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    Descubriendo talentos

    Séptima edición de La Escena Vocal

    Cuando sale a escenario es un treintañero con una melena rubia que le sobrepasa los hombros. Pinta de galán, con una guitarra eléctrica puede transformarse en un rockero y con una tabla en un surfista. Pero en la realidad no es lo uno ni lo otro. Es Cody Quattlebaum, tiene solo 24 años y es el bajo-barítono norteamericano que abrió el Séptimo Festival Internacional La Escena Vocal en la Sala Verdi. Su presencia en Montevideo es desde ya un acontecimiento que los amantes del canto deben celebrar. El recital estuvo dividido en tres partes temáticas: en la primera abordó siete canciones del estadounidense Samuel Barber y cuatro del austríaco Alban Berg en torno a los Sueños. En la segunda parte juntó las canciones de Don Quijote que compusieron los franceses Jacques Ibert y Maurice Ravel y para terminar hizo cuatro canciones sobre textos gallegos del español Antón García Abril.

    Quattlebaum es un artista completo. Tiene un caudal de voz privilegiado que hace temblar las paredes pero jamás lastima el oído, como pudo apreciarse en Rain has fallen, de Barber y Dormir, dormir y solo dormir, de Berg. Su dicción fue transparente en los cuatro idiomas transitados. Además posee un timbre aterciopelado y una capacidad de matización admirable que brillaron en el Sleep now y en el Nocturne, de Barber. Su temperamento dramático le permite traducir con mínimos gestos que enriquecen su canto, las tragedias que encierran canciones como I hear an army (Barber) y Tibia es la brisa (Berg).

    Lo que quizás más impresiona de este cantante es su control de respiración; puede aumentar el volumen o prolongar indefinidamente una nota sin que su físico denote ningún tipo de forzamiento o estremecimiento, como si la fuente de aire estuviera situada fuera de su cuerpo. La segunda parte de su recital, con músicos más amigables (Ibert y Ravel), fue sin embargo menos atractiva. Quattlebaum jamás decayó en calidad pero fue como si el desafío estético musical de las obras del comienzo le hubiesen encendido una llama que Ibert y Ravel no lograron continuar. Para el final, por suerte el fuego volvió con toda su fuerza con la conjunción de la música de Antón García Abril, la poesía de Rosalía de Castro y Álvaro de las Casas, todos ellos gallegos. Una belleza de principio a fin y una culminación expresiva inolvidable con los Mariñeiros, de De las Casas.

    Con el tenor surcoreano de 32 años Keonwoo Kim se desarrolló la segunda fecha del festival. Kim tiene un timbre agradable y buen caudal. Se encuentra más cómodo en la zona media y aguda que en la grave. También llega con más limpieza al fortísimo que al pianísimo. Técnicamente es prolijo y correcto, no en vano ganó el primer premio del Jurado y también el del público en el concurso Operalia 2016. El problema con Kim es que no llega a comunicar, a conmover. Es probable que el repertorio elegido haya contribuido a esta idea: la primera parte con canciones de los italianos Francesco Paolo Tosti y Giacomo Puccini transcurrió sin levantar mucho vuelo. En la segunda pareció estar más a gusto en las canciones Cantares y Los dos miedos, del español Joaquín Turina, y con dos arias de Gaetano Donizetti de caracteres opuestos bien contrastados: la romántica Una furtiva lágrima y la dramática Tu che a Dio spiegasti l’ali, de las óperas L’elisir d’amore y Lucia di Lammermoor, respectivamente.

    La soprano francesa Marianne Croux participó con suerte variada. No tiene un timbre muy cálido y su línea de canto a través de los diferentes autores que transita se va haciendo monótona. Es muy segura en los agudos aunque muchas veces se excede en el volumen y resulta estridente. En términos generales le falta matizar más y aumentar el uso de la media voz. Su dicción no es clara. Con las obras de Ottorino Respighi, Manuel de Falla y Henri Duparc no hizo nada para recordar. Tuvo algunos puntos altos y hay que agradecerle que uno de ellos haya sido el rescate de las 4 melodies del malogrado compositor uruguayo César Cortinas con motivo de los cien años de su muerte. Cuatro pequeñas joyas de armonías audaces y gusto exquisito con las que Croux se compenetró y transmitió con entusiasmo. Algo similar ocurrió con las poco transitadas Three Shakespeare songs, del inglés Roger Quilter, donde la cantante se sintió muy cómoda. Cerró muy bien con un aria extremadamente difícil: No word from Tom, de la ópera La carrera del libertino (The rake’s progress), de Igor Stravinsky.

    La tradicional Gala Lírica del festival se inspiró este año en el sesquicentenario de la muerte de Gioachinno Rossini. Intervinieron los tres artistas antes reseñados, a los que se agregaron las argentinas Mónica Ferracani y Jaquelina Livieri (sopranos) y los uruguayos Eduardo Garella (barítono) y Sofía Mara (soprano). No exagero si digo que tan importante como el canto fue aquí el guion de María Julia Caamaño, curadora del festival, quien fue tejiendo anécdotas de la riquísima vida de Rossini, que lo iban vinculando con su propia obra y con la vida y obra de muchos otros compositores. Esa informada y entretenida letra leída de manera soberbia por Levon, se constituyó en un valioso esqueleto de la velada. Y entre los resquicios de esa letra pasaron Bellini, Donizetti, Gounod, Wagner, Mozart, Bizet, Verdi y por supuesto Rossini. Cody Quattlebaum brilló en dos arias tan diferentes como Se vuol ballare, de Las bodas de Fígaro (Mozart), y Oda a la estrella vespertina, de Tannhauser (Wagner). Marianne Croux se destacó en el aria de Micaela Yo digo que nada me asusta, de Carmen (Bizet). Keonwoo Kim se lució en el aria A mes amis, de La hija del regimiento (Donizetti), que entre sus varias dificultades tiene los nueve do sobreagudos. Especialmente destacada fue la actuación de la argentina Mónica Ferracani con un aria y cabaletta de Il Trovatore, y el aria Tu che la vanita, ambas de Verdi y la Casta diva, de Norma (Bellini). Una gran soprano de ópera que seguramente por eso no incursionó como sus colegas en la zona de mayor intimidad de un recital de canciones.

    El cierre fue para los uruguayos. La soprano Sofía Mara se destacó en la interpretación de Melancolía, de los lieder inspirados en el cancionero español de Robert Schumann; Triste, de las Cinco canciones populares argentinas, de Alberto Ginastera, y dos magníficos Villa Lobos, donde la cantante alcanzó su punto más alto: Nesta rua y Melodía sentimental. La mezzosoprano Stephanie Holm hizo una estupenda versión de los Cantos populares, de Maurice Ravel. A través de los cuatro cantos fue cambiando su estilo en función del origen de la pieza. Así pasó de lo español a lo francés, luego a lo italiano y culminó notable con la canción hebraica. Se lució finalmente con Adiós Ema, una deliciosa canción de Villa Lobos inspirada en una tonada folclórica de Minas Gerais. El barítono Eduardo Garella cantó con mucha gracia el Azulao, de Hekel Tavares, una canción romántica llena de humor, interpretada de manera chispeante.

    Acompañaron con enorme corrección los pianistas compatriotas Carla Ferreira Romaniuk, Julio César Huertas y Matías Ferreyra. La mayor responsabilidad estuvo en el argentino Fernando Pérez, pianista residente del festival, que sigue siendo un protagonista irreemplazable. Es de esos escasos pianistas que se amalgaman de forma tal con el cantante que por momentos parecen estar guiándole el camino. Todo lo que hace lo hace bien y además lo disfruta visiblemente. Un espectáculo aparte.

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