Christian tiene un físico musculoso y privilegiado que ha cultivado a puras pesas, una 4x4 en la que suele llevar a la mujer de turno y dos perros grandes, de esos peligrosos. “No hay nada como la carretera, nada como llevar un volante sin aferrarlo siquiera, dócil, y el acelerador a fondo. (…) A 170 por hora en esta máquina, el viento habla”, piensa mientras viaja rumbo al norte después de recibir por WhatsApp el mensaje de “la mujer del Chuy”. En su casa acaba de dejar a su hija adolescente y a sus perros con su novia Tamara. Así comienza Mordida, la última novela de Mercedes Estramil, que es una travesía hacia la frontera de calor pegajoso y negocios turbios, a la vez que un viaje hacia el interior de un hombre violento, desmesurado y complejo. Contada desde la perspectiva de diferentes personajes, es esta una historia de un realismo crudo y sin concesiones, pero que por momentos da lugar a personajes simbólicos o fantasmagóricos. Estramil vuelve a sus temas recurrentes, que trató desde Rojo (1996), su primera novela: las relaciones entre amantes, el sexo, la desconfianza y la violencia. Y vuelve también a una historia que no se queda en la superficie, con personajes que escapan al cliché. Periodista cultural en los suplementos La semana, El País Cultural (donde escribe desde 1993) y en la revista Bla, Estramil es también autora de las novelas Hispania Help, Irreversible y del libro de relatos Iris Play. Con Rojo obtuvo el Premio Narradores de la Banda Oriental, y con Washed Tombs, el Premio Bartolomé Hidalgo en 2018. Sobre los desgarros visibles e invisibles que aparecen en Mordida, mantuvo la siguiente entrevista con Búsqueda.
—Alguna vez dije que nunca iba a hacer yo un taller literario, les tenía rechazo, pero ahora los veo desde la otra orilla. En el taller se dan herramientas, hay gente que las necesita, o cree que las necesita, o quiere estar en un ambiente en el que otros escriben y escuchar las devoluciones. Uno ha tenido la escuela de la universidad y muchas lecturas, pero hay gente que no ha pasado por allí y el taller es otro tipo de escuela. Entonces pueden aprender en qué errores no conviene caer, qué clichés evitar, eso sí se aprende. Pero si no se tiene un talento propio o persistencia suficiente, el taller no te puede dar lo que no tenés.
—¿Seguís participando en tertulias en boliches con otros escritores?
—Sí, nos llamamos Los Lunéticos y hemos fundido unos cuantos boliches. Ahora estamos en el Bar 36, que queda en Maldonado y Convención. Vamos a la parte superior y nos reunimos con Hugo Fontana, Ojeda, Guillermo Álvarez Castro, Luis Fernando Iglesias. Hay otros lunéticos nominales pero que no asisten. Hablamos de literatura, nos recomendamos libros. Hay autores que yo no hubiera conocido si no se mencionaban ahí.
—Hay temas que permanecen constantes en tu literatura, como el sexo, los amantes o lo conflictivo en las relaciones de pareja. ¿Por qué te interesan?
—Creo que más que nada en mis historias trato sobre los amores desparejos. Pongo la tónica en que no hay retribuciones parejas en lo que llamamos amor. Siempre hay alguien que da más. Esto no es nada nuevo, creo que cualquiera que haya vivido en una relación lo ha sentido. En esa situación despareja es donde comienza el dolor.
—En tu última novela además de ese dolor hay mayor crueldad en los personajes o en las situaciones. ¿Es así?
—Sí y no. En Rojo también había personajes crueles, pero quizás lo que sí cambió es mi manera de narrar la crueldad. También la crueldad depende de la valoración subjetiva de quien la recibe, de cuánto y cómo la siente. En Mordida está potenciada la sensación de crueldad del personaje de Christian por la contrapartida femenina. Las mujeres son las depositarias de su crueldad o creen serlo.
—Christian es un personaje desagradable, pero despierta sentimientos encontrados. Carga con un dolor que para él es como “una bola en el pecho”. ¿Cómo lo definirías?
—Creo que muchos lectores pueden reconocer a algún conocido en él, a un tipo humano. Es un personaje complejo a su pesar, un hombre muy básico pero que trata de escapar de ese ser básico. Lo que sucede es que lo hace de la forma equivocada. Trata de salir de su pequeñez emocional con una vida disipada, pasando de mujer en mujer. Destrata a quienes lo rodean, tiene auto grande, perros grandes y una gran devoción por el físico y los músculos. Es un personaje muy descoordinado y cree que logra la perfección a través de lo superficial. Ese dolor que siente Christian también lo tiene su novia Tamara, pero ella lo evacua de otra manera, con una sumisión que en el fondo no es tal. Juega el rol de la sumisa porque piensa que así cambiará la relación, pero no puede.
—En Washed Tombs había ironía, te reías por ejemplo de los concursos literarios, incluso un poco de la muerte. Acá abandonaste todo humor…
—En mi escritura siempre busco algunos respiros. En Washed Tombs había muertes emocionales, pero la historia se aligeraba con dos personajes que eran médiums. Con Mordida no me pude reír, aunque encontré un respiro en la figura de una escritora vieja que no se sabe si está viva, muerta o se muere en el transcurso de la novela. Es algo delirante porque ella se cree otra persona. Y se enfrenta a la muerte, o a la derrota de la vida, que en este caso decidí simbolizar en dos mujeres jóvenes, casi adolescentes.
—La anciana se llama Dolores Gálvez pero cree que es Doris Lessing. ¿Te interesa en especial esa escritora?
—Doris Lessing me gusta mucho, sobre todo por sus cuentos. En esta novela, que a mí me resultó tan opresiva, quería hablar de literatura para iluminar un poco la historia. Dolores Gálvez es una vieja escritora que está de vuelta de todo y ya no sufre. Es un personaje que quiero mucho. Ella cree que es Doris Lessing, pero también encierra a otra escritora, Elizabeth Costello, personaje de Coetzee.
—Dolores dice en un momento: “Tengo memoria de escritora, aunque ya no escribo”. ¿Existe esa memoria?
—Escribí esa frase como algo tramposo, porque la memoria de un escritor es infiel a la realidad, es la de un ser que está permanentemente construyendo y falseando. Por eso es una memoria equívoca. Igual creo que todas las personas tenemos una memoria equívoca, construimos mentiras y realidades paralelas. Lo que pasa es que la memoria a veces te hace trampas y te asaltan recuerdos que no quisieras tener.
'WhatsApp es la maldición del siglo XXI para la comunicación afectiva. Es un enemigo, y aunque lo sabemos igual lo usamos. Está poblado de trampas. Obviamente que la aplicación no tiene la culpa, solo hace aflorar lo que tenemos dentro, la inseguridad, el miedo, la ansiedad y la desconfianza hacia el otro'.
—Hace un tiempo leías en residenciales de ancianos. ¿Surgió de allí la idea de ubicar a Dolores en una especie de geriátrico?
—Sí, durante cinco años fuimos a leer con una amiga a residenciales. Pero la novela tiene más de mi familia, de mi madre, de mis tías, de lo que me han contado de mis abuelos, que de las personas que vi en los geriátricos. Trabajar sobre la vejez es un tema que tengo ahí, pendiente. En la novela, Dolores está en un geriátrico que no es real, es un capítulo muy fantástico. Pero la experiencia de estar en uno verdadero es agridulce. Por un lado les llevábamos a los ancianos algo que necesitaban, y por un rato los sacábamos de allí con la lectura de poesía o de algún relato. Recuerdo que les gustaban mucho los cuentos de Juceca. Por otro lado, no es una realidad linda de ver. Y uno se va de allí sabiendo que el mundo apunta hacia ese tipo de lugares.
—En un momento el protagonista recuerda la frase de un amigo: “La historia que nos cuenta la mayoría nunca es la verdad o no lo es del todo, la verdad está en el reporte menor”. ¿Cuál sería el reporte menor en esta novela?
—Una lectura común de la novela sería plantear que Christian es una especie de femicida o de monstruo, y que Tamara es una mujer sometida, una víctima. Eso sería lo que la historia oficial o el reporte mayor diría. En cambio, el reporte menor, que es donde está la mayor parte de verdad, indica que las cosas no son tan sencillas. Christian y Tamara son parte de un todo en el que esos extremos se mezclan, por eso no me gustaría que los personajes fueran juzgados como el monstruo o la víctima, como personajes maniqueos, porque he tratado de no construirlos así. Quisiera que se tuviera en cuenta la emoción, el deseo, la necesidad, el sentimiento, con ese reporte que no coincide con el de la justicia, la ley o con el de lo bien pensante. Tamara es consciente de todas las señales que recibe, pero decide no verlas. Me pasó algo similar en estos días cuando vi la serie Monzón. Aunque no soy amante del boxeo, me empezó a interesar cómo este personaje tan turbio fue amado y buscado por tantas mujeres. En el caso de Alicia Muñiz, fue derechito a su destino.
—Los perros son prácticamente otros personajes…
—Esta novela tiene origen en un cuento que había empezado a escribir sobre los perros del Chuy. Fui muchas veces y siempre me llamaban la atención: son perros gordos que se tiran en medio del camino y no se inmutan con el ajetreo de la gente que anda alrededor. El cuento no lo terminé, pero la imagen de esos perros me seguía pegando fuerte. En la novela hay tres clases de perros: los mansos del Chuy, los agresivos de Christian y el perro caniche insoportable de Rinaldi, otro de los personajes. La palabra mordida no se menciona en ningún momento salvo en el título. Está la mordida del perro, que da tanto miedo y te puede matar, y está la mordida simbólica, que para mí abarca todo el libro y es la emocional, la del abandono, el destrato, la desconsideración. Los perros están allí para marcar la posibilidad en todo momento del ser humano de ser agredido y lastimado. Christian tiene la misma conciencia que los perros, algo visceral, sin reflexión. Sale a morder, pero lo hace para llenar sus carencias.
—Otra presencia en la novela son los celulares, sobre todo por la dependencia de los personajes con WhatsApp. ¿Te parece que están pasando por ahí las nueva relaciones?
—WhatsApp es la maldición del siglo XXI para la comunicación afectiva. Es un enemigo, y aunque lo sabemos igual lo usamos. Está poblado de trampas. Obviamente que la aplicación no tiene la culpa, solo hace aflorar lo que tenemos dentro, la inseguridad, el miedo, la ansiedad y la desconfianza hacia el otro. Te lleva a no ver lo importante, porque estás pendiente de los corazoncitos y las caritas, mientras no ves los mensajes que llegan por otro canal. Se sustituye no solo la comunicación verbal, sino la que supone la presencia física, la mirada, el estar presente.
—¿Te sentís cercana en lo literario a otros escritores o a otras mujeres que escriben?
—Me veo muy solitaria en mi quehacer literario, no me siento parte de una corriente específica, pero tampoco veo que otros escritores lo sean. Ni siquiera pienso con esa cabeza cuando escribo, no me ato a convencionalismos ni a políticas correctas. No me interesan como lectora ni como escritora.