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    De las pulperías al boliche de hoy

    Los bares montevideanos de hoy cada vez conservan menos de las características de aquellas pulperías que les dieron origen en la época colonial. Cada vez quedan menos de aquellos típico centros de reunión, y los que van quedando se van apagando de a poco o mutando hacia nuevas formas, como en otras épocas las pulperías fueron dando lugar a los almacenes de ramos generales o tiendas de ultramarinos y luego a los almacenes con despacho de bebidas, para finalmente desembocar en los bares que conocemos hoy. Las viejas pulperías, entonces, son el antecedente más directo de nuestros clásicos y entrañables boliches de barrio.

    Y estos conservaron muchos de los rasgos de aquellas: su condición de lugares de encuentro y sociabilidad, el ritual de los juegos de cartas y el consumo de bebidas.

    A las pulperías montevideanas en la Colonia también se les llamó “esquinas”, igual que en Buenos Aires, por la costumbre de estar ubicadas en los ángulos de las calles. Luego fueron conocidas también con el nombre de “casas de trato” o “de abasto” e incluso con la denominación de “tiendas pulperías”.

    En estos lugares se practicaban algunos juegos que luego fueron prohibidos y se generaban grandes peleas que podían finalizar con la muerte violenta de uno de los contendores. Entre los juegos de naipes que se practicaron únicamente con la baraja española, los más populares de los primeros ochenta años de la ciudad fueron el Tres siete, el Truque, el Treinta y uno o la Brisca, entre otros.

    La pulpería uruguaya sufrió profundas transformaciones después de la llamada Guerra Grande, que en la campaña eran prácticamente los únicos lugares de contacto entre los hombres.

    El historiador Aníbal Barrios Pintos cuenta que “allí se hacían amigos o enemigos, se hablaba largamente de la última penca, se discutía sobre marcas de caballos que se rectificaban en la tierra generalmente a punta de cuchillo, se recibían mensajes, se hablaba del próximo estallido de una contienda civil, del posible lugar donde se encontraba guarecido algún célebre matrero de la época, y quizás también se planeaba algún abigeato y contrabando o la emboscada a quien se aventuraba por las soledades de nuestros campos llevando codiciadas monedas de oro, muchas veces guardadas en buches de avestruz” y en otras ocasiones, los temas inevitables de las conversaciones eran los precios de los ganados y de la lana, las condiciones climáticas del momento, las enfermedades de los animales, la langosta…

    El pulpero sería también, según las circunstancias, prestamista y fiel guardador de fondos, negociante de los frutos de la tierra, hombre de buen consejo, confidente, agente de marcas y señales y de correos, coorganizador de remates-ferias y hasta padrino.

    Las ubicadas cercanas a la frontera norte del país, en su casi totalidad, seguramente acrecentaron sus utilidades por la venta de contrabando de frutos de o para Brasil.

    La transformación

    Alejandro Michelena relata que de la pulpería, origen indiscutido de nuestros boliches populares, nacerán dos tipos de comercios: el almacén de “ramos generales” o “tienda de ultramarinos” (si tomamos su denominación hispánica), y el bar con “despacho de bebidas”.

    Almacenes de “ramos generales”

    A partir de la Guerra Grande, con la inmigración calificada que ese episodio trajo aparejada (muchos miembros de las legiones francesa e italiana que habían venido a defender Montevideo se quedaron aquí), la sociedad uruguaya comenzó a tornarse poco a poco algo más cosmopolita y compleja.

    En particular la capital creció en una forma —para la época— vertiginosa, y multiplicó su población en pocos años.

    Una consecuencia de esto fue el declive de las pulperías y la aparición de los almacenes de “ramos generales”, precursores a su vez de las tiendas especializadas que de ellos derivaron en las últimas décadas del siglo XIX.

    Los comerciantes con mayor visión o ambición de crecimiento económico pronto ampliaron sus pequeños comercios o instalaron nuevos y más grandes locales.

    Los almacenes de ramos generales, así luego llamados por la variedad de rubros comerciales que abarcaban, se convirtieron en verdaderos puntales de crecimiento de los pueblos.

    El crédito a largo plazo en la compra de alimentos, herramientas, materiales de construcción, carruajes y maquinarias agrícolas, permitió al hombre de campo planificar su vida como productor rural.

    La condición de “ramos generales” reunía la satisfacción de cualquier necesidad, por lo tanto, abastecía a todas las capas sociales en un mismo marco comercial crediticio, ayudaba al almacenero solvente a manejar con comodidad los “fiados” hasta plazos de uno, dos y tres años; créditos estos que bien aprovechados por los clientes, permitieron enfrentar con cierta previsión las inversiones en sus respectivas actividades.

    En los almacenes de ramos generales se vendían —como si fueran los actuales hipermercados— desde alimentos en todas sus formas y de distintos orígenes de elaboración, hasta artículos de ferretería, talabartería, bazar, maquinarias agrícolas, materiales para la construcción, tienda e indumentaria, sulkies y carruajes, cristalería, librería, zapatería, armas, muebles, molinos de viento, porteras, bebederos y otros artículos para las actividades rurales y para el hogar.

    Casi todos contaban con despacho de bebidas al mostrador y algunos complementaban sus rubros con anexos de carnicería y/o panadería.

    Algunos de estos almacenes se dedicaban no solo a la venta de mercaderías de consumo local, sino que también comenzaron a comprar productos de la zona, iniciándose así como barraca de acopio de cueros, cereales y lanas con el fin comercial de intermediar en negocios de exportación.

    En épocas en que los pequeños pueblos no contaban con entidades bancarias oficiales, y aun después, instaladas estas, algunos almacenes oficiaban de casa de depósito y crédito de dinero para clientes, comerciantes y productores agropecuarios, donde el chacarero, el peón o el hombre de oficio —si era de confianza— podía resolver cuestiones financieras con la misma solvencia y tranquilidad que podía ofrecer la banca oficial o privada.

    Esta actividad crediticia—financiera sirvió muchas veces para acrecentar el capital del almacenero, que en ocasiones terminó siendo propietario de campos y estancias; en otros casos, el mal manejo del capital o la excesiva confianza del depositario sirvió para llevarlo a la quiebra, con la consecuente cesación de todas sus actividades comerciales.

    La capacidad crediticia de muchos almacenes era tan sólida que trabajaban con “crédito a la cosecha” mediante la anotación en libretas “a terminada la esquila” o “a la venta de los capones o novillos”.

    Una vez por año muchos clientes saldaban cuentas y pagaban escrupulosamente los alimentos, las herramientas, la ropa y hasta el tabaco y las copas consumidas en tan extenso período.

    Así, ligeramente, podemos decir que surgieron los almacenes de ramos generales; nacidos con las demandas de los vecinos, con el impulso del ferrocarril y por el instinto visionario, comercial y progresista de sus propietarios.

    La mayoría de estos locales estaban construidos sobre amplísimos terrenos y contaban en sus fondos con caballerizas para resguardo de sus caballos y carruajes de reparto.

    Algunos almacenes tenían sótanos donde permanecían frescos los vinos, cervezas, vinagres y otras mercaderías envasadas que requerían de un ambiente especial.

    En el frente del edificio, en el borde externo de las veredas, invariablemente, se enterraban los palenques para la sujeción de caballos de andar o de los carros y carruajes que llegaban al negocio; estos estaban hechos con gruesos palos de madera dura enterrados en forma vertical, y separados por varios metros uno de otro.

    En su parte superior, esos postes eran unidos horizontalmente por otro palo, hierro o una cadena de buen grosor, a una altura adecuada para en ellos atar las riendas.

    En cuanto al mobiliario, el cliente estaba separado del almacenero y de la mercadería por medio del mostrador; generalmente, este mueble acompañaba en toda su extensión la forma del local, pudiendo estar de pared a pared o adoptar el ángulo de esquina que pudiera tener el salón de ventas.

    Sobre el mostrador, en la parte de almacén propiamente dicho, se posaba la balanza de dos platos que con un juego de pesas de varios gramajes servía para la venta de mercadería “al peso”.

    En el despacho de bebidas, el mostrador se cubría con una chapa o “estaño”, para facilitar la limpieza de líquidos y/o bebidas que quedaban sobre él.

    Casi todos los relatos destacan la existencia, sobre los mostradores, de alguna vitrina en la que se exhibían golosinas —de las que no había gran variedad—, y las infaltables campanas de vidrio para protección de los quesos junto a una vitrina fiambrera con aberturas de ventilación cubiertas con alambre “mosquitero”.

    Junto a estas, las carameleras de vidrio —frascos individuales o baterías de seis, ocho o diez frascos con tapas, montados uno sobre otros—, servían para la exposición de algunas variedades de caramelos y pastillas.

    Detrás del mostrador, las altas estanterías de madera llegaban hasta el techo y cubrían totalmente las paredes.

    Algunos almacenes tenían —incorporados a esa estantería—, anaqueles y/o cajones con frentes vidriados, los que servían para la preservación de fideos sueltos u otras mercaderías que se querían proteger del polvillo, de las moscas o de la humedad.

    En la parte baja de la estantería —casi con la misma altura del mostrador— se situaban los grandes cajones (con tapas planas inclinadas o convexas) donde se depositaban —sin envase— azúcar, yerba, lentejas, porotos, arroz y fideos para sopa, productos estos que al momento de la venta eran extraídos con grandes cucharas y vendidos “al peso” con la balanza de dos platos.

    Del otro lado del mostrador —donde estaban los clientes—, solo alguna vitrina y mercadería de gran volumen, además de prendas de talabartería, herrería, ferretería, herramientas, elementos para las tareas rurales o maquinarias.

    En el despacho de bebidas, algún banco pequeño o banqueta para uso de los consumidores completaba el sencillo mobiliario.

    El bar con “despacho de bebidas”

    El otro “vástago” de la pulpería, dice Michelena, fue el bar “con despacho de bebidas”.

    Estos bares —que se difundieron primero en Montevideo, luego en las capitales departamentales, y después hasta en localidades más pequeñas— son el antecedente directo de los actuales boliches de barrio.

    Ámbitos populares por excelencia, allí se jugaba al truco y otros juegos de cartas, también al billar cuando lo había, o a los dados y el dominó; en su mostrador, y en sus mesas y sillas de madera algo toscas, se bebía sobre todo caña, pero también ginebra, vino y bebidas aperitivas. Estos bares, que se fueron multiplicando como hongos al tiempo que avanzaba el siglo y crecía la ciudad, eran auténticos lugares de reunión y de encuentro, de intercambio de informaciones, de cultivo de la amistad o del surgimiento de enemistades.

    Sitios democráticos por excelencia, eran frecuentados por el pequeño empleado y por el artesano, por el gaucho que bajaba a la capital y por el estanciero de paso, por el extranjero y el criollo, por la clase media y la baja.

    Eso sí: estaban excluidas las mujeres, porque eran recintos exclusivamente masculinos.

    Al igual que en las pulperías, en estos bares del siglo XIX las mesas estaban reservadas sobre todo a los jugadores, y también a quienes tenían que conversar en privado.

    El resto de la clientela prefería el mostrador —rigurosamente de estaño en ese entonces— donde se acodaban antes del mediodía, y después volvían a hacerlo al atardecer.

    Las pasiones políticas sí estaban muy vigentes, y más de un duelo criollo tuvo por escenario algún bar, cuando un colorado hablaba mal de don Manuel Oribe, o un blanco lo hacía de don Frutos Rivera.

    Circulaban de bar en bar las informaciones políticas y de actualidad más rápido que en la prensa; algunas, cuando se publicaban al otro día en los diarios, ya eran conocidas por todos. Como hoy, pero en lugar de acodados en el estaño, con la cabeza inclinada sobre un teléfono celular sostenido en cualquier ámbito y a cualquier hora.

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