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    De olvidos inadmisibles

    Columnista de Búsqueda

    La elección del nombre no parece casual: Luis Buñuel estrenó su película Los olvidados en 1950 y en ella retrataba la vida de un grupo de niños marginados en Ciudad de México. Los realizadores Santiago González y Agustín Flores bautizan con el mismo nombre su documental sobre las trayectorias de vida de Aníbal González y su hermano Christian, más conocidos como Don Cony y Kitty en el contexto de su barrio, el barrio Marconi.

    Apenas comienza el filme la otra referencia que viene a la cabeza es Aparte, de Mario Handler (quien, por cierto, aparece en los agradecimientos): sin pretensiones, sin moralina, Los olvidados intenta limitarse a mostrar. A registrar la vida diaria de los vecinos de ese barrio que solo aparece en las retinas de sus vecinos cuando estalla algún incidente policial y otras cámaras, las de la TV, están ahí para registrarlo.

    —No es un atentado, es un llamado de atención para el senado, lo tengo claro, es muy difícil pensar con aire acondicionado, rapea, ácido y exacto, Don Cony en su tema Soy Marconi. La canción, producida en 2012 en la Usina Cultural Casavalle, que ronda las 200.000 visitas en Youtube, es el disparador del documental y a la vez el disparador del periplo artístico del rapero montevideano.

    Montevideano, sí, aunque viendo el documental pareciera que se trata de otro país y no de un barrio ubicado a media hora del centro de la ciudad. Un país en donde la ciudadanía recibe un trato diferencial, muy por debajo de la media de servicios y atenciones que recibe la mayoría de sus vecinos y conciudadanos.  Un país, un barrio, en donde tienen que pasar años de reclamos desatendidos para que OSE, a las cansadas, termine por dar aquello que da desde hace décadas en barrios vecinos. O en donde la UTE simplemente no aparece por el lugar. Un país en donde sus vecinos son noticia solo cuando la noticia se relaciona con un crimen. Y no porque, como señala Kitty en el documental, cruzando el puente se entra en un mundo de calles de tierra y aguas servidas, en el medio de la mancha urbana de la ciudad. Ese horror, esa ausencia de Estado que jamás adimitiríamos para nosotros o nuestros hijos, no es noticia si se trata del barrio Marconi.

    El filme también retrata la labor persistente de Walton y Nancy, dos concejales y vecinos que dedican un montón de horas a lidiar con los funcionarios de ese Estado casi siempre ausente, por teléfono cuando no aparecen a una reunión pactada con los representantes del barrio poco tiempo antes; en persona cuando aparecen para patear la pelota para adelante. Un adelante que, por lo general, termina coincidiendo con algún período electoral. Quizá esto haya cambiado en los últimos dos años (el documental llega hasta 2016), pero viendo las reticencias, la pereza con que se manejan esos funcionarios ante las urgencias radicales que plantea el barrio, no parece muy probable que sea el caso.

    Filmado en buena medida cámara en mano por los propios Don Cony y Kitty, el documental de González y Flores es un buen ejemplo de cómo se puede partir de una idea propia, de una hipótesis de trabajo, sin por ello digitar el sentido de los contenidos que se registran. En ese sentido, es destacable que la reflexión sobre la situación no sea tanto un editorial de los autores como una suerte de debate natural que se desarrolla entre los dos hermanos: Don Cony, serio, trabajador, responsable, consciente de que su única oportunidad en el caos es la firmeza en conservar esos valores y en el trabajo infatigable, con el arte como boca de escape a la frustración; Kitty, tentado por la posibilidad de la plata fácil (los narcos nunca se mencionan, pero es claro que son ese contraejemplo implícito) frente a la perspectiva de que incluso todo ese trabajo duro y esa seriedad no le permitan cubrir los mínimos vitales de los suyos y de su familia.

    No hay nada teórico en Los olvidados, nada que suene a gente de clase media recién salida de un aula universitaria. Es decir, nada en el peor sentido de lo teórico. Como tampoco hay más editorial que el que los dos muchachos proponen en su cotidianidad, en su pelea por el mango, en los laburos más o menos duros, en los salarios invariablemente infames.

    Capítulo aparte, aunque es otro de los hilos conductores del documental, es el arte de Don Cony y de Kitty. Usando los recursos más ínfimos (una laptop, una consola de cuatro canales, un micro con un palo de escoba por jirafa) el dúo logra plasmar su mensaje de manera muy precisa y acerada en sus canciones. Un mensaje que tampoco intenta reivindicar el estilo de vida de los narcos ni nada parecido. Al contrario, las canciones hablan del orgullo del trabajador que construye con sus manos el techo para su familia, de la frustración ante la falta de empleo, el reclamo al Estado omiso y el orgullo de quien reivindica su derecho a vivir en un barrio que no sea peor que el resto.

    Si Los olvidados sirve para recordarnos que en el barrio Marconi hay carencias inadmisibles y que quienes viven ahí son nuestros vecinos, la misión de los realizadores y del propio Don Cony estará más que cumplida. Un documental imprescindible si aún queremos saber quiénes somos y quiénes podemos ser como ciudadanos de este país.

    Los olvidados (Uruguay, 2018), de Trapecistas Producciones. Dirección: Santiago González y Agustín Flores. Duración: 75 min. Desde hoy jueves 3, Sala B (Auditorio Nelly Goitiño).

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