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El sol ilumina cálidamente el patio interno de una casona de Colonia a través del techo vidriado. Es mediodía y la energía adolescente se siente, con alumnos esparcidos y voces agudas superpuestas en lo que dista de asemejarse al ambiente tradicional de un liceo. Sin embargo el caos es solo aparente. Una clase de Idioma Español de primer año, con puerta abierta, se desarrolla en pleno silencio con los alumnos absortos en sus ceibalitas. A pocos metros y cruzando el patio exterior estudiantes de Dibujo de segundo se suben a las mesas y sacan fotos a sus muñecos de plasticina para crear un corto animado. Más lejos en la sombra el profesor de Literatura de tercero reúne a los alumnos en ronda y los hace improvisar frases en voz alta imitando el tono de un locutor.
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“¡Hola Alejandra!”, saluda sonriendo una chica a la profesora Alejandra Irastorza, directora del liceo de Nueva Palmira desde 2011. “Ellos me dicen Alejandra, otros Ale, otros directora. Es bueno darles contacto, que se sientan contenidos e importantes”, dice Irastorza durante la recorrida y mientras carga en su mano un celular que le quitaron a una alumna que lo estaba utilizando durante la clase. Luego se lo devolverá con una advertencia. “Que me tengan respeto pero no miedo”, aclara.
El liceo “Doctor Medulio Pérez Fontana” fue abierto en 1941 y es hoy el tercero mejor del país según su índice de repetición en 2012, que alcanza el 10,6% en un promedio nacional de 32,3% según datos del Consejo de Educación Secundaria (CES). Por encima se encuentran el también coloniense liceo de Rosario (8,5%) y el Nº4 de Maldonado (5,4%). Búsqueda visitó los tres y dialogó con sus respectivos directores, quienes coinciden en que la identidad, la atención al alumno, el compromiso docente y la capacidad para generar recursos e iniciativas propias son las características necesarias para conseguir los buenos resultados.
Enganchar.
“Trabajamos mucho, mucho, mucho. No hay nada nuevo bajo el sol. Pasamos el día entero en el liceo”, afirma Martha Alfonso, directora desde 1998 del liceo “Agustín Urbano Indart Curutchet” de Rosario, fundado en 1933. Alfonso cree que una de las claves del éxito es atender individualmente a cada alumno, “hacer un seguimiento y preocuparse del que tiene dificultades en algún área académica o problemas de comportamiento”.
Esa misma idea maneja Claudia Zerpa, directora provisoria del liceo “Eduardo Víctor Haedo” de Maldonado, creado en 2001. En esa institución uno de los objetivos más importantes es descubrir las fortalezas y debilidades de los estudiantes para que “ninguno sea anónimo y cada uno sea reconocido”.
Las tres directoras coinciden en que la personalización de los estudiantes es un primer paso para generarles un sentido de pertenencia con la institución, elemento fundamental en el desempeño académico porque “si el chiquilín tiene identidad va a tratar de hacer lo mejor por su liceo”, de acuerdo a Irastorza. “Ellos se hacen llamar medulianos por el nombre del liceo. No como una casta, pero sí como un nosotros”.
En esa búsqueda de identidad los centros comparten el uso obligatorio del uniforme —que según Zerpa permite a los estudiantes “saber que pertenecen a una comunidad determinada con un determinado perfil”—, pero especialmente comparten la creación de iniciativas no previstas en los programas del CES.
“Hay que tratar de pasar todo por el carril de la razón, ser coherentes y no transformarlo en una máquina de aplicar reglamentos porque están mandados. Estamos regidos por un marco pero tratamos de darle un sentido. No es sí porque sí o no porque no”, describe Zerpa. Como ejemplo menciona el “Corredor pedagógico” que se aplica en el liceo de Maldonado, que consiste en reuniones voluntarias entre docentes y jóvenes que no están en el mismo nivel que los demás para brindarles un apoyo académico y emocional que les permita descubrir que “el liceo es un lugar amigable, un espacio donde es una persona y no un apellido o un número”.
En Rosario también crearon actividades extracurriculares no previstas en Secundaria “para enganchar” a aquellos alumnos con mayor riesgo de abandono, como entrenamientos de béisbol y clases de canotaje en el río que da nombre a la ciudad. Nueva Palmira, por su parte, implementó el proyecto “¡Sí podés!” donde motiva a los alumnos a inscribirse voluntariamente en distintos clubes (ajedrez, danza y física, entre otros). “Vienen porque quieren e incluso se juntan sin estar los profesores. Es sentido de pertenencia dentro del sentido de pertenencia”, ejemplifica Irastorza, quien defiende la autonomía porque muchas veces los centros son “rehenes del sistema”.
A tal punto llega la identidad que los estudiantes suelen asistir a los centros aún fuera de su horario curricular. “Vuelven para jugar al ping-pong, a tocar la guitarra. Se quedan hasta la noche, es como su segunda casa”, sostiene Irastorza. El mismo término utiliza Alfonso al explicar que “los del Ciclo Básico luego de cerrado el turno en la mañana van de tarde a jugar al fútbol o a la biblioteca, porque el liceo es como su segundo hogar”.
Para esa conducta positiva colabora no solo el entorno humano de los centros sino también el físico. Los liceos están limpios, ordenados y cuidados, rodeados de paisajes que “puede ser que tengan influencia” en el comportamiento de los alumnos, opina Zerpa.
El de Nueva Palmira se encuentra a dos cuadras del Río de la Plata, con una fachada pintada de opaco amarillo, flanqueada por plantas hibiscus y con faroles decorados al costado de la puerta de madera. El de Rosario se asemeja a un parador turístico, inmerso entre los árboles, rodeado de un cerro y del arroyo Colla, con motos y bicicletas desperdigadas sin candado en su entrada. El Nº4 está ubicado en un oasis verde del centro de Maldonado, alejado del ruido detrás del espacioso Parque Nelson Mandela.
Aunque parte de ese entorno es responsabilidad de la naturaleza, la mayoría se debe al trabajo en conjunto de cada centro con su respectiva Asociación de Padres de Alumnos Liceales (APAL), consiguiendo recursos económicos por fuera de lo que el CES les otorga. Zerpa asegura tener “problemas de infraestructura como todos los liceos” pero también una APAL que es muy activa y con la cual prevén instalar el año que viene un ascensor para estudiantes discapacitados.
Irastorza indica que por el CES ingresan al liceo de Nueva Palmira $3.000 por mes pero gracias a que tienen “una APAL muy fuerte y muy constituida” han logrado ahorrar por su propia cuenta $600.000, desarrollando también proyectos durante las fiestas tradicionales de la ciudad para recaudar dinero. Así instalaron aire acondicionado y pantallas LCD en todos los salones y ya conversaron con el Sindicato Único Nacional de la Construcción y Anexos (Sunca) para realizar pequeñas reformas.
Idéntica situación se vive en Rosario, donde Alfonso asegura que necesitan laboratorios, salones multiuso y un gimnasio cuya construcción depende de Secundaria porque se trata de nuevas edificaciones, pero mientras tanto pueden “trabajar bien” porque hay una APAL “muy dedicada” al mantenimiento, con la cual consiguieron por ejemplo aires acondicionados para las aulas, algo “que cambia hasta el humor” de los docentes y los estudiantes.
Genios.
En el liceo Nº4 de Maldonado hay 1.200 alumnos para 150 docentes, cifra que supera la adecuada según los expertos para el desempeño correcto de una institución. Pese a la cantidad, es el mejor liceo público del Uruguay tomando en cuenta los datos brindados por el CES dos semanas atrás. Su directora, que reemplaza hasta diciembre al director Ángel Ramos (realizando un doctorado en Estados Unidos), destaca la importancia de construir un equipo docente comprometido más allá de los sueldos y de la cifra y la realidad social de los alumnos que deben atender.
“Se delegan funciones a cada uno según su fortaleza. El adscripto que es un fenómeno para atender a los padres atiende a los padres, y el que es bueno con los números se dedica a la administración. Se trata de reconocerlos en sus fortalezas porque eso cambia su estado de ánimo. No van a ganar más plata, pero se van a sentir mejor”, señala y añade que eso implica también aceptar una mayor responsabilidad. “Si el médico no se puede equivocar, nosotros tampoco. A veces parece para los docentes que todo es culpa de otro. ¿Pero nosotros?”.
El liceo de Rosario tiene 750 estudiantes y 111 profesores en un sistema en el que cuando falta algún docente es “inmediatamente cubierto con su suplente de manera que no se interrumpa nunca el proceso de aprendizaje”, expresa Alonso. La directora fomenta el compromiso constante del profesor con su alumno. “Tenemos un equipo excelente que trabaja incansablemente. Las adscriptas apoyan al joven con dificultades, hacen de nexo con sus padres. Otros profesores brindan aprendizaje a los más atrasados ante futuras pruebas o exámenes. Eso mejora visiblemente los resultados”.
Irastorza cuestiona la falta de autocrítica de los docentes, que deben hacer un “mea culpa” porque la educación ha llegado a este punto “también por culpa de los profesores”. Dice que a Nueva Palmira, donde hay 100 docentes y 900 alumnos, le va bien porque apunta al compromiso educativo para que el profesor se sienta orgulloso de su trabajo. “No somos genios. Somos profesores comprometidos con los alumnos y alumnos comprometidos con los profesores. Yo amo lo que hago. ¿Para qué van a buscar soluciones a Finlandia? Que salgan al interior”.