subido a una escalera arregla los focos de luz que iluminan el cuadro porque aparece un reflejo que no es bueno y necesita sacar.
La quinta, el tai chi y el ajedrez
“Si uno se dejara engañar, vería en las obras de Marcelo su biografía. El relato de su familia, los juegos de su infancia o la historia de sus comienzos como artista”, escribió Uribe para el catálogo de la muestra. Es que su obra no puede separarse del entorno de la quinta donde vivió su abuelo paterno Diego, que fue botánico y dirigió el Museo de Historia Natural, y su padre músico, el otro Diego. En esa quinta, aún vive el propio Legrand.
Queda en la avenida Luis Alberto de Herrera, en el barrio Brazo Oriental, y está rodeada de un parque de arrayanes, ceibos y pitangas. Allí conoció el apego a lo vegetal, a las plantaciones, a la agricultura orgánica. “Siempre fui muy apasionado de las plantas, de cómo se protegen una al lado de otra, o cómo se rechazan o se potencian. Luego lo aprendí también en Venezuela. Hay muchísimas cosas que en este momento estoy trabajando a partir de estas conexiones”.
Algunas de sus obras las trabaja con papel vegetal para las que usa calor, tinta y agua. En la vitrina donde ubicó fotografías, dibujos y objetos, hay una pequeña plancha de hierro con la que calienta sus papeles vegetales. Lo hace con el método más antiguo: sobre un primus o una garrafita.
Además de los elementos naturales, Legrand se inspira en otras formas tradicionalmente alejadas del arte, como el tai chi, con el que aprendió el manejo de la energía. “Mi pintura es energía. Es algo que aquí no se comprende mucho porque se trabaja más bien la forma o la construcción”, explica. Por estas características, Uribe lo define como un pintor “energético-abstracto”.
Dentro de la vitrina que encierra sus recuerdos hay un hermoso ajedrez de tablero circular. En la quinta, Legrand fue testigo desde niño de torneos con campeones nacionales. Él mismo jugaba a los ocho o nueve años cuando faltaba algún contendiente. Hoy considera que el ajedrez le dio una visión de totalidad que le aporta mucho a la hora de trabajar sus obras.
“Soy un gran experimentador, busco cómo resolver problemas que se me aparecen, sobre todo cuando agarro un material nuevo”, explica. Uno de esos materiales fueron discos de pasta que unos italianos tenían abandonados en un gran galpón. “Cuando regresé de Italia de mis estudios con Luis Camnitzer estaba encachilado con retomar el grabado. Vine con viento en la camiseta y cuando me dieron los discos de pasta toqué un rato la superficie y los surcos y se me ocurrió usarlos como matriz. Conseguí una prensa que compré en un remate en Gomensoro y un tornero del barrio me ayudó a ajustarla”.
Él mismo ha creado sus propios instrumentos, como el que tuvo que inventar con unas cañas para poder hacer fuerza con los grafos y terminar una obra. “Siempre estoy buscando cómo lograr algo. Por eso es tan absurdo que uno diga ‘voy a aprender una técnica’. No estoy en contra de aprenderla, pero también uno pone otras conexiones, como cuando aprendí a bucear y después encontré la gravidez en mis obras”.
Legrand hace arte con todo su cuerpo, y a veces se resiente con alguna lesión o tendinitis. En la estancia Vik de José Ignacio participó en 2008 y 2010 de una intervención en la que trabajó con el espacio en un gran galpón forrado de chapa ondulada. Allí tiraba bolsas de pintura contra el techo o tubos de plástico blancos, de los que se usan para pasar los cables de luz, y los hacía estallar en el lugar donde quería que quedaran las manchas. La gente se sobresaltaba al escuchar el ruido.
El origen
Sus primeros dibujos formales de pintura y dibujo fueron en el Círculo de Bellas Artes, donde ingresó en 1977 y estudió con Héctor Sgarbi. En esa época se dedicó al grafito sobre papel, de donde surgió su serie de retratos que se puede ver en la muestra. “Rostros amórficos, anónimos, ensimismados, impenetrables, sombríos y distorsionados”, dice un fragmento del fallo del jurado del Premio Figari, integrado por Hugo Achugar, Alicia Haber y Margareth White.
Esa serie de retratos la expuso en la Intendencia Municipal de Montevideo en 1986, en una sonada y frustrada muestra en la que también participó el artista Oscar Larroca. El entonces intendente Jorge Elizalde consideró pornográfica la obra de Larroca y pidió que se bajara. En solidaridad, Legrand también bajó su obra. Pero aquella muestra tuvo sus frutos, por un lado porque se trasladó a la Biblioteca Nacional y asistió el público masivamente, por otro, porque Camnitzer conoció los retratos de Legrand y le dio una beca para estudiar en Italia.
Luego vivió tres años en Venezuela, donde experimentó con los papeles vegetales y también volvió al color de sus inicios. Su primera obra con Sgarbi luce intacta en la muestra: es un dibujo al natural en el que se destaca el color, la luz y la sombra.
Para Legrand, las enseñanzas de sus maestros no fueron solo de técnicas. Recuerda entre ellos a Américo Spósito que fue también un gran amigo. “Era una maravilla lo que sabía de pintura, pero yo no iba a sus clases. Aprendía cuando lo visitaba. A veces llegaba a la casa y estaba entusiasmado porque había encontrado en la Feria de Tristán un libro de matemática o de medicina y empezaba a dibujarlos. Son famosos los libros ilustrados por él, hacía su propia conexión con el arte. Se puso a estudiar religión para entender el arte a través de la religión. Y yo aprendí a hacer las mías”.
Con el tiempo se enteró de otras conexiones. Por ejemplo, que Sgarbi, su primer maestro, había sido en París vecino de Soutine, el creador de Le village. Por Sgarbi supo que Soutine vivía rodeado de cadáveres de animales putrefactos que pintaba en sus cuadros, que nunca se bañaba y que un día con un grupo de artistas lo metieron a prepo en la bañera. Soutine, radicado en Francia y nacido en Bielorrusia, llegó a ser un artista famoso. Nunca imaginó que un día una de sus pinturas cruzaría el océano y llegaría a las manos de un niño que apenas la vio salió corriendo a comprarse lápices de muchos colores.