—“Bien, si me hace el favor, son 10 dólares para entrar en el Free Shop” —le informó, mientras cortaba un tique de una libreta que tenía en sus manos.
—“¿Cómo la entrada al Free Shop? ¡Ya me cobraron 20 dólares por despachar la valija, además del asalto que es la Tasa de Embarque, y usted ahora me quiere cobrar la entrada al Free Shop! ¡No voy al Free Shop, no pienso comprar nada!” —replicó enérgicamente Fortunato.
—“Señor, no hay manera de llegar a la puerta de embarque sin pasar antes por el Free Shop, así que si fuera tan amable, aquí está su tique, son 10 dólares, como le dije”.
Fortunato pagó murmurando algo incomprensible, y se alejó de la morocha, la que a esa altura ya no le parecía más que una despreciable bruja.
—“Pasajeros del vuelo de Pluna 777 con destino a Rio de Janeiro, favor embarcar por puerta 8” —dijo otra voz aterciopelada, esta vez desde los parlantes del aeropuerto.
Fortunato vio que la cola iba más despacio que de costumbre, pero como todo va despacio en Uruguay, no se preocupó.
—“Son 15 dólares por la entrada al avión, señor” —dijo la muchachita de la puerta 8.
—“¡Yo ya pagué mi pasaje, señorita! ¿qué me quiere cobrar ahora? ¡hágame el favor!” —refunfuñó.
—“Por favor, señor, estamos embarcando, no demore, hay gente detrás suyo, aquí está su tique de entrada, gracias” —dijo la funcionaria, mientras embolsaba los 15 dólares que Fortunato acababa de pagar para entrar al avión.
Se dirigió rumbo a su asiento, y cuando encontró el 26 F, se aprestó a ubicar su bolso de mano en el estante sobre su asiento, cuya tapa estaba abierta. Un joven asistente de a bordo, con el uniforme de Pluna, lo tomó y le dijo que se lo colocaría él en el estante.
—“Gracias, muy amable” —le dijo Fortunato.
—“De nada, señor, son 5 dólares por el derecho de depósito del bolso en el estante, aquí tiene su recibo” —contestó educadamente el muchacho.
—“¡Traiga el bolso para acá, lo llevo entre las piernas, no pienso pagar ni un dólar por ese bolsito con tres pavadas!” —le informó Fortunato.
—“Está prohibido llevar algo con usted, todos los bolsos, por chicos que sean, deben ir en los estantes superiores” —informó secamente el empleado, pidiéndole el tique de embarque para comprobar el número de asiento.
“Es éste, 26 F, ya me fijé antes” —dijo Fortunato, aprestándose a sentarse en su lugar, y mostrándole al joven, sin soltarlo, el talón de su asiento.
—“Bien, si fuera tan amable, son 10 dólares por el derecho al asiento que usted va a ocupar en el viaje” —replicó el azafato, sin que se le moviera un pelo.
—“¡Pero esto es el achaque de los achaques!” —bramó Fortunato, mientras veía que todos los pasajeros eran objeto del mismo tratamiento claramente fiscalista por parte de azafatas y empleados. Y pagó, como cualquier hijo de vecino.
El vuelo se desarrollaba con placidez, Fortunato se había quedado medio dormido, cuando la suave voz de una azafata lo despertó con un ofrecimiento simpático.
—“Señor, ¿un vasito de agua?” —dijo la chica.
Fortunato asintió con la cabeza, la chica abrió una botellita de plástico, sirvió el agua, y le comunicó lo que todos ustedes están pensando ya de antemano: “son 5 dólares”.
—“Bueno, entonces no quiero el agua, gracias” —le dijo Fortunato a la chica, que se los cobró igual con la irrefutable excusa de que ya había abierto la botella.
Cuando pasaron el menú, que tenía los precios hasta de los grisines por unidad (1 dólar cada palito) Fortunato le dijo a la chica del carrito que no iba a comer nada.
—“Son 20 dólares por rechazo de menú” —le informó la muchachita. “La cantidad de comida está calculada en función de la cantidad de pasajeros, y si usted no la consume, hay que tirarla, así que se cobra 20 dólares por no comer nada”.
Fortunato terminó pagando los 30 dólares por comer, que era mejor que los 20 por no comer nada.
Cuando llegó a la puerta del baño, una azafata le hizo la pregunta inesperada: “Señor, ¿qué va a hacer en el baño?”.
Fortunato montó en cólera.
—“¿Cómo que qué voy a hacer en el baño? ¿Dónde quedaron mi privacidad y mi pudor? ¡Esto es escandaloso!” —dijo en alta voz.
La chica le informó que si no le decía lo que iba a hacer, llamaba al Comisario de a bordo y que muy probablemente fuera detenido al llegar a destino.
La resistencia de Fortunato ya estaba por el suelo: “Voy a orinar, señorita. A hacer pichí. ¿Puedo?” —preguntó con ironía.
La joven le cobró 5 dólares, explicándole que otro tipo de necesidades se cobraban 10 dólares, por suerte sin entrar en detalles. Le cobró también 4 dólares por dos fichas a poner en unos aparatitos que había en el baño, de uno salía el jabón y del otro las toallas de papel.
Cuando llegaron a destino el muchacho que le había ubicado el bolso le extendió un tique de 15 dólares para salir del avión.
—“¡Esto es el asalto más escandaloso de la historia de la aviación” —gritó Fortunato, “¡basta, basta!”.
—“Fortunato, te quedaste dormido frente a la tele viendo el informe sobre Pluna, venite a la cama que ya es tarde” —dijo la suave voz de su esposa desde el dormitorio.
Allí Fortunato entendió que efectivamente esto de Pluna es una verdadera pesadilla.