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    Días de vino y rosas

    Festival Internacional de Jazz de Punta del Este 2017

    Cinco días es un tiempo considerable para visitar una ciudad, para ponerte al día con amigos y viejos conocidos, para huir del mundanal ruido. Y cinco días de gran jazz es más que considerable para la sensibilidad: hace que la historia pase exclusivamente por la música, que las noticias de esos días —sean las que sean— terminen diluyéndose al caer la tarde, cuando comienzan las jornadas en la finca El Sosiego. De 20 a 24, música. Y después de medianoche, más música en el restaurante. En definitiva, cinco días alcanzan para conformar un verdadero festival donde se disfruta y se habla del arte de hilvanar sonidos, que al fin y al cabo es mucho mejor que hablar del futuro económico que le depara a esta región de la América hispanoparlante o de los atentados diarios que imperan en el mundo. Que los saxos, los clarinetes, los pianos, las trompetas, los contrabajos y las baterías se superpongan a todos los otros ruidos molestos y formen una isla, un remanso de placer, exactamente como ocurrió entre el miércoles 4 y el domingo 8 de enero con el 21º Festival Internacional de Jazz de Punta del Este.

    Me olvidé de lo que ocurría en el mundo porque apareció un señor de nombre Walt Weiskopf que sopló su saxo tenor como un demonio (no de la familia de los demonios desencajados, sino de los demonios estilizados y con sentido de la proporción), demostrando que es uno de los mejores y más originales instrumentistas de la actualidad. Este señor pelado a lo Bruce Willis, a quien ya podríamos abreviar como WW, entregó una propuesta eminentemente coltraneana, secundado por Peter Zak en piano, Mike Karn en contrabajo y Jason Tiemann en batería. Tocó sus propias composiciones, dejó la vida y algo más en Blues Combination y en Separation (pieza para noneto del disco Siren, adaptada para cuarteto en este caso) y cerró su segunda presentación con una furibunda versión de See the Pyramid.

    WW tiene una pose distintiva para tocar, con la pierna derecha levemente adelantada y flexionada. Es como si desde allí se afirmase para generar los increíbles sonidos que emite su caño.

    Dijo Paquito D’Ri­ve­ra, asombrado: “Yo toco el alto, Pepper Adams el barítono, pero el saxo tenor es el rey”.

    Me olvidé de lo que ocurría en el mundo porque un tal Ken Peplowski demostró todo lo que sabe con su clarinete (no así con el tenor, más modesto, y más modesto aún al lado de Grant Stewart, que es como tocar al lado de Dexter Gordon). Peplowski obligó al propio Paquito a sacar lo mejor de sí en un dueto increíble de clarinetes en una versión de Body and Soul. Además, la base rítmica de Peplowski fue la mejor del festival: el pianista israelí Ehud Asherie, el imponente David Wong en contrabajo (no parece tener techo) y los inagotables recursos percusivos de Matt Wilson. Los fotógrafos, con su clásica carrerita rápida y encorvada (respeto por el resto del público) se lanzaban en procura de las mejores instantáneas.

    En su actuación del domingo, Peplowski, de 57 años, se largó a tocar con tanta entrega y emoción desde el primer tema, que temí por su vida. Cuando presentó la segunda canción respiraba todavía con dificultad, pero los aplausos le dieron fuerzas, y luego de tomarse un par de temas de descanso, en los cuales Grant Stewart quedó a cargo de las cosas, volvió con renovadas energías.

    Me olvidé de lo que ocurría en el mundo porque Armando Manzanero, a quien en mi adolescencia tenía por un gordito terraja y acaramelado que vendía boleros, en manos del septeto de Paquito D’Rivera (y con estupendos arreglos del pianista Alex Brown) resultó un extraordinario compositor de jazz y en particular de baladas. En el escenario, el septeto —que incluía a Víctor Provost en steel pan, o ensaladera, o sartén para fritar camarones, en todo caso una lata de donde salen asombrosas melodías— desgranaba en clave apiazzollada Te extraño, mientras unas pocas gotas no ahuyentaban a nadie en la platea. El festival ya tiene anticuerpos contra la lluvia, que se los ha ganado gracias a años de ceremonias de magia sincrética y sacrificios humanos para evitar las nubes negras, con algunas célebres postergaciones (McCoy Tyner y Tom Harrell para la mañana siguiente) o cancelaciones (la más dolorosa fue la de Johnny Griffin).

    Me olvidé de lo que ocurría en el mundo. Ya ni escucho los pronósticos del tiempo: voy al festival y punto. Y me encuentro, por ejemplo, con un tipo alto, panzón, de pelo blanco, revuelto, ligeramente desaliñado, llamado Hendrik Meurkens, que tiene mucho sentido del humor y emite unos cálidos y melódicos sonidos con un instrumento que no se ve, está oculto tras su mano, podría ser un celular o una peineta o una pitillera, pero es… una armónica. Bossa nova con mucho aderezo jazzero, según el propio Meurkens, algo así como Charlie Parker caminando por Copacabana.

    O me encuentro con un pianista que ingresa al escenario apoyado en un bastón (claro, lo primero que pensás es que el tipo está hecho bolsa), y apenas se sienta y chasquea los dedos, a la mierda el bastón y todo lo que haya alrededor: Orrin Evans despliega una energía que te arrasa, y así el trompetista y el contrabajista y el baterista que lo acompañan. A veces parece que está tocando un único tema circular que deja atrás la estructura, se vuelve más y más abstracto y de pronto retoma sus carriles melódicos, elegantes, exactos.

    Aunque exista un problema de sonido (el único en todos estos años) y le haya tocado al trompetista Leroy Jones y a su banda fiel a las tradiciones y raíces de Nueva Orleans, la cosa no pasa a mayores. En el restaurante, entre las ensaladas y la carne asada, se cuela el piano de David Feldman, un sonido cada vez más decidido, robusto y pleno de swing. No miento: escuchen Horizonte, su último disco.

    Te olvidás del mundo y disfrutás de cinco días de vino y rosas, es así. De pronto anuncian que los ministros María Julia Muñoz y Danilo Astori entregarán una plaqueta (recontra merecida) al creador, productor y director general del festival, Francisco Yobino, y allá suben los jerarcas y en pleno discurso salta un estruendoso y polifónico ¡¡¡Oiiiink, Woo Woop, Unfrazzz, Ejiiijaaa!!! Paquito D’Rivera se agarra la cabeza. La gente no puede contener la risa. ¿¡Coño, pero qué es eso!? Es Doroteo, el burro (el asno, el animal) de Francisco, que pasta por allí. Contra el rebuzno nada podés hacer.

    Vida Cultural
    2017-02-12T00:00:00