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El tráfico está imposible. Escuche un disco de Dire Straits y disfrutará el embotellamiento. El sueldo se le terminó y tiene que llegar a fin de mes a crédito. No pasa nada, Brothers in Arms lo hará olvidarse de la malaria. La criatura no para de llorar y son las tres de la mañana. Ponga junto a la cuna One Deep River (Universal), el flamante disco de Mark Knopfler, y la angustia se transformará en remanso.
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A los 74 años, el viejo Mark se tomó su tiempo. Seis años. Parece no tener apuro. Lo bien que hizo. El otrora frontman, guitarrista y líder compositivo de Dire Straits conserva intactas las virtudes que lo distinguieron en la frondosa jungla del rock. Su identidad sonora se sostiene, como siempre, en su guitarra y en su voz. En su estilo para dibujar riffs melódicos delicados y asombrosamente pegadizos, nunca estridentes, siempre elegantes. En su fraseo suave, cadencioso, heredero del country y del blues. El paso del tiempo se traduce, como es lógico, en su timbre levemente atenuado. Pero el maestro escocés sigue dando cátedra cuando sus versos y sus punteos de viola entran en diálogo junto a sus clásicos colchones de pedal steel guitar.
Los 12 temas son relatos entrañables que encuentran su canal en el jazz, el blues, el folk, el vals y también en los sonidos ancestrales de raíz celta. Desde la juguetona Two Pairs Of Hands, que abre el disco, a la hermosa balada que le da nombre y lo cierra. En el medio, riffs que recuerdan a los Straits como Ahead Of The Game, relatos hipnóticos como Janine y Smart Money, guitarras que aún conservan el filo de viejos rocanroles como Scavengers Yard e intros inquietantes como la de Tunnel 13 que recuerdan a la mítica entrada de Money for Nothing.
El viejo Mark acaba de firmar uno de los discos del año y se lo agradecemos profundamente.