“Suponemos que Nacional va a estar tranquilo y que va a ir más gente. El problema es Peñarol”, explica Layera, premonitorio, a las 13.20. “Peñarol puede hacer cualquier cosa”.
A las amenazas entre las barras, en los últimos días se sumó otro episodio en la interna de Peñarol. El club instaló una nueva comisión de seguridad y, más importante, la directiva se negó a darles las 400 entradas que reclamaban los barrabravas. Cuando fueron a pedirle al plantel de jugadores, los hinchas recibieron la misma respuesta. A partir del viernes la Policía debió fortalecer la custodia en la sede de Peñarol y en Los Aromos, lugar donde entrena el equipo. La Dirección General de Información e Inteligencia tenía el dato de que como represalia a la directiva, la barra intentaría generar problemas en la tribuna Ámsterdam y suspender el partido.
Cuando Layera llega al Centenario lo esperan, entre otros, su asistente Ana Sosa, Clavijo, García, el jefe de Policía de Montevideo, Ricardo Pérez, y el jefe del Centro de Comando Unificado, Robert Taroco. La base de operaciones es una sala pequeña instalada dentro de un ómnibus estacionado frente a la América. Sobre una mesa ovalada hay tres computadoras portátiles, cuatro monitores cuelgan de una pared lateral y una pantalla gigante ocupa casi toda la del fondo. A ese televisor llegan —a veces con dificultad— imágenes de las cámaras instaladas dentro y fuera del estadio, y también permite ver un mapa del despliegue policial. En la parte trasera del ómnibus hay un equipo de comunicación para transmitir órdenes a los efectivos.
Lo primero que quiere confirmar el jefe es que los hinchas argentinos de Estudiantes no hayan podido cruzar la frontera en Fray Bentos. “Traían cosas” para la barra de Peñarol, dice Layera, pero no especifica.
La información llega a la sala desde toda el área metropolitana. Controles a decenas de ómnibus, desmanes, pedidos de apoyo y detenciones. Sobre todo detenciones. “Vos les das luz verde a los muchachos y bueno”, dice Clavijo orgulloso del trabajo de la Republicana. Los 514 efectivos citados para ese día se presentaron al trabajo. “Nadie presentó un certificado médico. ¡Ni una falta!”, se jacta el director, el único de uniforme en el ómnibus. Esta vez la orden es apresar a quienes se pasen de la raya, sin contemplación. Layera explicará después que “la táctica era que llegaran desinflados, que llegaran con poco poder”.
A medida que se acerca la hora del clásico la cantidad de personas detenidas aumenta y el Velódromo Municipal, donde un médico de salud pública los revisa uno a uno antes de que sean llevados a un calabozo, se llena de gente. “El médico de ASSE no va a querer venir más”, bromea alguien en la sala. En el Velódromo está armado el triage, un protocolo de respuesta médica ante emergencias que supone evaluar a los heridos que llegan y priorizar la atención de acuerdo a las posibilidades de supervivencia del paciente. También hay un lugar acondicionado para usar como morgue.
La oficial Sosa, que estará todo el día escuchando una radio policial e informando a su jefe, anuncia que una caravana de autos se acerca por avenida Italia y Comercio. Llevan bombos y banderas y quieren acceder al estadio sin ser revisados. Clavijo responde que no hay de qué preocuparse porque el piquete policial dispuesto en Ramón Anador los va a parar. En esa caravana están algunos líderes de la barra que quedarán detenidos. Nadie lo sabe aún, pero ese episodio resultará clave en lo que sucederá después.
Hasta ahora “exitoso”.
El operativo va según lo planeado, por lo que Layera y su séquito tienen tiempo para ir a ver cómo está el “pulmón” que divide en dos a la Olímpica. Habilitar o no esa tribuna fue el tema más debatido en los días previos por las autoridades de la Asociación Uruguaya de Fútbol, Nacional, Peñarol y el Ministerio del Interior. La tribuna se abrió pero casi no se vendieron entradas. A las 14.30 el estadio está semivacío, los pocos que entraron escuchan los insultos que se gritan de Ámsterdam a Colombes y de Colombes a Ámsterdam.
De vuelta en la sala de operaciones, las autoridades reciben información de “un desorden de proporción” en el Obelisco. Layera mira en la pantalla cómo un grupo de hinchas de Peñarol corre y dice: “Ahí se viene con candela”.
El reloj marca las tres de la tarde y desde el ómnibus policial se ve al árbitro del partido bajar de un auto negro. “Este siempre nos afana”, bromea el director de Inteligencia.
Se imparten órdenes para revisar los techos de los baños de la Olímpica; para controlar si hay entradas falsas; para que se “pase revista” a todos los que ingresan, incluso los funcionarios de las empresas de seguridad que deben controlar las tribunas; para fortalecer la seguridad en torno al Palacio Peñarol —donde el Frente Amplio lleva a cabo un congreso—, y para poner un precinto que tranque la puerta que da paso de la tribuna al talud de la Ámsterdam. Varios jerarcas celebran la cantidad de detenidos hasta el momento (más de 100) y solicitan información sobre las dependencias policiales que tengan capacidad para alojarlos. El juez de turno pide que le hagan “un filtro” de los apresados, informa García. Para Clavijo el operativo es por ahora “exitoso”.
“Se va a armar candela”.
Y sin embargo. “Avisan que hay saqueos en la Ámsterdam”, informan en la sala a las 15.50. A partir de ahí el paso del tiempo es relativo. Las siguientes dos horas parecerán eternas para los hinchas que están en las tribunas. Para quienes rodean a Layera, en cambio, todo ocurrirá en un solo movimiento, en una sucesión de acciones que puede haber durado minutos u horas.
Los funcionarios del estadio no quieren dejar entrar a los que están fuera porque desde dentro les tiran cosas. “Se va a armar candela”, dice el jefe. En su opinión hay que “desalojar” la tribuna antes de que empiece el partido. Pero primero tienen que definir qué hacer con las más de mil personas que están en la puerta.
—Tenemos dos frentes —le dice Layera al director de Inteligencia.
—A estos (los de afuera) hay que correrlos, arriarlos. Si sacás a los otros, juntás más gente; y si los dejás entrar, pueden entrar con cualquier cosa —responde García.
Layera se aleja para hablar por teléfono con Jorge Vázquez, ministro interino, y saber qué opina. Regresa y pregunta si ya se rehabilitó el ingreso a la tribuna. Clavijo habla por teléfono y le dice a alguien que están dadas “las garantías” para que los porteros vuelvan a trabajar.
“Dejemos que entren porque igual nos tenemos que preparar para el escenario de entrar, porque ya tienen elementos contundentes”, opina el jefe de la Republicana. “Nos estamos agrupando todos y ya teníamos planificado cómo vamos a entrar. Vamos a entrar con escopetas, vamos a entrar con perros, vamos a entrar con todo. Voy a ir a hablar con el árbitro. Si dice que sí, voy a pedir que retrase 30 minutos el comienzo del partido, porque hubo 30 minutos con la puerta cerrada”.
Para los otros jerarcas 30 minutos es mucho tiempo. Pero importa poco, porque “están tirando cosas para abajo de nuevo”, avisa Taroco. A Clavijo le dicen que “siguen rompiendo” la tribuna. “Entonces pará. Pará, pará de entrar gente en la novena. Pará de entrar gente en la nueve. Que pares, que no entre más gente, que no entre más gente, que no entre más gente”, grita al teléfono. Corta y le dice a Layera que los barras tienen ahora “elementos contundentes” con los que enfrentar a la Policía.
García se aparta para avisarle al juez de turno que todo se complica más y más. Clavijo va a hablar con el árbitro. Layera quiere que “se prepare” la Republicana porque “se va a suspender”. Los policías se agrupan cerca de la Ámsterdam.
A la hora en la que iba a empezar el partido la policía comienza a “despejar” la puerta de la tribuna de Peñarol. Layera da la orden de “no reprimir”.
Pero las órdenes son difíciles de cumplir. “Deciles que paren, que se replieguen”, le dice a Clavijo mientras ve en la pantalla cómo motos y policías pasan fugazmente de izquierda a derecha persiguiendo hinchas.
—Flaco, ¿entramos? —pregunta Layera, que desde hace más de una hora está rumiando esa idea.
—La Ámsterdam está despejada en la parte de afuera; la fuerza está lista para entrar —responde.
El director de la Republicana estuvo reunido con el juez y los dirigentes del fútbol. “Quieren que quede como que no se juega porque nosotros no damos garantías”, resume. “Le dije al juez que podemos despejar la tribuna” y si quiere, “jugarlo a puertas cerradas”.
Los puntos.
Layera va a hablar con los dirigentes para comunicarles que el partido no se puede jugar con la Ámsterdam en esas condiciones. El jefe está en el centro de la ronda, pero a los representantes de Peñarol y Nacional parece importarles más la tabla de posiciones del campeonato.
Tras escuchar al policía, el dirigente aurinegro Jorge Barrera toma la palabra. “Propongo algo porque el mensaje a la gente es importante”, dice. Quiere que se suspenda el partido y que “todos” se queden “media horita” para definir y anunciar “cuándo se juega” el clásico.
El presidente de Nacional, José Luis Rodríguez, aclara enseguida que “hay un antecedente” de un partido que no se jugó tras la suspensión (Peñarol-Rampla) y que su equipo “quiere jugar” ese domingo.
—Peñarol también, ¡eh! —grita un dirigente desde un costado.
—Que desalojen la Ámsterdam y se juega el partido —dice un representante de Nacional.
—Juguemos entonces —acota otro dirigente tricolor.
Sube la temperatura en el vestuario y le vuelven a preguntar a Layera si se puede jugar así como están las cosas. “No, no puede quedar en esta situación porque ya hay demasiados elementos contundentes adentro. Nosotros no sabemos si empieza el partido, va a haber agresiones que pueden ser incluso a la cancha o a otras tribunas, o entre ellos mismos. Va a pasar lo mismo. Va a empezar el partido y se va a suspender”, responde.
—Cuando la parcialidad de Nacional no genera problemas, ¿cómo le digo a la gente de Nacional: “no pueden venir a un clásico porque la parcialidad de Peñarol hace lío adentro”? —pregunta el presidente de Nacional.
— Acá el tema no es una lucha dialéctica a ver quién gana un clásico, si se juega o no se juega. Es algo mucho más importante, que es la vida humana, que no es una camiseta. Entonces, si acá el Ministerio del Interior está diciendo que no están dadas las condiciones… — responde Barrera.
—¿El Ministerio dice que no están dadas las condiciones? —pregunta un dirigente de Nacional como si Layera no lo hubiese dicho dos veces en los últimos cinco minutos.
—Lo acaba de decir —dice Barrera.
—Si el Ministerio dice que no están dadas las condiciones, el que lo va a suspender es el juez —concluye Rodríguez.
Layera cruza un pasillo y entra al vestuario del juez que iba a dirigir su primer clásico. En su informe escribirá que el jefe de Policía le dijo que no estaban dadas las condiciones. Ahora sí la suspensión es oficial.
Suspender.
La Policía todavía tiene que resolver qué pasa con los barras que están en la Ámsterdam. La idea es que la parcialidad de Nacional salga primero y 40 minutos después se abran las puertas para Peñarol. “La espera los desinfla”, evalúa Layera.
Los jefes piensan que los hinchas querían “hacer lío” después de que empezara el partido, pero como “sus líderes” fueron detenidos antes de llegar, en la zona del Ombú de Ramón Anador, el resto “no sabía qué hacer”.
Es momento de abrir las puertas a los hinchas de Peñarol. La Policía decidió no entrar porque el daño que se generaría podía ser mayor a lo que se quería evitar. “Fijate cómo podés hacer para que salgan en embudo, así pierden fuerza”, ordena Clavijo por teléfono. “Esto es como un motín carcelario, lo hicieron y ahora tienen que salir”, le explica al resto. Le pide a Inteligencia que identifique a los involucrados en los desmanes. “Lo marcan y lo chupamos”, dice. Detienen a uno solo.
No hay necesidad de que entre la Guardia Republicana a desalojar porque los hinchas salen tranquilos. Las radios policiales anuncian que los problemas se trasladan a otras zonas de la ciudad. “Empezaron las rapiñas”, dice Sosa. Llega información sobre desmanes en torno al estadio. “Que el Flaco mande los Pumas (un grupo de policías en motos) a las principales avenidas, pero que los mande ya”, ordena Layera.
El jefe informa al resto que hay reunión de evaluación a las 11 de la mañana del día siguiente. Sabe que “la tormenta política” ya comenzó. Camino a su casa, Layera dice que la Policía no sabía “hasta dónde iba a llegar la barra” después de que la directiva de Peñarol cambió su estrategia y les “cortó todo: plata y entradas”.
Cree que lo ideal sería suspender el fútbol hasta que instalen las cámaras de reconocimiento facial en los estadios. Así “enfrías la situación y empezás con las medidas acordadas con los clubes”, dice Layera. “Una vez que tengamos las cámaras de reconocimiento facial, en las reuniones de coordinación, fijamos quiénes son los que no entran y nosotros se lo impedimos”. Y agrega, siempre con voz pausada: “Tenemos que tener una forma de diferenciar a los buenos de los malos”.