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    Doctor insólito

    A diez años de la muerte de Stanislaw Lem, un auténtico genio de las letras

    “Yo fui un monstruo”, reconoce el escritor al hablar de su infancia. Y tiene razón. Desarmaba los juguetes para ver el mecanismo oculto que los hacía funcionar. Y también probó ir a las entrañas, a la esencia del gramófono y de la radio que presidían el living de su casa. Entraba a hurtadillas al consultorio de su padre, que era un otorrinolaringólogo, para contemplar extasiado los libros de anatomía patológica con sus deformidades, así como los objetos extraídos de la tráquea y el esófago de los pacientes. Le gustaba jugar a ahorcarse. Había en sus bolsillos gomas de borrar, tornillos, cintas elásticas, un frasco con cerillas machacadas (doble función: veneno y explosivo) y un compás para mantener a raya al gordinflón que se sentaba  en el pupitre contiguo. Leía todo lo que le pusieran delante: novelas de Julio Verne o H. G. Wells, enciclopedias, revistas de ciencia. Tenía las mejores notas en la escuela, y como le sobraba el tiempo durante las aburridas clases, confeccionaba minuciosamente a mano certificados, pasaportes, pagarés, sellos, escudos de armas y autorizaciones para coleccionar diamantes grandes como cabezas, y les añadía cláusulas secretas y códigos de seguridad ininteligibles para su protección. En el cine le daba codazos a su padre en los momentos de terror y suspenso, que eran sus favoritos. Recitaba poemas para la familia: un mosquito que se estrellaba contra un roble, una bala que surcaba el cielo. Anticipaba a los profesores y no los dejaba terminar la frase, a tal punto que el de latín le dio una sonora bofetada. Un día tiró las llaves de la casa en un pozo negro. Otro día se le dio por mear dentro de una caja de música. Y hubo una vez que llegó a gatear debajo de una locomotora antes de que arrancara. Ese niño terrible fue Stanislaw Lem, uno de los más importantes escritores polacos, traducido a más de 40 idiomas, y el gran maestro europeo de la ciencia ficción. Esta etapa de su vida está ampliamente desarrollada en la autobiografía El castillo alto (Editorial Funambulista, 2006).

    Había nacido en Lvov en 1921, cuando la ciudad, que hoy pertenece a Ucrania, era parte de la siempre pisoteada Polonia. Y murió en 2006 en su hermosa casa de Cracovia, rodeado por sus cuatro perros y su esposa Bárbara. Entremedio, 84 años en los que a pesar de sufrir el nazismo y la represión y censura del comunismo, dejó una voluminosa producción literaria, ensayística y filosófica, porque además de novelista y cuentista, tenía grandes conocimientos en medicina, psicología, cibernética y matemática. También fue integrante de la sociedad polaca de astronáutica y miembro honorario de la Asociación Americana de Escritores de Ciencia Ficción, de la que fue expulsado en 1976 cuando declaró que la ciencia ficción norteamericana era “mediocre”.

    —¿Y qué piensa de Philip K. Dick? —le preguntaban.

    —Prefiero a los hermanos Boris y Arkadi Strugatski —decía Lem.

    —¿Pero no considera que Dick ha escrito algunas cosas geniales?

    —Algunas, cuando no estaba drogado.

    La obra literaria de Lem tiene la fuerza expansiva de una bomba atómica. Solaris (1961) está considerada su obra maestra, con ese inquietante océano pensante, único ser vivo en el remoto planeta. El escritor declaró que la versión cinematográfica de Tarkovski es maravillosa, aunque nada tiene que ver con su novela. En cuanto a la de Soderbergh... más vale ni hablar.

    Lem y su familia —judíos no religiosos— se salvaron por un pelo de morir en los campos de concentración. Durante la II Guerra Mundial, el joven Stanislaw trabajó como mecánico y esa misma ocupación fue un acto de resistencia: los motores de los autos de los oficiales alemanes nunca funcionaban adecuadamente.

    En 1948 finaliza su primera novela, El hospital de la transfiguración (Impedimenta, 2008, que distribuye Escaramuza), un descenso a los infiernos a través de la inocente mirada de un joven médico que hace su primera pasantía en un hospital psiquiátrico enclavado en el centro del bosque, rodeado por tupidos árboles y una espesa niebla, donde no se diferencian muy bien quiénes son los locos y quiénes los cuerdos. La construcción de la realidad o de lo que entendemos por ella, uno de los temas de Lem, transita en este caso por barbitúricos, frascos químicos, tubos de goma, túnicas blancas en individuos desencajados, operaciones de cerebro y, para rematar, la irrupción de los nazis. El enfoque es naturalista y sin embargo muestra una consistencia de pesadilla. Una obra genial por donde se la mire, atiborrada de momentos ominosos y personajes capaces de alternar discusiones tan extravagantes como metafísicas. Por ejemplo, el poeta y filósofo Sekulowski, que está internado más que nada por su propia comodidad. El tipo vive rodeado de sus libros y cada vez que se encuentra con un médico, empuña el estilete de su labia:

    —Todo está en todo. Las estrellas más lejanas influyen en la orla del cáliz de una flor. El rocío de la mañana contiene la neblina de la noche pasada. Todo está entrelazado por una omnipresente dependencia. No hay nada que pueda librarse del poder de todo lo demás. Y tanto más si hablamos de una cosa pensante, como el hombre.

    Lo podría haber escrito Dostoievski, pero lo escribió Lem.

    La novela fue editada unos años después, a mediados de los 50, luego de haber sorteado problemas con la censura comunista. Hay quien dice que para evitar futuras complicaciones, Lem se pasó a la ciencia ficción. Al escribir de cosas inexistentes, especulación pura, naves espaciales e inteligencia extraterrestre, lo dejarían en paz.

    Los astronautas, Edén, El invencible, La voz de su amo y Relatos del piloto Pirx, están dentro del cuerpo digamos clásico de la ciencia ficción, para saber a qué estante dirigirnos en una librería. Aunque debería haber un subestante con obras de pura imaginación como Memorias encontradas en una bañera, Ciberíada y Diarios de las estrellas. Y en el estante de los ensayos también hay Lem: Ciencia ficción y futurología. Y un apartado para maravillas apócrifas, como Vacío perfecto, Magnitud imaginaria y Golem XIV.

    Y después está La investigación (Impedimenta, 2011), claro, un policial, qué digo, un tremendo policial en el que nuestro héroe, Gregory, un teniente del Scotland Yard, se enfrenta como un atónito observador que evalúa la posibilidad de vida fuera de nuestro planeta bajo un firmamento estrellado, al enigma de cadáveres que aparentemente han sido manipulados, o se movieron, o se bajaron del cajón o de la mesa de vivisección, o no estaban exactamente muertos, un enigma que tiene como telón de fondo los extrarradios de Londres, una trama alucinante que te atrapa de las partes pudendas y no te larga.

    Hay un viaje en Buick que es una delicia. El detective sigue a un sospechoso por las calles como si fuese en cámara lenta, un movimiento parsimonioso, elegante, de modo que los semáforos, los letreros de anuncios y los transeúntes desfilan con un ritmo cinematográfico.

    Otra vez estamos ante una textura singular de la realidad, donde importa más que la solución del problema, los climas, los personajes, los diálogos inteligentes, la extrañeza. “¿Es posible que Dios exista solo de vez en cuando?”, se pregunta el jefe de Gregory ante el rompecabezas que tiene por delante. El tipo intenta poner orden, encontrar un significado racional a los hechos en el “desintegrado hervidero de la memoria”.

    Lo que ocurre con los cadáveres supuestamente resucitados es tan misterioso como el matrimonio de caseros que alquilan a Gregory una espaciosa habitación, que es parte de una casa enorme, siempre en sombras. La mujer se arrastra por los pasillos con una silla pequeña, enrollando una alfombra; el marido, a quien no vemos pero escuchamos, realiza en la habitación contigua ruidos imposible de precisar.

    Lo podría haber escrito Kafka, pero lo escribió Lem, quien también dijo:

    —No puedo escribir cosas puramente inventadas, triviales, que no analicen problemas. Hay un escritor considerado excelente, Tolkien, que escribió sobre elfos e inventó un país imaginario. Tengo que decir que me duermo con este libro, me importa un pito.

    Máscara (Impedimenta, 2014) reúne trece cuentos. Algunos tienen mucho humor, como Invasión (peras de cristal que llegan a nuestro planeta y adquieren la forma de lo último que tocan) y La invasión de Aldebarán, donde un borracho parece ser la persona indicada para repeler un ataque alienígena. Otros son temibles como posibilidad, como los casos de inteligencia artificial y los artefactos todopoderosos y todopensantes (El amigo, Ciento treinta y siete segundos). Es que Lem puede comenzar una historia como si fuese pura especulación científica, inobjetable, con pasajes por momentos tediosos para la lectura, y de pronto la cosa decanta hacia la vida en condiciones aparentemente imposibles (La verdad) o hacia una historia increíblemente fantástica, en la cual una bella cortesana muta en un enorme insecto diseñado para matar y sembrar el terror en todos los habitantes, que se arrodillan, gritan y se tiran al piso ante el vuelo del monstruoso bicho (Máscara). El último cuento es otra perla: La colchoneta, cuyo protagonista es un millonario temeroso de los secuestros… virtuales.

    A fin de cuentas, el único estante posible para Lem es el del propio Lem, escriba lo que escriba. Una vez que se entra en su mundo, la adicción es inevitable. Se pasa de un libro al otro, se intenta agotar todo lo que ha escrito, ese “eterno girar y girar de las palabras en el espacio”. Estoy completamente enfermo de Lem, y como no sé qué hacer, voy a leer otro libro de Lem.

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