La pareja es cubana, se mueve con un ritmo contagioso y el público la sigue haciendo palmas. Ella se mete en una gran bolsa de tela, él la cierra, la sacude con tres movimientos rápidos y la chica sale con otro vestido. Así varias veces, todo en un abrir y cerrar de bolsa. Ella aparece siempre con trajes de diferentes colores: cortos, largos, lisos, estampados, con guantes, sin guantes. Sixto y Lucía bailan conga, swing, música pop. Suena la canción Vamos a la playa y ambos emergen de la bolsa en traje de baño, con sombreros y camisas floreadas. Al final, él la cubre con una lluvia de papelitos brillantes y, cuando terminan de caer, ella ya está con un elegante traje de fiesta blanco.
El Centro y la Ciudad Vieja se llenaron de magos, de 500 magos. Participaron en seminarios, competencias y shows en el hotel Radisson, en la Sala Zitarrosa, en el Teatro Solís. Los más jóvenes tenían pinta de universitarios y vestían de jeans, bermudas y gorros con visera; otros optaron por la formalidad de un congreso y lucían traje y corbata, y solo algunos como el mexicano Chen Kai, mantuvo un aspecto más peculiar, siempre vestido de negro y con un pañuelo gitano en la cabeza.
Los participantes llegaron de Argentina, Chile, Brasil, Cuba, Perú, Colombia, Venezuela, México, pero también hubo artistas de España, Francia, Corea, Alemania y Estados Unidos que compartieron con los magos uruguayos trucos, inventos, espectáculos y varios secretos a puerta cerrada.
Ferrer caminaba muy rápido por los pasillos del Radisson mientras atendía el teléfono y contestaba preguntas en inglés de algunos congresistas. “Para ser mago no hay una carrera habilitante, por lo tanto, tampoco hay una institución que te diga ‘ya sos mago’. El error es decir que lo sos porque hace 15 minutos hiciste un truco. Siempre digo en broma que tendría que haber ido a devolverles la plata a todos los clientes de mis primeros años de trabajo”, explicó a Búsqueda cuando tuvo unos minutos. “Por eso no cuento lo que hice entre los 15 y 18 años. Llevo unos 32 años como mago profesional”.
Como muchos otros, Ferrer comenzó a hacer trucos cuando le regalaron su primera caja de magia. “Primero tuve un juego de química, pero mis padres tenían miedo de que hiciera explotar la casa, entonces me regalaron un juego de magia. Lo que no se esperaban era que yo hiciera ingeniería química y además magia. Nunca pude separar las dos cosas”.
Para Ferrer lo importante en la profesión es saber hacia dónde se apunta como artista, pensar en el público y preservar la fantasía. “Mi trabajo es ese, seguir rescatando la fantasía. El público sabe que no tengo poderes. Si tuviéramos realmente poderes, ¿cuál sería el mérito? El mérito está en que no lo puedo hacer, pero igual lo hago. A diferencia de lo que sucede en el teatro, que tiene su desenlace y se explica cómo fue, en la magia es menor saber cómo se hizo a la satisfacción de vivir la fantasía”.
En un salón del segundo piso del Radisson se llevaron a cabo los talleres y seminarios que magos de reconocida trayectoria ofrecieron a los congresistas. El viernes de tarde, el español Woody Aragón iba a comenzar su conferencia y si había alguien que no fuera mago, debía salir del recinto. “Y bueno, podrías difundir lo que sucede allí adentro, pero sería lo último que hagas”, comentó Ferrer y trataba de quedarse serio.
Entre los ilusionistas existe un código no escrito de respeto a los trucos de otros, pero no hay nada regulado. Ferrer dice que hay magos que solo se quedan en una buena manipulación, pero eso no alcanza para ser bueno. “Hay que apretar los resortes necesarios para que el público se olvide de que allí hubo un truco. Cuando el mago no lo logra, es ineficiente”.
Devuélvame el anillo
Hubo competencias todas las mañanas en la Zitarrosa, en las que concursaron unos 60 magos, y shows de gala nocturna en el Teatro Solís, abiertos al público con entrada paga. También funcionó en el segundo piso del Radisson una feria de objetos mágicos. Cubos y cajas de gran tamaño, varitas mágicas, galeras, flores, velas que se encienden sin fuego, globos, aros, portafolios, variados tipos de cartas y objetos indescifrables que ofrecían las casas de magia, o los magos particulares, a sus colegas. “Ese es el mejor con las cartas”, comentó una chica y señaló a Lukas, un mago coreano que le estaba enseñando a otro joven cómo funcionan sus naipes. El joven lo seguía con atención, arrodillado en el piso.
A pocos pasos se había ubicado el argentino Monterrey, que desde los 11 años se dedica a la magia. “Todos los productos que tengo aquí están fabricados por mí, artesanalmente. Algunos son copia, otros originales”, explicó. Lo más caro de su mesa era un lanzador de cartas que se coloca en el interior de una caja o galera y expulsa con fuerza los naipes hacia el aire. Monterrey le pide el anillo a la periodista y le dice que le va a enseñar cómo se hace magia con objetos prestados. Luego coloca el anillo sobre el muslo y lo tapa con una mano, y el anillo desaparece. Entonces del bolsillo trasero de su pantalón saca un llavero y allí estaba el anillo, colgado con las llaves. “En un comienzo fui autodidacta, hasta que conocí a otra gente. Hoy es más fácil, pero Internet está destruyendo todo. Se terminó el misterio, pero no la magia, que la crea uno”.
En el otro extremo del pasillo, muchos jóvenes rodeaban la mesa de Mr. Tango, que estaba exhibiendo las virtudes de su invento: un pañuelo de seda a rayas que tiene el “poder” de atravesar un brazo o el respaldo de una silla, y se quiebra como si fuera de cartón cuando el mago chasquea sus dedos. Marcelo Tango es argentino y fabricó ese pañuelo, que vende a cien dólares con el DVD explicativo que guarda su misterio.
¿Y las magas?
El ambiente de la magia es prácticamente masculino y este congreso lo confirmó: entre los 60 competidores hubo solo cinco magas. “Es una deformación profesional que haya solo hombres. Históricamente, la mujer ayudaba al mago, pero no tenía papel protagónico. Pero eso está cambiando”, comentó Ferrer.
Verónica Xies es argentina y fue una de las competidoras. Tiene 30 años y hace ocho que hace magia. “Al principio me costó un poco y aprendía magia como un hombre, me vestía con pantalón y traje. Después conocí a Carlos Barragán, ahora mi coach, y me enseñó la magia del lado femenino”, explicó. Verónica presentó un espectáculo ambientado en un cuarto de mujer, con mesita, espejo y maniquí. De sus manos salieron perlas, que se transformaron en pétalos, luego abrió un paraguas, se tapó con él y lo hizo girar. Entonces su vestido oscuro y brillante cambió por otro blanco.
“Este año las chicas se vinieron bravas”, comentó Monterrey, y recordó que no hace tanto estaba la categoría de magia femenina. “La sacaron para que no fuera sectario”, agregó sin necesidad.
Ático
Hay magia de salón y magia cómica, magia para niños y para jóvenes, cartomancia y manipulación. También hay mentalismo y magia argumentativa. Los mentalistas trabajan con la lógica, adivinan lo que está pensando alguien del público o lo que está tocando o dibujando quien sube a escena. Y hablan bastante durante la función, por eso si su discurso es convincente, ya tienen parte del espectáculo ganado.
Entre los competidores en la categoría Mentalismo estuvo un joven brasileño al que le salía humo de la cabeza y ponía los ojos en blanco. También Mister X, de la Peña Mágica Rosarina, que trabajó con los cinco sentidos y con objetos antiguos que, dijo en su relato, pertenecieron a su abuela: un juego de té, hilos de un costurero, perfumadores. El primer premio lo ganó el español Javier Luxor, con un espectáculo sobre las coincidencias, que requirió seis personas en escena, elegidas por el jurado, a las que hizo pensar en el espacio y el tiempo, en personas y en palabras.
Desde el punto de vista estético, hubo espectáculos muy coloridos, con muchas luces y telas brillantes. Pero el de mayor belleza artística y expresiva fue Ático, del peruano Bruno Tarnecci, un verdadero mimo en escena que ganó el primer premio en la categoría Magia argumentativa. Su espectáculo se desarrolla prácticamente en el suelo y va contando una historia silenciosa, a través de libros que le marcan un camino en el escenario mientras cobran vida: vuelan bajo un pañuelo, se prenden fuego, se deslizan. Bruno estudió en una escuela de circo y durante mucho tiempo hizo cursos de clown, teatro, mimo y danza. Pero estudió magia desde los dos años, cuando su abuelo le regaló un juego para hacer trucos. “Ático propone una estructura teatral con la que puedo contar una historia”, explicó sobre su espectáculo. Esa historia es la que diferencia esta categoría de otras. Armó su presentación en dos meses, uno para la creación y el segundo para los ensayos.
Los magos que viven solo de la magia son muy pocos, se calcula que, según los países, es entre un 5% y un 7%. Para organizar Flasoma 2015 trabajaron unas 30 personas voluntariamente y fue auspiciado por varios ministerios, entre ellos el Mides, a través del cual participaron diez niños del Programa en Red. El logo, una galera con varita de la que sale una paloma, lo había hecho Páez Vilaró. “Queríamos traer una cuerda de tambores para hacerle un homenaje a Páez Vilaró, pero parte de la familia, por disputas internas, no nos dejó ”, explicó Ferrer.
En la última noche de gala, los magos se sacaron fotos en grupo en la puerta del Solís con la esperanza de reencontrarse en el próximo Flasoma, que será en Buenos Aires en 2017. Seguro que para todos ellos quedó sonando durante largo rato la canción de Queen que los despidió en el Solís con la voz de Freddie Mercury cantando It’s a Kind of Magic.