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Era un momento bastante oscuro del rock uruguayo. La mayoría de los grupos de la posdictadura habían quedado por el camino y la violencia era un problema cotidiano: muchos recitales terminaban en batallas campales entre grupos de jóvenes y policías. Con el vinilo desaparecido y el CD aún por llegar, la venta de discos estaba limitada al casete, la cenicienta de los formatos; y los apoyos públicos y privados, otrora frecuentes, se habían esfumado. Con Estómagos, Tontos y Traidores fuera de escena, Níquel era la única banda realmente popular. Entre los pocos sobrevivientes estaban El Cuarteto de Nos y La Tabaré Riverock Banda.
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Placeres del sado-musiquismo, el tercer disco del combo de Tabaré Rivero, grabado en El Estudio entre julio y setiembre de 1992 y publicado por Ayuí-Tacuabé a fines de ese año, fue editado originalmente solo en casete, y recién una década después, en CD. Constituye el máximo pico creativo del grupo y marcó el punto de su consagración; además aseguró su futuro (la banda sigue activa), pues según la actriz y cantante Andrea Davidovics, una de las voces protagonistas de esta historia, “era este disco o no ser más”. ¿Quién dijo que no había poesía en el rocanrol?, de Marcelo Rodríguez Arcidiaco, publicado por Perro Andaluz en su serie de libros sobre discos, es el libro que, casi 30 años después, cuenta la historia. Este periodista cultural y docente de Educación Física nacido en 1971 en Santa Lucía y radicado desde 1989 en Montevideo, tiene un muy buen antecedente: Darnauchans-Entre el cuervo y el ángel, biografía del cantautor publicada por el mismo sello en 2012.
Con el oído calibrado según los estándares sonoros actuales, este álbum suena bastante crudo, incluso rústico. Son evidentes sus deficiencias en la calidad de algunas tomas originales y en la mezcla, problemas entonces habituales en el rock local. Pero sigue sorprendiendo por sus buenas canciones, su refinamiento instrumental y su poder conceptual, que Rivero venía ensayando en los dos primeros discos, Sigue siendo rocanrol (1987) y Rocanrol del arrabal (1989): la fusión del rock con el teatro (sus dos vertientes artísticas), el grotesco y la farsa, ecléctico en géneros y la furia eléctrica y el remanso acústico, la rebeldía punk y la melancolía tanguera, Florencio Sánchez y Alberto Restuccia, los Sex Pistols y Frank Zappa, beatniks como Kerouac, malditos como Bukowski y raros como Enrique Symms. Este eclecticismo se refleja incluso en el nombre del disco, un chiste —“yo no soy masoquista, soy sadomusiquista”— que Rivero le escuchó al concertista de guitarra y compositor teatral Sergio Fernández Cabrera.
Este disco es una verdadera antología de La Tabaré: Los Neo Vampiros, primer tema, con Eduardo Darnauchans como voz invitada, La mala leche, Sras. Sres. (con Franklin Rodríguez), Desde el chiquero (una de las mejores piezas del rock uruguayo, con Juan Casanova), Las raíces desteñidas, De actores & camarines, Qué suerte, Fixionario (“me quiero ahogar”, gran interpretación de Davidovics) y Nuestra poética preciosa. Ningún otro disco del grupo tiene tantos temas de esta calidad. Y este libro desgrana los entretelones de cada uno de ellos y la frondosa ficha técnica, encabezada por Davidovics y Alejandra Wolf, protagonistas centrales del disco, a la par que el propio Rivero. De hecho, uno de los capítulos más extensos del libro se titula “Las cantantes de La Tabaré”. Basta escucharlas armonizar en A pesar de todo para comprobar la química entre ambas, además compañeras de elenco en la Comedia Nacional durante los últimos 25 años.
Con muy buena documentación y una veintena de entrevistas, el libro describe el concepto musical-dramático del disco, que se nutre de las canciones creadas para los dos primeros espectáculos teatrales de La Tabaré, estrenados en el Circular: La ópera de la mala leche (1990 y 1991) y ¿Qué te comics-te? (1992). Estas puestas condensaban géneros como la comedia musical, el teatro de variedades, algo de absurdo y bastante de café-concert, muy en boga en aquel tiempo. “Un Uruguay de mierda”, tituló el crítico Alfredo Goldstein en su reseña de la obra en Brecha. Rivero desarrolla aquí su concepto de teatro clip, desplegado en aquellos montajes.
También tienen sus capítulos los dos “directores musicales” del disco (aún no era de uso el término “productor”): el reconocido musicólogo e ingeniero de sonido Daniel Maggiolo, fallecido en 2004, y Rudy Mentario (Rodolfo Bier), guitarrista y compositor que poco después dejó la banda para radicarse en San Pablo, donde falleció en octubre de 2020. El violero usó ese y otros seudónimos en otros grupos, es el factótum eléctrico del disco, con un gran despliegue de riffs y solos y un notable manejo de la pedalera de efectos, un recurso virtuoso que no abundaba en el rock local de aquel entonces y que alcanza el clímax en la estupenda Tatuagem, una mera excusa de cuatro líneas en portugués para que se despache a gusto.
Afortunadamente, están apareciendo muchos libros que cuentan la historia de los buenos discos. Y uno con estas virtudes merece estar en la biblioteca.