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La expectativa era enorme. Desde antes del fin de la gran primera temporada de ocho capítulos de True Detective, ya se sabía que, al tratarse de una serie presentada en formato antología, la segunda iba a ofrecer nuevos personajes y posiblemente nuevos escenarios, además de una historia por completo independiente. Así fue. Llegó el domingo 21 a las 22 a la señal HBO. Y a Internet.
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El drama policial alucinado y escrito por el novelista Nic Pizzolatto y dirigido por Cary Fukunaga fue el bombazo televisivo de 2014. Pizzolatto, que participó en algunos guiones de The Killing, empezó delineando una novela negra —había publicado Galveston, editada por Salamandra—, y así trabajó en los agentes Rust Cohle y Martin Hart, que derivaron en criaturas televisivas encarnadas por Matthew McConaughey y Woody Harrelson, también productores ejecutivos de la serie. La acción se cuece en Louisiana: calor letárgico, humedad, pastores chapuceros, asesinatos rituales, abuso infantil, drogas, prostitución, un enigmático sospechoso de orejas verdes. La primera entrega ilustraba, con sutileza, cómo un caso cerrado había afectado la vida de los dos detectives que supuestamente habían logrado resolverlo.
Noir de cocción lenta, al estilo de algunos policiales televisivos escandinavos, True Detective fue una revelación. Un producto que, técnicamente, desde la presentación hasta la última escena, se notaba despegado del resto. En el caldero de personajes intensos, excéntricos y ominosos, el descarnado y roto Cohle (McConaughey) susurraba frases de este tamaño: “Los que dan consejos se hablan a ellos mismos”.
Terminó la primera temporada y rumores sobre posibles protagonistas de la próxima entrega hubo de sobra. Casi tanto como los prejuicios que aparecieron apenas se dieron a conocer los nombres de los principales intérpretes: Colin Farrell, Vince Vaughn, Rachel McAdams y Taylor Kitsch. Entre los secundarios: Kelly Reilly, David Morse, Leven Rambin, Adria Arjona (sí, la hija). Nuevo escenario: Vinci, ciudad ficticia de California.
Hay un crimen, macabro, que vincula a los protagonistas. Ray Velcoro (Farrell), un policía con un pasado turbio y un presente nublado. Un criminal con placa. Aunque esté de servicio, este policía bebe y fuma y aspira lo que caiga sobre la mesa. A Farrell, que es un gran actor, le sale muy bien lo de reventado. Velcoro es irascible, inestable, está divorciado de la madre de su hijo. Y está lejos —bien lejos— de ser el Santo Protector de los Niños de Padres Divorciados.
Velcoro tiene una deuda con Frank Semyon (Vaughn), dueño de un casino, alto mafioso, que quiere meterse en el negocio del transporte y limpiar su imagen. Necesita asociarse con gente poderosa de Vinci. Los problemas empiezan cuando una de esas personas desaparece sin dejar rastro. Pizzolatto se las arregla para hacer entrar en la trama a otros dos oficiales. Ani Bezzerides (McAdams), sheriff que es todo un ejemplo de trabajo y dedicación. Viene de una familia deshecha: distanciada de su padre (Morse), líder de una secta New Age, acaba de encontrar a su hermana Athena (Rambin) en una situación inesperada. O tal vez no tanto, dada la educación que les dio papá. Y Paul Woodrugh (Kitsch), policía de tránsito, que estuvo en el Ejército, que tiene varias partes del cuerpo quemadas, problemas varios en el trabajo y ciertos impulsos suicidas, es la cuarta pieza. Él descubre un cuerpo sin ojos en un banco cerca de una playa. Ahí se pudre todo. Aunque todo ya venía podrido de antes.
Vinci, la ciudad, como lo fue Louisiana anteriormente, es de suponer que ganará peso en la historia, reflejo exterior de lo que ocurre en el interior de los personajes. Lo que se ve hasta ahora es la versión pobre, anacrónica y tóxica de Los Ángeles. Los planos son más cortos, no se produce aquella inmersión en el ambiente, donde el mal se agazapaba. Ahora, sin Fukunaga, los primeros dos episodios los dirigió Justin Lin, que filmó algunos títulos de la saga Rápido y furioso y capítulos de la serie humorística Community, realizaciones que tienen en común un ritmo dopamínico.
Es brutalmente obvio: la introducción también cambió, con una carretera que se abre en el entorno oscuro entre espinas de luz y manchones de un rojo crudo y escabroso, con la voz de Leonard Cohen entonando Nevermind.
En True Detective los crímenes son la excusa; lo central está en los personajes. En su psicología, la forma de manejar sus tormentos, en lo que pasa cuando pasa el tiempo. El culto y el éxito de la primera entrega se magnificaron al detectarse, en la sombría y retorcida trama que combinaba policial y misterio, indirectas y referencias a títulos y autores de terror sobrenatural y filosofía existencialista. Pero la serie funciona de manera independiente a este ejercicio. Y si bien el autor seguramente abrevó de muchas fuentes –el mismo nombre de la serie proviene de una publicación pulp–, lo que hay aquí es un grupo de personajes que parten del prototipo –el policía corrupto y alcohólico, el villano que busca un nuevo camino, la agente que aspira a la rectitud, el ex soldado con heridas de guerra–, yendo, por la carretera oscura, hacia adelante.