En muchos documentos del Fondo Monetario Internacional (FMI) que aluden a Uruguay figura el nombre de un uruguayo que, con bajo perfil, fue el nexo con ese organismo en los últimos 20 años: David Vogel. Como representante en el Directorio Ejecutivo del organismo vio, desde adentro, los cambios que procesó el propio Fondo y, desde la distancia de Washington D.C., también aquellos que implementó el país, no siempre rápidos, pero a partir de “consensos” que los hacen “robustos”.
El “prestigio” que tiene Uruguay ante estos organismos multilaterales es “muy grande”, en parte por la “institucionalidad muy diferente en varias áreas” que construyó el país tras la crisis del 2002. “Obviamente, tampoco se puede desconocer que faltan reformas importantes”, sostiene.
Después de su nombramiento inicial en noviembre de 2000, Vogel fue ratificado cada dos años —el ciclo del Directorio Ejecutivo— hasta que al final del período 2018-2020 resolvió retirarse de la representación del país. Desde la capital estadounidense, donde sigue residiendo, repasa el rol de algunos de los ejecutivos principales del FMI cuando, dos décadas atrás, Uruguay caminaba por el despeñadero, el salvataje que dio Estados Unidos, así como el papel de Danilo Astori y su decisión de prepagar los préstamos al organismo —que, opina, “el tiempo dio totalmente la razón”— durante el primer gobierno del Frente Amplio.
Su reflexión llega hasta el presente con la crisis global por la pandemia de Covid-19: “Actuar con contundencia tiene riesgos que, por ejemplo, se reflejan en las cifras de déficits fiscales y en un sustancial incremento de la deuda pública de los países, de todo nivel de desarrollo. (…) Pero, si no se actúa como la situación requiere, habrá pérdidas sociales y económicas, muchas de ellas irreparables y cuantiosas”.
Vogel, máster en Economía Aplicada por la Universidad Católica de Chile, pidió responder por escrito con el argumento de ser preciso en sus recuerdos y con la información al contestar. Lo que sigue es el resultado del intercambio que mantuvo con Búsqueda.
—¿Qué percepción general se tiene de Uruguay en estos organismos multilaterales? ¿Cambió esa visión a lo largo de los últimos 20 años?
—El prestigio de Uruguay en las instituciones multilaterales es muy grande, construido por mucho tiempo. Podríamos ver una gran cantidad de documentos del Fondo que han tratado directamente sobre Uruguay (relativos a las revisiones anuales previstas en el artículo IV, por ejemplo) o sobre otras cuestiones globales o regionales, en los que se realizan referencias o comentarios muy elogiosos sobre hechos, políticas y reformas de nuestro país en un período extendido de tiempo.
—La recomendación de encarar reformas fiscales, para elevar la productividad de la economía, desdolarizar y bajar la inflación, se repite desde hace años en informes del staff del FMI y en las revisiones periódicas. ¿Se percibe al país con dificultades para consensuar cambios estructurales?
—En alguna ocasión, hace ya bastante tiempo, sí. Algunos funcionarios del Fondo y algunos países en el Directorio señalaban el tiempo que insumía y las eventuales dificultades que supone la búsqueda de consensos para llevar a cabo cambios estructurales. Mi respuesta era —y hoy sería la misma— que los cambios consensuados pueden llevar más tiempo, sí, pero, una vez instalados, son mucho más robustos; y agregaría que estos esfuerzos para alcanzar consensos están muy ligados a la calidad institucional de los países. Asimismo, cuando se observan las cosas desde una perspectiva amplia, queda claro que el país (desde la irrupción de la crisis del 2002) ha procesado reformas muy importantes que transformaron debilidades en fortalezas: la calidad de la regulación y supervisión financiera, la banca pública, la administración tributaria, el sistema impositivo, el perfil de la deuda pública y la inclusión financiera, entre otras cosas, son hoy absolutamente diferentes a lo que se observaba, digamos, 18 o 20 años atrás. Y eso se ha construido con reformas que han creado una institucionalidad muy diferente en varias áreas. Obviamente, tampoco se puede desconocer que faltan reformas importantes.
—¿Qué relevancia tuvo, en el ámbito de estos organismos multilaterales, la figura de Danilo Astori a partir de que se perfiló el primer gobierno del Frente Amplio? ¿El relacionamiento hubiera sido diferente sin un ala moderada dentro del Frente Amplio en sus tres administraciones?
—No voy a descubrir la fundamental relevancia que tuvo el exministro Danilo Astori en las negociaciones y en todo el proceso posterior. Sobre la negociación, cabe recordar que se estaba discutiendo un programa que refinanciaría una de las deudas más altas que históricamente ha registrado el FMI relativa al PBI de un país. Había bastantes diferencias con el staff del Fondo. El excelente equipo económico que se había formado planteó sus objetivos económicos y sociales, los cuales, finalmente, al cabo de negociaciones muy complejas, se plasmaron en el programa aprobado en julio de 2005. Desde el punto de vista del Fondo, la presencia de Agustín Carstens —quien sustituyó a Aninat en la gerencia del organismo— fue importante, pues comprendió la lógica del programa formulado por el equipo económico de Uruguay y lo respaldó.
—En la presidencia de José Mujica, la mayor injerencia de economistas afines al mandatario y los “dos equipos económicos”, ¿llegó a generar incertidumbre sobre el rumbo para los observadores de Washington?
—Lo único que tengo para decir es que siempre conocí, respondí y recibí instrucciones de uno solo, y lo mismo ocurrió en el relacionamiento de Uruguay con el FMI. El ministro de Economía y Finanzas y el presidente del Banco Central siempre fueron las únicas referencias y voces oficiales.
—¿Hubo, en su opinión, continuidad en la política económica aún con distintos partidos en el poder?
—Tiendo a creer que diferentes partidos políticos suelen tener diferentes concepciones políticas, económicas y filosóficas, por lo cual no creo que vayan a seguir las mismas políticas económicas; incluso el mismo partido no las tiene en distintos momentos, porque la realidad y las circunstancias van cambiando. Sí, por supuesto, puede haber —y está muy bien que lo haya— ciertos consensos básicos sobre el manejo de la economía (entre otras áreas), sobre lo que está mal y lo que está bien; por ejemplo, sobre la necesidad de tener una estabilidad macroeconómica, y podría agregar algunas otras cuestiones estructurales o institucionales sobre las cuales creo que hay amplios consensos en el país.
—El primer gobierno del Frente Amplio repagó al FMI por adelantado y desde entonces el país no tomó nuevos préstamos. ¿Fue, en su opinión, una medida para la “barra” del partido o efectivamente dio mayor “soberanía”?
—Entiendo que ningún país en el mundo solicita y mantiene un préstamo con el Fondo si no lo necesita. Todos los países del mundo realizan la revisión anual prevista en el artículo IV de la institución. Eso es una cosa natural, establecida en las reglas dispuestas por la comunidad internacional muchas décadas atrás. Por el contrario, los préstamos, los programas, la condicionalidad no son naturales y se desarrollan en circunstancias excepcionales. En aquel momento, las autoridades entendieron que no se necesitaba más el programa (con las revisiones trimestrales, condicionalidades y préstamos involucrados) y se canceló; el tiempo dio totalmente la razón a esa decisión. De hecho, desde aquel momento, Uruguay (con ese último de 2005, había alcanzado a los 22 programas Stand-By en toda la historia) no ha necesitado recurrir al FMI.
—¿Qué opina sobre el manejo de las consecuencias económicas y sociales de la pandemia por parte del actual gobierno? ¿Uruguay podría y debería destinar más recursos para enfrentar esta crisis, en línea con el mensaje de la directora gerente del FMI?
—No quisiera detenerme en el caso de Uruguay en particular. En términos globales, el mensaje de Kristalina Georgieva es claro y estoy de acuerdo: “No sabemos cuáles son los riesgos de actuar, pero sí sabemos cuáles son los riesgos de no hacerlo”. Actuar con contundencia tiene riesgos que, por ejemplo, se reflejan en las cifras de déficits fiscales y en un sustancial incremento de la deuda pública de los países, de todo nivel de desarrollo. Los países deberán lidiar con esa nueva realidad, que reitero conlleva riesgos innegables. Pero, si no se actúa como la situación requiere, habrá pérdidas sociales y económicas, muchas de ellas muy difíciles de revertir y cuantiosas. Estas políticas fiscales y monetarias están siendo llevadas a cabo por países de todo grado de desarrollo económico, signos políticos, historias económicas, idiosincrasias, etcétera. Cada uno con sus restricciones, pero también con sus necesidades.
- Recuadro de la entrevista
“Conducción y rumbo claros” frente a una “solución errónea”