• Cotizaciones
    sábado 21 de febrero de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Después del huracán

    La frase es idiota, asquerosamente manida, pero la voy a usar igual: cada día escribe mejor. No cabe otro concepto para este nuevo trabajo de Richard Ford, que consiste en cuatro relatos en los cuales el gran antihéroe y agudo observador es Frank Bascombe, el personaje que tuvo su nacimiento en El periodista deportivo (1986) y se desarrolló en El día de la independencia (1995) y en Acción de Gracias (2006), obras celebradas del escritor sureño (Jackson, Missi­ssippi, 1944). Ford venía de publicar Canadá, una gran novela, extensa, meticulosa, naturalista, de las que decantan varios días luego de haber sido leídas. Y ahora pone el listón todavía más alto, se arriesga, da el salto y llega. Siendo un septuagenario.

    Frank tiene 68 años, la misma edad de Ford cuando escribió estos relatos. Está casado en segundas nupcias, tiene dos hijos mayores que viven lejos y a quienes ve muy poco, y un tercero que murió hace mucho tiempo. Fue periodista deportivo, intentó ser escritor y le fue mal y finalmente se dedicó a los negocios inmobiliarios. Votante de Obama y correcto vecino, tiene dos pasatiempos: leer a V.S. Naipaul en su espacio radial para los ciegos y recibir a los veteranos de guerra en el aeropuerto, cuando retornan a casa de sitios como Irak o Afganistán. A su manera, las barras y las estrellas flamean en su corazón. Y no lo olvidemos: sabe —o supo— de propiedades, cuándo vender y cuándo comprar, si es que eso puede considerarse un saber.

    A Frank le cuesta salir del auto. Tiene dolores pélvicos, producto de un probable inconveniente prostático. Y temor a caer de cara al bajar por una escalera, o si se tropieza en la calle. Es decir, es un señor mayor, un viejo, pero con un nivel de lucidez absolutamente extraordinario. Frank representa las mejores posibilidades de Ford, sus especulaciones filosóficas, sus certezas, sus miedos y también sus incorrecciones.

    ¿Por qué retomó a este personaje?, le preguntaron a Ford. Bueno, parece que muchos de sus lectores se lo pedían, lo extrañaban, era una especie de hermano literario, un señor que dice lo que vos pensás o algo muy parecido. Además, contestó Ford citando a Thoreau, “un escritor es alguien sin nada que hacer que encuentra algo para hacer”. Y Ford sintió que llamaban a su puerta: era Bascombe. Pero más que nada, estaba impresionado con las consecuencias que había ocasionado el huracán Sandy en la costa de Nueva Jersey, destrozando casas, comercios, carteles, postes eléctricos, autos, árboles. Entonces, Bascombe apareció para hilvanar cuatro soberbias historias, cada una con un escenario digno para que un gran escritor le saque jugo.

    En el primer episodio de Francamente, Frank (Anagrama, 2015, 228 páginas), Ford se florea con las consecuencias del huracán. Las casas arruinadas, sin paredes, sin techo, apenas unos pilares y alguna viga, a lo sumo una chimenea de piedra en pie; los muebles, las heladeras y otros objetos del hogar a la vista, semienterrados por la arena. Y el avance de la naturaleza sobre las construcciones. “Al despejarse el espacio que esas residencias ocupaban hasta hace poco se ha vuelto a configurar un precioso panorama: el mar y la playa como estaban antes, desde tiempo inmemorial”, dice Ford.

    En el segundo, una visita inesperada a la casa de Bascombe instala un terrible pasado ocurrido en esa misma casa, dentro de esas paredes, y más específicamente en el sótano. Una tal señora Pines, que había vivido allí siendo niña, ahora pide permiso para ver la casa por dentro. Bascombe la atiende amablemente y escucha las penurias de la mujer, al tiempo que suelta frases hechas, para decir algo, para llenar el silencio, como “Lo que no te mata te hace más fuerte”, aunque acto seguido piense para sí que no cree ni un segundo en eso: “La mayor parte de las cosas que no nos matan en el acto nos matan después”.

    Bascombe debe entregar una almohada ortopédica a su ex esposa, que tiene Parkinson y se encuentra internada en una lujosa residencia para adultos mayores. Es el tercer relato, y aquí la observación se pasea por los espléndidos jardines de la mansión (un lago con patos), los interiores con paredes de madera, alfombras e inmaculados muebles, enfermeros y cuidadores que no lo parecen (o se parecen a “vendedores de maquinaria agrícola”, apunta Ford) y la posibilidad de hablar de las relaciones que fueron y ya no son, los matrimonios venidos a pique y a pesar de ello las buenas maneras y ciertos afectos que todavía prevalecen.

    Para el cuarto, Bascombe, a su pesar, se arriesga a visitar a un viejo conocido que agoniza. Es hueso con piel, tose y cada tos amenaza con ser la última. Frank contempla la máscara de la muerte de su conocido, intuye el esqueleto debajo de las sábanas y reflexiona sobre la vejez, la muerte, las amistades efímeras (con la edad, la mejor amistad termina siendo… la tuya), la existencia en el tramo final, donde hay que saber sacar más y agregar menos. Frank soporta como puede el encuentro y le agrega bastante humor.

    Ford ha dicho que más que describir una psicología, un paisaje o esbozar buenos diálogos, le interesan las palabras, las posibilidades de juego y significados. A su vez, también expulsaría de su vocabulario —y si es posible del lenguaje hablado— unas cuantas. Por ejemplo, odia la palabra “respetable”, cuando solo significa “considerable”. Le parece estúpido que se empleen términos como “aterrizaje suave” o “implicación emocional” —boludeces, lisas y llanas— o que se hable de “hidratarse” en lugar de “beber”. Por favor.

    Y nos trae imágenes maravillosas, como “el tren de la gran cagada”, ese bólido inexorable que llega porque en el fondo todos hacen fuerza para que llegue, un degradé de imbecilidades y miserias que van desde el blanco sucio y el gris hasta el castaño oscuro y el negro. El tren de la gran cagada está bien aceitado en lo concerniente a la política y a los ámbitos de poder públicos y privados, pero nos alcanza, tarde o temprano, a todos.

    Hay algo mejor que la buena literatura, y es la buena literatura cómplice. Estoy con Frank, a muerte.

    // Leer el objeto desde localStorage