“Prefiero que mis personajes no tengan mucho texto. Y en esta película se dio y estuvo buenísimo: sacamos un montón de texto, en el rodaje y en la edición”. Érica Rivas es la actriz argentina del momento. A esta altura, de cualquier momento. Su paso por la televisión en el papel de la estruendosa y adorablemente psicótica María Elena Fuseneco, en Casados con hijos, dejó huella, casi viral, que atrapa nuevos fans. Todavía hoy, 10 años después del fin de la sitcom —dos temporadas, 215 capítulos, de los cuales ella participó en 213— se cruza con gente que le recuerda expresiones de aquel estrafalario y divertido personaje. Y aquellas personas no tan familiarizadas con la ficción televisiva aunque sí más al tanto de lo que ocurre en las pantallas de cine, la recuerdan por su bipolarmente intenso y frágil papel de Romina, “la novia” del último capítulo de Relatos salvajes, el filme argentino nominado al Oscar, dirigido por Damián Szifrón.
Ahora, en La luz incidente, que se estrena hoy jueves 10, esta nativa de Ramos Mejía, Buenos Aires, que abandonó la carrera de Psicología e inició su trayectoria como actriz en los 90, trabajando también en teatro —este año estuvo en Uruguay presentando, junto a Ricardo Darín, Escenas de la vida conyugal—, interpreta a Luisa, una mujer que en algún punto de la década de 1960 trata de seguir adelante tras el fallecimiento de dos personas demasiado importantes en su vida: su hermano y su marido. Madre de dos hijas muy pequeñas, a pesar de estar acompañada por su madre (Susana Pampín) en la crianza de las niñas, Luisa atraviesa el dolor como puede, intentando mantenerse entera, lucir bien, y asistiendo, cada tanto, a los eventos sociales que le resultan difíciles de rechazar. A mitad del camino del duelo, que no es lineal ni mucho menos previsible, se cruza Ernesto (Marcelo Subiotto, talento del teatro al que se vio en el filme El crítico), todo un caballero, un pretendiente sensible, alto y grandote, tan decidido e insistente que puede llegar a ser un poco inquietante, de cuidado. La composición de Ernesto es notablemente perfecta, hecha de luz, sensibilidad, vocación paternal y cierta nebulosidad. Debajo de la piel de Luisa, Rivas sorprende a la vez que confirma su estupenda y mutante capacidad para emocionar. Es uno de esos papeles que prefiere: de escaso texto. “Siempre pienso que en el cine, cuando la imagen es tan fuerte, la voz es redundante. En esta película empecé a sentir eso. Que sobraban las palabras. Que era más una sensación, un paisaje, antes que una historia con principio y fin”. Aunque, llegar a ella, a Luisa, la viuda, la madre, para quien la luminosidad y la tenacidad de Ernesto pueden ser tan vitales como asfixiantes, no fue sencillo. Así lo recuerda durante una entrevista con Búsqueda, de la cual se presenta un resumen.
—El director del filme, Ariel Rotter, se puso en contacto con usted antes de tener escrito el guion. ¿Cómo fue?
—Estaba filmando una película, Las mujeres llegan tarde, de Marcela Balza. Aili Chen, la mujer de Ariel, era la directora de arte. Yo ya había trabajado con ella en Por tu culpa. Aili, que también es la directora de arte de El otro y La luz incidente, me había comentado que Ariel quería conversar por un papel que quería ofrecerme. Un día vino y me contó de esta historia, de su mamá, que había perdido a un marido que tuvo antes de su papá y que él quería recrear ese momento, que le parecía mítico y le producía mucha intriga y ansiedad. Porque, claro, estaba todo ese dolor encriptado antes de que él naciera. Me contó un par de escenas que quería hacer en una película que no había empezado a escribir. De vez en cuando le preguntaba: “¿Y, Ariel? ¿Qué onda, cómo está eso?”, y me decía que todavía no tenía el guion terminado, que estaba en eso.
—No tienen nada que ver con las que se filmaron, ni con las que quedaron. Una de las que me había contado era con un fantasma. En ese momento, estaba todo lo de Apichatpong Weerasethakul (Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas, 2010), que había ganado en Cannes.
—¿Cuáles fueron las indicaciones del director en la construcción del personaje?
—En el rodaje nos peleamos muchísimo. Con Ariel llegué a pelearme mucho, como con nadie. No entendía lo que él quería. Después, cuando vi la película, me di cuenta de lo que quería, pero durante el rodaje no. Creo que en un momento, por intuición, comprendí el tono que buscaba para Luisa. A partir de ahí empecé a manejarme de otra manera. Más allá de que estés más o menos dentro del personaje, cuando encontrás el tono es más fácil, fluye, y ahí me pude relajar un poco más. Creo que a mí me pasaban muchas cosas y que a él le pasaba lo mismo. Me lo llegó a confesar. Es que la película tenía tanto que ver con su historia que le costaba mucho verla desde afuera y decir cómo era, cómo la veía. Y yo necesitaba saber cómo era porque si no, no la podía entender. No podía ver lo que él veía. Entonces, sentía que estaba en la oscuridad. Le decía: “No entiendo lo que querés”. Le preguntaba todo el tiempo: “¿Qué le pasa?”, “¿Por qué hace esto?”, “¿Por qué lo hace así?”.
—¿Qué le respondía?
—A veces me decía una cosa, a veces otra, o directamente que no importaba. Creo que estaba muy sensibilizado con la historia. Me doy cuenta de que, como actriz, a veces necesito mucho de los directores, pido un montón. Tengo mucha ansiedad de saber cómo es un personaje, qué le pasa. Se ve que lo expresaba con una vehemencia que lo angustiaba y lo perdía un poco. Es que, claro, cuando yo hablaba de los personajes estaba hablando también de su familia. A veces, en medio de todo, me aclaraba: “Es una historia pero no es mi historia”. Bueno, entonces, si no es su historia, le voy a preguntar esto o lo otro, pensaba yo. Y cuando le preguntaba o hacía un comentario, veía su reacción y me daba cuenta de que sí, de que esa historia era su historia: estaba hablando de su papá. Creo que hay algo que pasa mucho con los directores: siempre, de alguna manera, están hablando de sí mismos. Sobre todo los jóvenes. Hasta que no descargan un poco su neurosis, sus escenas traumáticas y cuestionamientos personales, no empiezan a contar historias que se alejan de sí mismos. Hay veces que veo eso y digo: “Bien, sería buenísimo que me lo comunicaras”, en lugar de estar como una investigadora privada tratando de dilucidar lo que sucede. Tiene que ver con la generosidad. Si tenés la generosidad de comunicarlo, puedo entrar más tranquilamente y puedo, por ahí, ayudarte. Porque también estoy para eso. Porque dentro de lo que vos estás queriendo contar, que por ahí es tu historia, también está la mía, está la de todos los técnicos. Todos estamos ahí por algo, no es solamente que estamos contando tu historia, todos nos estamos contando una historia. Entonces está bueno poder compartirlo. Pero veo que, cuando son cosas tan personales, no es del todo fácil. También creo que tenía que ver con esa opresión que tiene la película, tan encapsulada, claustrofóbica, tan... suicida, con esa energía barrosa, de duelo. Mis reacciones, tanto como los enojos que tuve, eran para zafar de esa energía asfixiante. Después, cuando terminamos la filmación, nos pedimos disculpas, y ahora está todo bien.
—¿Usted pudo llegar a entender a Luisa?
—Siempre sentí que la entendía. Lo que no entendía era cómo la contaba Ariel. Me pasa mucho eso. Cuando vos realmente asumís que sos esa persona, esa persona viene a vos, sin que vos quieras. La dejás entrar y aparece. Y de repente empieza a reaccionar. Entonces no sos vos el que decide ni el que dice.
—Se está abriendo paso en la dirección. ¿Qué planes tiene?
—Estoy codirigiendo un documental sobre Marilú Marini, una actriz hermosa, argentina, que trabaja en Francia y algunas veces en Argentina. Trabajé con ella en Mujeres que llegan tarde. Además estoy escribiendo una historia con una guionista y documentalista alemana, Cuini Amelio Ortiz. Ahí quiero actuar, no dirigir. Tengo ganas de dirigir un corto. Me voy animando de a poco. A ver cómo me sale. Le tengo demasiado respeto al lugar del director. Soy medio titulitis. Necesito el título, estudiar, para sentir seguridad.
—¿Qué cineastas despiertan su interés?
—De los argentinos, me interesa lo que hacen los directores con los que trabajo. Me interesan mucho las directoras, Anahí Berneri (Por tu culpa), Natalia Smirnoff (El cerrajero), Albertina Carri (Los rubios), Lucrecia Martel (La ciénaga). Me interesan mucho los directores que se animan a hablar de las mujeres, Xavier Dolan (Los amores imaginarios), las primeras épocas de (Pedro) Almodóvar, que me hacen acordar mucho a Dolan. Me copa mucho volver a ver las películas que me gustan. Veo muchísimas cosas de nuevo. Por eso no es que vea tanto sino que miro muchas veces lo mismo. Igual me pasa con la lectura. Estuve muy enganchada con Ariana Harwicz. Es argentina, vive en Francia. La débil mental y Matate, amor, dos novelas de ella, son buenísimas.
—No mira mucha televisión, ¿verdad? De hecho, la evita.
—La televisión de aire la tendría prendida todo el día. Para dispararle, para ametrallarla todo el tiempo. No me pasa con los canales de cine y de series, que también los tendría prendidos todo el tiempo, pero de repente pasaría enganchada. Pero a la televisión no la soporto. La detesto y me encanta detestarla. No puedo entender cuando la gente dice “No sabés qué bien que bailan los de Bailando por un sueño”. No entiendo: esa luz horrible, la denostación de la mujer, las personas que se exponen de ese modo. Me agarra como a María Elena Fuseneco.