La conversación comienza por su apellido, tan peculiar, que le ayudó a nombrar su primer proyecto, Kuropa & Cía. “Mis compañeros lo propusieron, porque de los tres yo era el que más componía”. El nombre Kuropa & Cía., que al principio pronunciaban “Kuropa y compañía”, derivó rápidamente en un solo término: kuropaycía. La charla deriva naturalmente en sus raíces familiares. “Mi familia paterna es de origen judío-polaco. Mis dos abuelos por ese lado vinieron de una aldea muy pobre de Polonia en la década del 30”, cuenta. Su apellido materno, Pérez, parece de lo más común, pero esconde una historia que bien podría transformarse en canción: “Mi bisabuelo era Gargano, con un parentesco lejano con el político frenteamplista, pero no quiso reconocer a su hijo, entonces mi abuelo fue inscripto con el apellido de la madre, y después, cuando su padre buscó darle su apellido, mi abuelo no quiso saber de nada y se quedó con Pérez”.
—¿Cómo comenzó tu camino en la música?
—En forma fortuita, a los 16 años. Mis dos mejores amigos del liceo empezaron a estudiar guitarra. No me quise quedar afuera y le insistí a mi madre para que me anotara en unas clases con una profesora de barrio. Empecé a usar una guitarra vieja que estaba en la casa de mi madre y ahí aprendí las primeras cositas de solfeo y un poco de zambas argentinas.
—¿Kuropa & Cía. fue lo primero que hiciste?
—Primero empezamos a tocar en un boliche con un amigo, con veintipocos años. Las primeras ocho canciones que compuse las grabé en forma casera, las puse en un CD y se las llevé al papá de Fede Lima (Socio), Eduardo Lima, que tenía un programa de radio en Galaxia FM, y fue el primero que pasó un tema mío en una radio. Era mi época Silvio Rodríguez al mango (ríe), aunque bien musicalmente tiene un aire de chacarera. Recién había entrado a la facultad. Escuchaba los Beatles, los Doors, Queen o de acá cosas populares como Los Tontos y Los Traidores. Pero cuando me ponía a tocar la guitarra siempre me iba para el lado de la canción de autor. Seguramente fue por la influencia de mi casa, donde allá por el 85 sonaba fuerte la nueva trova, Serrat, Viglietti, Zitarrosa, Los Olimareños.
—Eras el blandito de la cuadra, que no tocaba rock...
—Exacto (ríe) ¡Y de la clase! Cuando Iba muy seguido a visitar a mi viejo a su casa, y con su segunda esposa se pasaban escuchando Perales. ¡Y a mí se me pegó esa canción melódica! ¡Flor de melodista Perales, por favor! ¡Se te pegan! Entonces un día en el liceo, el Zorrilla, un profesor pregunta qué nos gustaba. Todos decían Nirvana y yo largué Perales. Me sepulté. Hasta hoy se siguen riendo mis compañeros. Y después cuando descubrí Mi niñez, el famoso “álbum blanco” de Serrat, el que tiene Señora y Muchacha típica, me enfermé con Joan Manuel y seguí de largo con toda su obra.
—Me imagino que ese repertorio de fogón de facultad (Humanidades), con la nueva trova y Serrat debe haberte ayudado a vencer la timidez...
—Totalmente. Yo tenía una timidez extrema. No le mostraba a nadie mis canciones, me encerraba a ensayar solo. Y la música me permitió ganar seguridad en mí mismo. Cantar en la facultad me abrió nuevas puertas y con el canto pude relacionarme mejor. Un día, arrastrado por la insistencia de mis compañeros de facultad, me presenté en el programa Ágora TV, de TV Ciudad, en el que te daban tres minutos para hacer lo que quisieras. Allí canté por primera vez, solo con la guitarra, la canción Yo no pido, que había escrito para mi padre.
—Es curioso; es de tus primeras canciones y sigue siendo LA canción de tu repertorio...
—Sí, es muy fuerte lo que pasó con ese tema. Es una canción que me salió en un momento muy especial en el que sufría mucho por el tipo de relación que tenía con mi padre, bastante distante. Tenía un día fijo asignado para ir a verlo y ya en la adolescencia sentía que eso era muy poco. De repente tenía ganas de ir un día cualquiera y no podía, tenía que esperar al fin de semana. Un día, cuando tenía 24 años, estaba solo en la casa de mi abuelo, agarré la guitarra y de una salieron esos acordes. La letra fue como una catarata, muy emocional, muy catártica. La hice llorando y en una hora la tenía terminada. Fue la forma de decirle a mi viejo todo lo que sentía y era incapaz de manifestarlo hablando. Poco después que la hice lo fui a ver, me pidió que le cantara algo y la canté Yo no pido allí en su casa, con su señora al lado, sin anestesia. Ni bien empecé a cantarla empezó a llorar y no pudo parar.
—Entonces gracias a la canción mejoró el vínculo...
—Sí, claro, nos permitió un mayor acercamiento. Fue la llave para reencontrarme con él y fue la llave para empezar a armar Kuropa & Cía., porque dos muchachos que estaban estudiando en su casa vieron ese episodio de Ágora TV y me llamaron en seguida para decirme que tenían dos cajones peruanos y que tenían ganas de juntarse conmigo a hacer algo. Uno era Facundo Ponce de León y el otro Andrés Guidalli, los dos estudiaban Comunicación, yo en ese momento estudiaba Antropología. Desde 2002 al 2005 tocamos todos los jueves en el Nat Capiloncho, un lugar donde tocó gente como El Club de Tobi, Fabián Marquisio y un dúo llamado Juan y Gerardo. Era una cueva. Los jueves nos sentíamos Los Beatles. En ese tiempo grabamos el primer disco, y por las vueltas de la música, los productores fueron Mateo Moreno y Emiliano Brancciari, que entonces ya estaban en auge con NTVG. Cuando les canté Yo no pido, no lo dudaron y dijeron: este el hit. Después Emiliano no siguió y entró como productor Fede Lima, el hijo del tipo al que le llevé mi primer demo. Todo cierra.
—¿Y cómo entrás en contacto con Rubén Olivera, con quien llegaste a compartir un dúo?
—Cuando escuché el disco Interiores decidí que tenía que hacer lo que hacía él. Un día, en 1998 me lo encontré de casualidad, le propuse tomar clases con él, me aceptó y comenzó un vínculo que sigue hasta hoy. Sus clases me dieron una contención que trascendió lo musical y pasó a ser un espacio de afecto y de gran calidez. Y en lo artístico fue impresionante lo que conocí. Las clases de Rubén son antropológicas. Muchas veces las clases eran sin guitarra; era escucharlo hablar de la historia de un músico o de un género. Es un libro abierto de la historia de la música.
—Y con una impronta político-ideológica fuerte...
—Sí, muy cierto, que viene de la línea de Coriún Aharonián y Daniel Viglietti, que vienen de la línea de Lauro Ayestarán. Esa línea es una gran influencia, me marcó mucho la cancha por el concepto que tiene de la canción como herramienta expresiva. También fui a talleres con Coriún y, ojo, no compartía todo lo que él decía. Tomé lo que me servía y dejé aquello con lo que no estaba de acuerdo.
—¿Por ejemplo?
—Bueno, cierta rigidez en la composición. Está buenísimo explorar e ir por diferentes caminos, pero de repente te sale una melodía y la armonizás y te queda en dos acordes como mucho. Y te cierra así. No siempre tenés que perseguir la exploración y la complejidad, hay obras que van más por lo emocional y no tanto por determinada dificultad técnica. Volvemos a Perales. ¿Por qué te quedan sus melodías? No todo es tan cerebral.
—¿Hubo una impronta antipop en la música uruguaya durante mucho tiempo?
—Quizás. Lo que pasa es que toda la generación del 77 está muy marcada por un trabajo de exploración muy riguroso y generó grandes individualidades: no es lo mismo Fernando Cabrera que Rubén Olivera, y Mauricio Ubal no se parece tanto a Leo Maslíah y Maslíah era muy distinto a Lazaroff. Todos buscaban caminos y todos abrieron la cancha. Entonces, ese espíritu se enfrentaba a esa cosa más light del pop más asociada con lo anglo. Hubo un fuerte choque estético ahí, que también fue ideológico, sin dudas.
—Es una discusión que tu generación superó...
—Totalmente. No es ni muy muy ni tan tan. La música no pasa solo por esos dos ríos. Hay otras vertientes. Hay muchos más afluentes por donde entrarle a la canción. Y ni que hablar la generación que viene después de la mía. Aristas como Maine Hermo, Viviana Ruiz, Lu Mocchi, Florencia Núñez o Gonzalo Deniz no nacieron con ese chip. Son más atrevidos compositivamente. El fenómeno de las mujeres cantautoras en Uruguay es impresionante. Los primeros discos de Franny Glass son alucinantes. En muchos aspectos Gonzalo es un solista del estilo de Cabrera y Olivera. Solo con su guitarra española defendiendo la canción. Y extrañamente eso fue una novedad en 2007. Además lo que ha cambiado enormemente es el poder de comunicación y la desinhibición que tienen las generaciones más jóvenes, obviamente a raíz de su manejo natural de las redes.
—¿Cómo entendés El lugar en el panorama de tu discografía, que ya tiene cuatro títulos entre todos tus proyectos?
—Este disco es un mojón en mi carrera. Lo siento como el más maduro, donde logré plasmar en 10 canciones lo que es mi esencia. Obviamente los demás discos me ayudaron a llegar a esta realización. Le puse ese nombre porque esa fue la última canción que apareció. Habla del amor, de la pareja, y el tipo de arreglos que tenía ese tema sentía que iba a ser la tónica instrumental de gran parte del disco. Mucha madera, chelo, violín, contrabajo y guitarra eléctrica. Un sonido bastante barroco pero con un alma pop. Siempre me gustó el contraste entre lo eléctrico, el sonido popero y rockero, con la sonoridad de cámara. Ese es mi mundo. O sea que esa canción lo nombra, lo define y lo abre, porque está al inicio.
—El camino hacia la madurez y la búsqueda de la identidad son dos temas omnipresentes en tus canciones.
—Es así, este es un disco de un tipo de 40 y pico de años que ya está un poco curtido. Yo creo que los temas son los mismos en todos mis discos. La problemática social, el vínculo con la naturaleza, el amor de padre a hijos, el amor de pareja. Lo que sí ha ido cambiando es la manera de decir y la musicalidad. Cómo están vestidas las canciones. Y ahí brilla el hermoso trabajo de Diego Janssen, que fue el productor y arreglador del disco.
—Acabás de publicar Inmortales, la canción emblema de la última Marcha del Silencio. Esa causa está muy presente en tu obra también.
—Sí, también. Pero me interesa una forma de decir no tan explícita, que viene de aquellos cancionistas que saben hablar con poder poético. “A golpes de uña contra la pared dejaré escrito mi último verso”, dice Serrat. Es bellísima la imagen, tiene un poder poético impresionante. Tipos como Serrat o Cabrera no te dan el plato servido para que digas: “qué ricos los ravioles con tuco”. Lo tenés que probar y saborear para identificar los ingredientes. Lo que me mueve es buscar imágenes que me lleven a una idea, pero por otro lado.