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    Desbordado

    “Lo que está bajo el agua no tiene principio ni fin”, dice una de las criaturas imaginadas por el director James Cameron en Avatar: el camino del agua, su última película. Ante una vastedad similar, sin límites pero también sin un rumbo, parece encontrarse la carrera del director de Titanic.

    Desde hace más de una década, Cameron se encuentra sumergido en las profundidades de un mundo imaginario en el que ideó un drama ecologista de ciencia ficción con el que busca avanzar la tecnología en el uso de efectos especiales en el cine.

    Trece años después del estreno de la taquillera Avatar, en Uruguay ya se puede ver la primera de las cuatro secuelas planeadas para la saga.

    La nueva película es deslumbrante pero también apabullante. Con una demanda de la atención del público superior a las tres horas, el director y guionista propone volver al planeta Pandora para ponernos al día con la vida del héroe del relato, Jake Sully, un exmilitar paralítico que transfiere su mente al cuerpo de un na’vi.

    Los na’vi son una raza de alienígenas de piel azulada, estatura descomunal y forman una sociedad que se rige bajo normas capaces de conectar a su población de manera física y espiritual con la tierra que habitan. Hablan en su propia lengua en los primeros minutos de la película hasta que un personaje angloparlante dice entender su idioma. Desde ahí en más, sin lógica coherente, tanto espectadores como personajes ficticios escucharán a sus contrapartes, extraterrestres o no, hablar en inglés.

    Parece un capricho peculiar, pero esa y otras decisiones (algunas versiones de la película carecen de subtítulos tradicionales y en cambio sus textos utilizan una tipografía predeterminada y en línea con la estética de Avatar) exponen el impulso que ha rodeado a la figura de Cameron durante la última parte de filmografía: su devoción por el control exacerbado hasta en el último de los detalles en lo que probablemente defina como su creación más preciada. Un poco de perfeccionismo no es malo, y menos en un director de cine, pero mientras que Avatar demostraba que Cameron tenía aún un dominio pleno de una fórmula que combinaba acción, drama y hasta comedia de manera atractiva para un público amplio, El camino del agua se queda a medio camino entre dos costas.

    La película es visualmente sorprendente, al punto de que todo lo mostrado en pantalla se siente que ha sido registrado por una cámara, pero su historia ofrece poco y nada. Da la impresión de que si algo Cameron debía aprender a delegar era el guion. Los diálogos se vuelven más y más insípidos a medida que la película intenta convertir el dilema principal, en el que Sully y su familia deben primero escapar de una horda de militares humanos sangrientos de venganza, pero carentes de un objetivo claro, para luego combatirlos durante el tercer acto de esta historia sobre el colonialismo. Sin considerar a nuestros héroes azulados, esta historia se ha visto hasta el hartazgo.

    En la era donde los superhéroes son casi que la única opción dentro del menú de un cine de grandes producciones de Hollywood, lo que hace Cameron sigue teniendo mérito. Hace falta, sin embargo, más que buenos efectos especiales para convencer de seguir zambulléndose junto con él en su millonaria, deslumbrante e insufrible aventura.

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