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    Curioso, cándido e incómodo

    En movimiento. Una vida, la autobiografía del neurólogo Oliver Sacks

    La sonrisa amplia, con las paletas un poco separadas y la barba espesa y entrecana. Ese fue el rostro habitual del neurólogo Oliver Sacks, el que tuvo durante la extensa segunda mitad de su vida. En la primera mitad, en cambio, fue un tipo delgado, musculoso, fuerte, motoquero y fanático de la halterofilia: llegó a hacer sentadillas mientras levantaba 272 kilos en pesas. Sacks fue una personalidad fuera de serie en varios sentidos y la prueba final y contundente es su autobiografía En movimiento. Una vida (Anagrama, 2015), un libro que supera las 400 páginas y relata de manera auténtica y frontal los rasgos principales de este hombre que nació en Londres en 1933 y falleció a los 82 años en Nueva York, en agosto de 2015, después de padecer un cáncer.

    El título de este libro, En movimiento, es una condensación exacta de su profuso contenido, porque esa tendencia básica, esencial y animal de estar cambiando de territorio con frecuencia, fue el sello de fábrica de su vida y obra. Sacks sentía necesidad de moverse, de cambiar de lugar de residencia, de lugar de estudios, de lugar de práctica médica. Oliver Wolf (Lobo) precisaba sentir el vértigo de las carreteras en Estados Unidos, el vértigo de conocer gente nueva, rara e incluso extravagante. El vértigo de las drogas que le permitieran experimentar nuevas frecuencias de la mente, y así conocer de primera mano lo que sus pacientes describían. Quiso ser científico, de esos de laboratorio y bata, metódicos, ordenados y que buscan “la verdad” en la prueba empírica incuestionable. Pero él mismo reconoció que se salía del marco, se escapaba, no encajaba del todo porque su cabeza (y su cuerpo) iban siempre más allá. Mucho más allá, incluso de una forma que fastidiaba al establishment médico de la época.

    Dos ejemplos de esto fueron su proyecto Despertares, que después Sacks registró en un libro y un documental y que pasó al cine en 1990, con las actuaciones de Robert De Niro y Robin Williams. En 1966 se propuso experimentar con la nueva medicina L-dopa, que lograba sacar del estado estuporoso a las personas aquejadas de encefalitis letárgica (la enfermedad del sueño). Y eso, según su estilo, también lo hizo al límite: instalándose en la clínica el día entero, mudándose a vivir allí hasta que su jefe le pidió el espacio para su madre anciana. Otro ejemplo de lo irritante que podía resultarles a sus colegas tuvo que ver con la intención de publicar su primer libro, Migraña, relatando lo que observaba en una clínica de cefaleas del Bronx. Sacks, entusiasta y confiado, le comentó su intención y le entregó una copia del material a su jefe, quien se enfureció. Luego se enteró de que el médico había publicado un par de capítulos de Sacks como propios. “Nunca he sentido una sensación tan intensa —la sensación de haber hecho algo real y de algún valor— como cuando escribí ese primer libro, redactado ante las amenazas de Friedman y también de mí mismo”, confiesa.

    Oliver no resultó un investigador atildado y prolijo, porque su creatividad no se veía saciada en la rutina del registro y el trabajo sostenido en el tiempo: cometía errores. Quería crear, incluso con sus pacientes, lo que hizo que se revelara como un médico clínico brillante. Y brillantes fueron también las crónicas que describen los efectos de las dolencias neurológicas, que plasmó en obras maestras editadas también por Anagrama: Con una sola pierna, La isla de los ciegos al color, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Musicofilia y Alucinaciones.

    En su autobiografía, que se lee como una novela entretenida, Sacks administra de manera inteligente y sensible zonas personales como fueron las relaciones familiares, marcadas por unos padres médicos que disfrutaban del perfil bajo (a diferencia del díscolo Oliver) y un hermano esquizofrénico al que quiso ayudar y del que terminó alejándose; y zonas más profesionales donde habla de sus dudas respecto a la profesión, así como de sus posiciones sobre la práctica médica.

    Sacks es candorosamente despiadado, si eso es posible. Porque lo mejor y lo peor de sí y de los otros aparece sin tapujos ni medias tintas. También sus dolores amorosos, su homosexualidad radicalmente rechazada por Muriel Elsie Landau, su madre, que de niño lo llamaba “pichurrín” y “corderito” y que cuando se enteró de su orientación afectiva le respondió con un “Ojalá no hubieras nacido”.

    Sacks dibuja una versión de sí mismo como la de un antihéroe un poco torpe, tímido y al mismo tiempo lanzado, o como un Dr. Jeckyll y Mr. Hyde que de día se mete dentro de la túnica blanca y de noche se calza su conjunto de cuero negro, fuma cannabis y consume semillas de dondiego y LSD (tuvo la visión de su primer libro durante un “viaje”). Fuera de la perspectiva más soft de estas sustancias, Sacks se refiere a lo que le costó dominar su tendencia al abuso de las anfetaminas. Un capítulo aparte merece su psicoanalista, el Dr. Shengold, su terapeuta por más de 40 años. Sacks se enfrenta al pedido del terapeuta para que deje las anfetaminas. Y también le plantea dudas sobre su salud mental, casi como si fuera un chico. “Me acordé de mi hermano esquizofrénico, Michael, y le pregunté si yo también lo era. ‘No’, me contestó. Le pregunté si entonces era ‘simplemente neurótico’. ‘No’, me contestó. Lo dejé ahí, lo dejamos ahí, y ahí se ha quedado durante los últimos cuarenta y nueve años”.

    En el plano científico, Sacks­ deja clara su posición sobre lo negativo de que la medicina se especialice y compartimente con la consiguiente pérdida de una visión integral y preventiva, así como la certeza de que en la enfermedad operan aspectos inconscientes. Llegó a esa conclusión después de oír el planteo de un paciente al que le curó una migraña que sufría un día a la semana, despertándole el asma: “¿Cree que tengo necesidad de estar enfermo los domingos?”, le preguntó el enfermo.

    En 1960, Sacks les escribió a sus padres. “Probablemente soy demasiado temperamental, demasiado indolente, demasiado torpe e incluso demasiado deshonesto para ser un buen investigador. Lo único que me gusta de verdad es hablar..., leer y escribir”. En ese momento reflexiona acerca de que el vacío que llena con la droga se mitigaría con un trabajo satisfactorio y creativo: “Para mí era fundamental encontrar algo con significado, y en mi caso eso consistía en visitar pacientes”. Y sí, ahí dio en el blanco, de lleno. Puso su talento para la observación, y la literatura al servicio del relato de casos que para los legos en neurología son asombrosos: lesiones cerebrales con peculiares correlatos en la percepción y la conducta, como la imposibilidad de reconocer caras o colores, o la percepción de miembros fantasmas.

    Se entra en las páginas de En movimiento con la certeza de que se sale distinto, con una sensación placentera de haber charlado abiertamente con un amigo durante varias horas. Sacks es otra vez el cronista súper observador y puntilloso, que no solo registra la escena que lo rodea sino que además interpreta los hechos para otorgarles, con naturalidad, un giro reflexivo e incluso humorístico. Una oportunidad ineludible de compartir la mirada divergente de un curioso e inquieto empedernido que siempre se mantuvo atento a lo que escapa de lo ordinario.

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