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Al pasar en limpio la exultante velada musical que se vivió en el Teatro Solís el lunes 4 con la Orquesta Filarmónica de Montevideo, lo primero que cabe preguntarse es por qué se inició el concierto con una obra tan poco interesante como la Obertura de la Sinfonía Zoraya, del compositor catalán Antonio Camps Florit (1847-1905), hombre que recaló por estas costas, donde ejerció la docencia musical hasta el fin de sus días. La única explicación que se me ocurre es que se haya elegido como ejercicio para los músicos y su director, lo que sería plausible ya que exige una orquesta nutrida con activa participación de todos sus sectores. Por lo demás, es mejor olvidarla y pasar a lo que importa.
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Sean Kennard es un pianista estadounidense de 31 años de edad, hijo de padre norteamericano y madre japonesa, que visita Montevideo por primera vez. Internet da cuenta de que ya estuvo en Uruguay en 2006, gracias a la Embajada de EEUU, pero esa presentación fue en el teatro Florencio Sánchez de Paysandú, donde hizo un programa con Stravinsky, Gershwin, Chopin y Barber, que fue muy bien reseñado por el colega de El Telégrafo. Egresado del prestigioso Instituto Curtis de Filadelfia, últimamente Kennard estudia con el uruguayo Enrique Graf en la Universidad de Charleston, Carolina del Sur.
Abordó con postura distendida la Rapsodia sobre un tema de Paganini, de Rachmaninoff (1873-1943), compuesta en 1934. Es una obra de madurez del notable compositor ruso que consta de 24 variaciones sobre el Capricho Nº24 para violín, de Niccolò Paganini. Las variaciones se ejecutan sin interrupción y el todo funciona como un concierto para piano y orquesta, con esa particularidad del compositor ruso de envolver al piano con la orquesta y dejarle algunas breves salidas de ese envoltorio. La parte solista es de enorme exigencia técnica y musical, ya cuando el piano emerge solo, ya cuando canta igual adentro del conjunto. Semejante tour de force tuvo en Kennard un intérprete perfecto. Prolijo, expresivo, con una técnica de octavas y de acordes apabullante, supo frasear con buen gusto y una emotividad a flor de piel en el andante cantabile de la famosa Variación XVIII. Cuando el público aún estaba digiriendo entre aplausos el impacto provocado por el pianista y por el magnífico marco orquestal, decidió Kennard regalarnos fuera de programa otro Rachmaninoff hecho también sobre la obra para violín solo pero de otro autor: esta vez fue el turno del austríaco Fritz Kreisler (1875-1962) y su conocidísimo Liebesfreud o Alegría del amor. Un momento antológico de virtuosismo y musicalidad, con derroche de humor y gracejo en el fraseo. Notable pianista.
Kennard tuvo un socio invalorable en Diego Naser, joven director uruguayo de 34 años, formado en Europa, alumno de Barenboim e integrante de la West Eastern Divan Orchestra, que asumió un programa comprometido con el Rachmaninoff de la Rapsodia, al que se agregó la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky (1840-1893). La tarea de Naser fue descollante. Acompañó a Kennard haciendo un Rachmaninoff de gran sonoridad, donde la orquesta fue protagonista a la par del piano, como debe ser. Coordinó con el solista como si hubieran tocado juntos toda la vida. Su versión de la Quinta Sinfonía fue de las más completas que he escuchado, porque tuvo todos los ingredientes en un conjunto de enorme equilibrio y vuelo estético. Naser dirigió de memoria, sorprendió de entrada con un sonido empastado y compacto, logró que se escucharan con nitidez todos los sectores de la orquesta en un alarde de control del balance sonoro del conjunto. Hizo rendir a los bronces como hacía mucho que no lo hacían y consiguió que se lucieran maderas y bronces solistas. Fraseó con las cuerdas y el tutti con enorme empuje y expresividad en el Andante cantábile, y supo disfrutar él mismo en ese remanso que es el Vals del tercer movimiento. Su interpretación de esta obra nos trajo el recuerdo de la notable versión de hace más de 40 años de Howard Mitchell, con la Ossodre. El maestro norteamericano también lograba ese sonido empastado y también disfrutaba haciendo la Quinta de Tchaikovsky.
Diego Naser acaba de llegar de una gira europea donde dirigió en Berlín, Lisboa, Klagenfurt (Austria), Logroño y Verdún. También lo hizo en Santa Fe, Argentina. Si las autoridades de la orquesta andan buscando un director estable, no deberían perder tiempo ni distraerse observando allende el río, cuando tienen un nativo de esta valía aquí en casa.