Fue pintor y dibujante, galerista y poseedor de una de las mayores colecciones de arte del país. Fundó el Museo de Arte Americano de Maldonado, fue crítico en los diarios El Bien Público, BP Color, La Mañana y El País, participó como artista en bienales internacionales y fue varias veces premiado en el exterior. Tal vez para resumir la amplia y variada trayectoria de Jorge Páez Vilaró (Montevideo, 1922-1994) habría que decir que fue un apasionado del arte en todas sus dimensiones y un intelectual de fuste que abrió espacios para la cultura en Uruguay y en el exterior.
A pesar de la importancia que tuvo como artista y gestor cultural en la segunda mitad del siglo XX, y de la popularidad de su apellido, en la historiografía uruguaya Jorge Páez Vilaró no aparece con la frecuencia ni con el destaque que se merece. Cuando se visita la muestra Otro expresionismo. Jorge Páez Vilaró 100 años, que se exhibe hasta el 24 de julio en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV), esa ausencia se vuelve más evidente por la potencia y complejidad de su obra. Bajo la curaduría de Manuel Neves, allí se exponen 80 piezas que conserva la familia o pertenecen a coleccionistas privados o al MNAV.
Historiador, curador de arte y diplomado en la Escuela de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales de París, Neves viene estudiando desde hace años la trayectoria de Páez Vilaró y pensando en esta muestra desde 2002. Se había conectado con Jorge, hijo del artista, que vive en Colonia, y cuando recibió la invitación de Enrique Aguerre, director del MNAV, ya tenía muy claro lo que quería hacer. La muestra surgió como iniciativa de Gabriela, la hija menor de Páez Vilaró, para conmemorar los cien años del nacimiento del artista.
Se piensa que dejó unas 600 piezas, aunque quienes han seguido su trayectoria hablan de cerca de mil. Su obra está diseminada principalmente entre Uruguay, Argentina, Brasil y Chile. “Pensé en una exposición que intentara abarcar todos los momentos importantes en su trayectoria artística. La estructura empieza en 1952, con el cuadro con el que ganó un Salón Nacional, y termina en el 1993, aunque Jorge siguió pintando hasta el 94. Trata de ocupar 40 años de trayectoria y está ordenada en una cronología fija, pero Jorge tuvo momentos en los que produjo obras en paralelo”, explicó Neves en una conferencia sobre las decisiones curatoriales de la muestra. De forma original, Neves organizó la exposición siguiendo esa lógica “en paralelo” aunque las obras sean de distintas épocas.
Del Grupo Cobra al Informalismo
De aquel primer cuadro figurativo de 1952, Joven (cabeza de mujer), que pertenece a la colección del MNAV, fue transitando hacia un arte influenciado por los movimientos europeos. Por esa época viajó a Europa, se radicó en Inglaterra y se conectó con lo que pasaba en el mundo en materia de arte y la contemporaneidad. “Cuando comenzó a pintar, hubo dos artistas que influyeron en él. Uno fue Lino Dinetto, un italiano que vivió en Uruguay, con quien Jorge tuvo una relación de amistad y admiración, a pesar de que era ocho años más joven. El otro artista fue Vicente Martín, diez años mayor que Jorge”, dijo Neves a Búsqueda en un recorrido por la exposición. Pero también hubo otro artista extranjero, un alemán llamado Hans Platschek, que también vivió en Uruguay y le hizo descubrir el movimiento Cobra. “Cuando Platschek regresó a Múnich, promocionó la nueva figuración del Cobra y Jorge se quedó allí un año con él”.
El nombre del movimiento no tiene nada que ver con serpientes, sino que es un acrónimo de las ciudades de las que provenían sus fundadores: Copenhague, Bruselas y Ámsterdam. Surgió en 1948 y no tuvo una larga vida porque hacia 1951 se había comenzado a extinguir, pero sí influyó en la transición hacia otras formas del arte. Promovían la libre expresión del inconsciente en las obras, sin que interfiriera el control intelectual.
En la muestra hay dos obras representativas de este período, entre 1960-1961, donde priman manchas en tonos marrones y ocres, en el límite entre lo abstracto y lo figurativo: Marinero y Hombre paisaje. Cuando regresó de Europa, Páez Vilaró expuso en la galería Pizarro de Buenos Aires y esa muestra promovió a un grupo de jóvenes artistas argentinos a exponer obras del mismo estilo. “La historiografía uruguaya afirma hasta el día de hoy que los argentinos influyeron a los uruguayos a mediados de los años 60, pero esto demuestra que en el caso de Jorge no fue así, no estuvo influenciado por los argentinos, sino que a lo mejor fue lo contrario”, explicó Neves.
A partir de esa muestra tuvo un período más abstracto y entre 1961 y 1964 es su etapa informalista, con obras impactantes. De importantes dimensiones, son como grandes muros donde importan más las texturas, los relieves, las manchas. También con una paleta amarronada, tienen la arena y el portland como materiales esenciales. Por eso estas obras se llaman Las arenas. Y son bellísimas.

Chocolate por la noticia (1991)
Para Neves, la informalista fue una estética muy importante que nucleó a varios artistas que abrazaron esa vanguardia. “Quizás fue la última de Europa. Produjeron un arte que no se ocupa de la realidad, para ellos la realidad es el cuadro mismo. Lo interesante de este período es que a Jorge le interesaba el americanismo, el arte precolombino, que era el interés de su padre. Estos cuadros informalistas son un intento de reconstruir esa sensación de lo precolombino, del muro antiguo, los colores ocres y marrones. Es un informalismo propio”.
El padre de Jorge, Miguel Ángel Páez, era abogado, político y periodista. Entre otras actividades, fundó el Club de Filatelia del Uruguay. Era un americanista interesado por lo precolombino y les transmitió ese interés a su hijo Jorge y también al hermano menor, Carlos, el artista que sería más conocido por el público. El hermano mayor se llamaba Miguel y se dedicó a la actividad empresarial.
De a poco en el informalismo de Páez Vilaró fueron apareciendo elementos figurativos y el acrílico. “Empieza a desarrollar su estilo propio, su propio expresionismo. Se estaba expresando, no ordenaba el espacio en forma racional, sino que va componiendo la figuración en el momento. Pintaba muy rápido, y le daba importancia al tema”. Neves explica que de allí, de ese estilo que desarrolló el artista a partir de diversas corrientes, viene el título que eligió para la muestra, porque el “otro expresionismo” es la manera en que Páez Vilaró entró a esa corriente del siglo XX. “Hay en él un paralelismo entre la abstracción geométrica y la abstracción informal. Llega un momento, hacia fines de los 60, en que todo se funde y Jorge encuentra lo que estaba buscando formalmente”.
Y eso que estaba buscando tiene su énfasis en el dibujo, especialmente en el uso de la línea negra como marcado contorno, y en varios temas que de allí en más lo acompañarían.
En el café y en el canyengue
La vida nocturna se mete en la pintura de Páez Vilaró y el color se enciende porque la noche se ilumina. Es el mundo en torno al bar, al café, al canyengue. En sus cuadros hay mucha gente, la que sale a comer, a divertirse, a reunirse. Hay muchas cabezas alrededor de una mesa, como en Café de suburbio, o gente que discute, como en su serie sobre los políticos, y hay fiesta e identidad en la serie que llamó Mundo tango. “Él iba armando la imagen de forma improvisada. Primero dibujaba con pintura negra todos los bordes de lo representado y la estructura general del cuadro y después iba rellenando o completando con colores. Es el estilo de Jorge Páez Vilaró. Un estilo único en Uruguay”, explica Neves.
Hacia fines de los años 60 y mediados de los 70 hubo un auge del dibujo y un movimiento que se llamó El Dibujazo. “Es interesante porque el primero que utilizó ese nombre fue Jorge. Lo relacionó con los estampones montevideanos de Barradas, que hizo una serie de dibujos que representaban el tango, la noche, y el café, pero con cromos o elementos de cartelería. Hay una historia oficial de El Dibujazo que se ha repetido y se hizo oficial por un artículo que publicó María Luisa Torrens, que identifica este movimiento, pero curiosamente no nombran a Jorge”.
En la década de los 80 sus obras adquieren una temática rural y paisajística. Páez Vilaró se interesó por lo patrimonial y viajaba mucho desde Montevideo a Colonia y Maldonado. Sobre todo recuperó casas antiguas, en una de ellas fundó el Museo de Arte Americano de Maldonado. También la playa invadió sus cuadros, que se llenan del disfrute de sus protagonistas en la orilla y bajo el sol. Sin embargo, para el artista, esos cuadros también tenían un valor de identidad cultural, igual que los de tango. “A partir del Batllismo todo el mundo pudo ir de vacaciones a la playa y lo hace todo el año. Es un elemento de la vida moderna y de la identidad cultural del país”, explica el curador.
A desacralizar
Los retratos de Páez Vilaró están llenos de humor e ironía, y ese es otro rasgo de su arte: el humor en la expresión. Hizo retratos de sus colegas pintores o intelectuales y también de sí mismo, como en Páez-Velázquez donde aparece su rostro con cigarrillo en la boca, pero mixturado con la vestimenta, la melena y la postura de Velázquez. En Velázquez-Picasso hay una original mezcla entre el cubismo y el barroco. La galería sigue con Juan Manuel Blanes, José Cuneo, Vicente Martín o Nelson Ramos realizados en los años 90. Son un deleite.
Otra serie es la de Aventureros, venturosos y desventurados de 1991, en la que aparecen, entre otros navegantes, Magallanes, Hernán Cortés y Cristóbal Colón. “En 1992, cuando se conmemoraron los 500 años del descubrimiento de América, hubo mucho debate político. Fue un momento muy empañado con discusiones sobre el descubrimiento. Entonces Jorge hizo una humorada, como forma de desacralizar ese momento tan pesado de debates”.
Uno de las pinturas más irónicas es Chocolate por la noticia, con Colón y varios navegantes mientras comparten una mesa de café. Es una historia que nunca existió, salvo por este cuadro. Otra parodia histórica aparece en La noticia, donde Colón está hablando por teléfono, tal vez en el momento exacto en que le contaba a la reina su descubrimiento. “Hay mucho color, pero siempre está presente la línea negra. Si te fijás bien, lo que define la composición del cuadro es el dibujo. Él siempre estaba dibujando”, comenta Neves.
Para el curador, un aspecto fundamental en toda muestra es el espacio. “Uno piensa que la obra va a estar en un espacio y que el recorrido va a tener una temporalidad. Pero también es fundamental la narración que va contando la exposición, una especie de historia”. La que cuenta Otro expresionismo es una historia genial, como la que siempre registran los grandes artistas. Ahora es el momento para recorrerla y celebrarla.