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Con el Ciclo Schumann inauguró la Ossodre su temporada 2016 el viernes 29 en el Auditorio Adela Reta. Apenas sonaron los primeros compases de la obertura de Rusián y Ludmila, de Mijail Glinka (1804-1857), resultó inevitable la comparación con la versión que de la misma obra hizo apenas una semana atrás la Orquesta del Estado de Siberia, con su director estable Vladimir Lande en el Teatro Solís. Y del cotejo salió airosa la versión local conducida por Martín García, con precisión en la dinámica de los planos orquestales, lo que permitió subrayar cuerdas muy parejas y buen color en maderas y bronces. Una lectura nítida dio a esta brevísima obra la claridad, el empuje y la euforia que le son propios y supo evitar el exceso de decibeles que aparte de molestar al oyente ensucia el discurso.
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Después de escuchar a la pianista búlgara Lilia Boyadjieva en el Concierto en La menor op. 54, de Robert Schumann (1810-1856), uno se pregunta si no habría sido más sensato darle la oportunidad a alguno de los varios pianistas jóvenes del medio local. No solo por un tema de promoción de nuestros artistas sino también por ahorro en el rubro de caché, cosa no desdeñable en época de vacas flacas. Boyadjieva no pareció cómoda con Schumann, del que hizo una mera lectura. Por momentos tosca y borroneada, tampoco se mostró muy colaborativa en la coordinación con la orquesta. Algún desencuentro al atacar o culminar una frase pareció más atribuible a ella que al director, a quien observamos en todo momento pendiente de la solista. García obtuvo una muy buena respuesta de sus dirigidos a lo largo de toda la obra. En lo personal habría preferido algo más de emoción al cantar el tema del segundo movimiento y algo más de volumen en el tercero.
Para el final se hizo la Sinfonía Nº1 op. 38 Primavera, de Schumann. Como se sabe, la escritura sinfónica no ha sido lo más destacado del período romántico y Schumann no es la excepción. Artista talentoso y singular para la literatura pianística y el canto de cámara, sus sinfonías no han pasado el Rubicón y aunque han sido grabadas por importantes orquestas y directores, no aparecen con frecuencia en los programas de concierto. Muchos atribuyen esa falencia al hecho de que Schumann no era un buen orquestador. Pero como bien observa Paul Henry Lang, el problema no era ese, entre otras cosas porque la orquestación no existió como ciencia musical autónoma hasta el siglo XX. La cuestión era que mientras otros compositores “componían en un idioma orquestal”, las ideas musicales de Schumann eran en su esencia “inorquestales en ropaje sinfónico. La fantasía pianístico-lírica de Schumann no engendró un material que se prestase a una buena instrumentación”.
Más allá de esto, el trabajo de Martín García fue excelente: gestualidad clara, permanente control dinámico de los sectores, hizo cantar a la orquesta en el Larghetto, fraseó con elegancia en el Scherzo y manejó con precisión y con gracia los schumanianos contrastes de clima en el Allegro final. Diría que, con los descuentos anotados al sinfonismo del autor, hizo rendir la obra al máximo.
El pasaje del joven director desde el foso del ballet al manejo de un programa sinfónico que incluye un concierto con solista, es un importante salto cualitativo. Solo frente a la orquesta y concertando con el solista, son tareas muy diferentes para un director y García zanjó ambas con bienvenida soltura.