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    Ecos de Ecolat

    Existen en Suecia dos grandes teorías sobre el origen del “modelo sueco”, caracterizado por una búsqueda de comprensión, de diálogo y de salidas razonables y consensuadas.

    Una de ellas, defendida por el flanco socialista, sostiene que este modelo surgió en la década de los 30, cuando la socialdemocracia se convirtió en gobierno y, junto con el fuerte movimiento sindical, “obligó” al empresariado a sentarse a la mesa y firmar los legendarios acuerdos de 1938, caracterizados como el nacimiento de un modelo de entendimiento en el mercado laboral.

    La otra teoría señala que la búsqueda de posiciones comunes en la sociedad sueca trasciende los límites del mercado laboral y el paso de los siglos, y está en la misma base de la mentalidad dominante.

    En uno de mis libros (Sverige och spanska inbördeskriget) estudié el accionar de la industria exportadora sueca frente al gobierno del socialdemócrata Per Albin Hansson al estallar la Guerra Civil española. El objetivo de los exportadores era que el gobierno se acercara a la figura que “nos guste o no nos guste terminará venciendo”. Es decir Franco. Ese libro llevó bastante agua al molino de la segunda teoría.

    Debido a una serie de raras coincidencias, el libro se basó en un material jamás antes estudiado. Me refiero a las actas del Consejo de Exportación sueco durante el conflicto español, depuestas en el Archivo del Reino poco antes de mi visita allí.

    Lo que salta a la vista en este material es que al estallar la guerra española, no solo la opinión pública nacional, los sindicatos y los grupos de izquierda formaron comités de apoyo por España: también la industria exportadora formó su propio “Comité por España”, aunque en compacto secreto (de hecho, no se conocía su existencia hasta la publicación del libro).

    Si bien las actividades de los exportadores para que Suecia reconociera (aunque fuese discretamente) a Franco son muy interesantes, lo más importante fue descubrir que los empresarios actuaron de la misma manera que los sindicatos.

    Resumo la situación en dos párrafos. Cuando estalló el conflicto español, las empresas suecas tenían una extendida red de fábricas en España, al mismo tiempo que la República les adeudaba enormes sumas. La guerra amenazaba tanto a la infraestructura de dichas empresas como a los productos almacenados y el pago del capital adeudado. También interrumpía la presencia sueca en ese mercado, facilitando la irrupción de países competidores.

    En esa época, el comercio entre varias naciones europeas, como era el caso español, se movía cada vez más en base al intercambio de mercaderías. España “pagaba” turbinas o masa de papel con fruta y botellas de Jerez (Hitler mandaba tropas y recibía carbón).

    El protocolo de creación del Comité por España de la industria exportadora sueca señala clarísimo el nudo central: un puñado de grandes empresas (Electrolux, SKF, ASEA, Celulosas, AGA) tenían recursos humanos y financieros suficientes como para negociar con los españoles los precios de las respectivas mercaderías, recibir almendras o naranjas por el papel o la madera y colocar luego esos productos agrícolas en el mercado sueco.

    Pero la mayoría de los más de 150 exportadores suecos que comerciaban con España eran pequeños empresarios que vendían algunas maquinarias. No tenían posibilidades para negociar cuántas naranjas valía un tractor ni para deshacerse luego de la fruta recibida en forma de pago.

    El objetivo del Comité (y así está explícitamente aclarado en el Acta de su fundación) era, pues, crear la unión de los exportadores para defender los intereses de sus miembros más débiles.

    El gobierno socialdemócrata sabía que los exportadores tenían razón —tanto en el tema de los intereses comerciales como en lo que se refería al “inevitable” triunfo de Franco— pero no podía tomar medidas que despertasen el malestar de la opinión pública, totalmente volcada a favor de la República. Por eso, las autoridades apoyaron discretamente los esfuerzos de los exportadores sin llegar a reconocer oficialmente a Franco.

    Los representantes sindicales y empresariales sentados en torno a la legendaria mesa de negociaciones en 1938 pensaban de la misma manera: la unión hace la fuerza. Más allá de su pertenencia, todos ellos creían que la colaboración era el único camino posible para el éxito de la sociedad en su conjunto.

    En los 80, el presidente de Volvo publicó un libro en el cual sostenía un principio elemental en Escandinavia: si le va bien a Suecia le irá bien a la Volvo y si le va bien a la Volvo le irá bien a Suecia. Es decir: todos estamos en el mismo barco y debemos remar para el mismo lado.

    Pero la “colaboración de clase” es palabra maldita en los países atrasados. Allí solo sirve el enfrentamiento, la lucha, el conflicto a brazo partido contra “los explotadores de la clase obrera”.

    Cuando el empresario acosado decide retirarse, los obreros se quedan sin trabajo y toda la sociedad pierde. ¿De quién es la culpa de tal desgracia? ¿Del empresario o del sindicato?

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