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    Detrás del cliché

    Big Little Lies, el último hit de HBO

    Colaborador en la sección de Cultura

    Si se intenta resumir el argumento de Big Little Lies, la nueva serie Clase A de HBO, resulta casi inevitable mencionar estereotipos acartonados, lugares comunes insoportables y clichés ominosamente rancios. Porque todos están ahí, servidos en bandeja. En Monterrey, California, existe una comunidad de folleto turístico, de mansiones que exhiben un lujo exquisito, con vista y/o salida directa a la playa, a unas olas espumosas que parecen retocadas digitalmente, casas amplias y luminosas con guardarropas amplios como el living amplio del apartamento amplio de una familia de clase media; y aquí, donde todo parece perfecto, hay algo que se pudre bajo la superficie elegante y siempre reluciente. Debajo de este mundo hay otro que se nutre y crece con todo lo que ese mundo parecido al paraíso intenta ocultar y desechar. Ya se ha visto un millón de veces.

    Sin embargo, parte de la gracia del nuevo hit de HBO, una miniserie de siete capítulos de casi una hora de duración escritos por un mismo guionista y dirigidos por un mismo director (al estilo True Detective), es que los clichés son apenas disparadores, excusas para presentar algo más grande y denso. El punto de partida para ofrecer un complejo paisaje de emociones y comportamientos humanos. Desde el minuto uno se sabe que hubo un crimen —más precisamente: un asesinato—, y no será hasta el final, hasta que se llegue a los últimos minutos del séptimo y último capítulo, cuando se descubra no solo quién ha sido la víctima, sino también quién o quiénes han sido los victimarios. En el camino, los clichés reventaron en pedazos.

    La temporada completa de Big Little Lies puede verse en HBO GO, el servicio de streaming para suscriptores de HBO. Creada y escrita por David E. Kelley, el mismo de Ally McBeal y Doogie Howser (Pequeño Doctor), es una adaptación de la novela homónima de la australiana Liane Moriarty, que también es productora ejecutiva de la serie. La dirección de los siete capítulos está a cargo del canadiense Jean-Marc Vallée, realizador de El club de los desahuciados, la sobrevalorada e impecablemente fotografiada película que le dio el Oscar a Matthew McConaughey y Jared Leto.

    Como el elenco, conformado por una liga de intérpretes extraordinarios, la banda sonora también es notable: en los créditos de apertura suena Cold Little Heart, de Michael Kiwanuka, y a lo largo de los capítulos se incluyen piezas de Fleetwood Mac, Neil Young, Otis Redding, Frank Ocean, PJ Harvey, Sufjan Stevens y Elvis Presley, entre otros.

    Según comentan en la aldea, todo comenzó cuando Jane (Shailene Woodley), madre soltera que se instala junto con su hijo Ziggy en la supuestamente tranquila e idílica comunidad de Monterrey, conoció a Madeleine (Reese Witherspoon), hiperactiva y conflictuada madre de Abigail, hija de una anterior relación y que cumple con su papel de adolescente rebelde, y Chloe, una pequeña con un gusto musical exquisito e increíblemente amplio para una niña de su edad, fruto de su actual matrimonio con Ed (Adam Scott), un tipo que luce una barba esperpéntica, que estruja el corazón, y por el que ella que no parece sentir mucha atracción. Por su manía por la perfección y su puntillismo, no es difícil imaginar a Madeleine como la versión adulta del personaje que la actriz encarnó en la formidable La elección, de Alexander Payne. Madeleine se hace amiga de Jane, la nueva del barrio, veinteañera, madre soltera y sin trabajo que se viste como una niñera, camino a la escuela, que es una extensión del campo de batalla donde las madres competitivas se acuchillan con la mirada. Además del hijo de Jane y la hija de Madeleine, a la escuela también asisten Josh y Max, los dos hijos gemelos de Celeste (Nicole Kidman), hermosa y elegante rubia que dejó de ejercer como abogada para dedicarse de lleno a la maternidad, Skye, hija de Bonnie (Zoë Kravitz), actual pareja de Nathan (James Tupper), el ex de Madeleine, y Anabella, hija de Renata (Laura Dern), importante ejecutiva de una importante empresa tecnológica que parece que les pasa el trapo a todas y carga con los sentimientos de culpa que le generan no ser madre a tiempo completo (como todas). En cierto modo, siempre se está volviendo a la escuela. Siempre se está buscando ser la mejor de la clase o la más linda o el más gracioso o el más popular. Siempre hay un estereotipo en el que encajar.

    La historia que aquí se cocina y las historias que se ramifican, se conectan y se trenzan dentro de ella, tienen su propia y particular riqueza. Hay un matrimonio que vive una relación enfermiza con la agresividad y el sexo, por ejemplo. Hay una fiesta de disfraces que termina mal. Hay una historia de amor que quedó sin resolver, una obra de teatro con marionetas (y en la que las marionetas tienen sexo), hay muchos cuchillos a la vista, y una nena que afirma haber sido ahorcada por un compañerito nuevo. Hay relaciones abusivas entre marido y mujer y entre padres e hijos. Hay padres y madres helicóptero, volando sobre sus hijos. Hay clases de yoga ridículamente sensuales y sonrisas tan falsas que dan miedo. Hay muchas frustraciones, muchas expectativas y muchas desilusiones volcadas sobre los hijos. Hay mucho miedo. Y también mucho odio. En Big Little Lies se ve ese odio presentado como una fuerza negra capaz de unir a algunas personas, como si creara un ente nuevo.

    Al igual que la realidad, la ficción de Big Little Lies no transcurre de un modo enteramente lineal, sino fragmentada, astillada, y con algunos tramos hechos de sueños, fantasías o pensamientos de algunos personajes. Las principales líneas narrativas avanzan con velocidad fluctuante y de repente, en apariencia sin seguir un patrón demasiado claro, entre imágenes y secuencias relámpago que conducen hacia adelante o hacia atrás en el tiempo, pasan a segundo plano. A lo largo de los capítulos, breves fragmentos de interrogatorios a personajes secundarios son disparados hacia el espectador, aportando pistas, imágenes, ideas acerca de la vida cotidiana en Monterrey. Y entonces empieza a verse que además de la historia de un asesinato, la de Big Little Lies es la historia de personas que la pasan mal tratando de mostrarles a las demás que lo pasan deliciosamente bien, personas que invierten un montón de tiempo y energía en pos de mantener cierta imagen, lo que significa, en cierta medida, realizar maniobras de evasión u ocultamiento. Es esta estructura, esta forma, la que proporciona una dimensión todavía más atrayente a esta miniserie. Es la que obliga a estar alerta, a prestar atención de una manera minuciosa, casi detectivesca, a cada acción, a cada palabra, a cada gesto.

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