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    El Banco Central inicia un “programa de desdolarización”: evalúa incentivos tributarios para ahorro y crédito en pesos

    ¿Qué ministro de Economía o presidente del Banco Central no quiere para su país una moneda nacional fuerte y confiable? Ese propósito está en la agenda del equipo que integran Azucena Arbeleche (ministra) y Diego Labat (presidente de la autoridad monetaria), aunque ambos asumen que las medidas para darle tales cualidades al peso uruguayo no son la prioridad de hoy y que, además, tendrán efecto a muy largo plazo porque, en ciertos casos, deben extirpar cuestiones enraizadas en el subconsciente colectivo a partir de décadas de inestabilidad económica. Algunas acciones en esa dirección acaban de ser aprobadas por el Banco Central (BCU): una baja gradual del esquema de “encajes”, la porción del dinero que las instituciones financieras captan como depósitos de sus clientes y deben mantener inmovilizada (sin poder prestar) en la propia autoridad monetaria.

    Otra está enunciada como parte del Plan Estratégico 2021-2025, divulgado el lunes 28. Ya para el año próximo, se prevé desarrollar un “programa de desdolarización que apunta a establecer una agenda de discusión con las partes interesadas, crear un sitio web para difusión y realizar estudios sobre incentivos tributarios y regulatorios”. Los “principales resultados” esperados con estas acciones son un “aumento del ahorro y el crédito en pesos para potenciar los canales de transmisión de la política monetaria”, consigna el documento bancocentralista.

    El cambio en los encajes, en realidad, tiene un doble propósito. Uno a corto plazo es dejarles a los bancos y a la cooperativa Fucerep —la única de su tipo que hace intermediación, captando depósitos— más dinero disponible para dar crédito en estos momentos de problemas por el Covid, y otro alineado con esos objetivos de largo aliento: “desdolarizar” la economía y estimular el ahorro de los uruguayos (para financiar al menos en parte la inversión productiva).

    En concreto, el BCU a través de la Circular 2.376 del miércoles 23 aprobó una reducción diferencial del porcentaje de encaje en moneda nacional y en unidades indexadas (UI), aunque fijó un período de transición. El calendario tiene escalones de ajuste semestrales, de modo de arrancar el 1o de enero de 2022 con el esquema definitivo: entonces las instituciones financieras deberán mantener inmovilizado el 15% de los depósitos a menos de 30 días en moneda nacional (partiendo del 22% actual); 3% para los de entre 30 y 90 días (desde 11%); a 2% para los que son de entre 180 y 365 días (hoy en 7%); y 1% para las cuentas a más de un año (5%). La lógica es: a más plazo menor requisito de encaje, lo que para las instituciones financieras es un incentivo para captar depósitos por períodos largos y así tener más dinero disponible para prestar a otros clientes.

    A su vez, el BCU anunció cambios en lo que les paga a las entidades financieras por esos encajes; la remuneración para los que son por depósitos en pesos (corrientes) será fijada “en relación de la Tasa de Política Monetaria”. Los encajes en UI se mantienen.

    Más crédito

    Una vez completada la medida de rebaja de los encajes, se liberarán fondos que podrían ser prestados por cerca de $ 20.000 millones —cerca de un punto del Producto Bruto Interno—, indicó el BCU en su comunicado. Estas modificaciones forman parte de un “proceso de desdolarización y reconstrucción de los mercados en pesos, del cual la rebaja de la inflación y el nuevo marco de política monetaria son pilar fundamental”, alegó. Y añadió que el sistema “muestra una marcada liquidez de los depósitos, lo que dificulta la posibilidad de los bancos de otorgar crédito en moneda nacional a mayor plazo”.

    Allí están enunciados varios problemas que padecen la economía y el sistema financiero uruguayo: los precios minoristas suben relativamente rápido (menos que hace décadas atrás, pero en torno a 8%-9% anual) y eso erosiona el poder de compra de los pesos. Con ese escenario, la opción para muchos es comprar dólares, asumiendo que así preservan valor. Del total de depósitos que había a fin de noviembre (el equivalente a unos US$ 32.800 millones), poco más de la quinta parte eran en moneda nacional, según datos informados por el BCU.

    Por otro lado, desde la crisis bancaria del 2002 se instaló una marcada preferencia de los depositantes por tener su dinero en modalidades de cuentas que permiten retirarlo en cualquier momento (el 88% estaba “a la vista” en noviembre pasado), lo que deja poco margen a los bancos para prestar a largo plazo. Si bien el sistema financiero ganó en solidez y credibilidad en los años recientes, las magras tasas de interés pagadas a los ahorristas —en un contexto global de dinero relativamente barato— no estimulan colocar a plazo fijo (incluso por debajo de la inflación).

    A comienzos de este mes, el presidente del Banco República, Salvador Ferrer, reflexionó en una entrevista con Búsqueda sobre estas tendencias (Nº 2.101). En su opinión, “el país debe poner más foco en cómo fomentar el desarrollo del crédito que en incentivar el ahorro. Los bancos estamos con una estructura de liquidez muy cómoda”.

    Para el jerarca, hoy el negocio de captar depósitos “ya no existe para los bancos y hay que buscarlo por el lado de los activos”, es decir, dar préstamos. “Con un escenario de tasas de interés bajas —que son una buena noticia para el deudor y una mala noticia para los bancos—, tenemos un negocio amenazado que nos obliga a reinventarnos”, afirmó.

    “Pensar en pesos”

    Los automóviles e inmuebles se compran y venden en dólares, lo mismo que muchos electrodomésticos importados o incluso los servicios como la hotelería. Pero no son los únicos mercados que manejan esa divisa como parámetro; Uruguay tiene una economía bimonetaria.

    Labat argumentó en favor de un proceso para reducir el uso del dólar (“desdolarización”) en una entrevista con Búsqueda poco después de haber asumido su cargo en el BCU y ya en medio de la emergencia sanitaria por el Covid-19 (Nº 2.066). “Enseguida del 2002 el país tuvo una agenda hacia la desdolarización que fue bien importante, desde la propia creación de la UI hasta cambios en la regulación bancaria, además del esfuerzo hecho también en cuanto a la deuda pública. Hasta empezada la década pasada tuvo una buena evolución; después, cuando comenzó a deteriorarse la situación financiera, algunas medidas —como ciertas influencias sobre el IPC que distorsionaron la UI— llevaron a desandar un poco ese camino. No es un problema en medio del coronavirus, pero sí el país tiene que volver a hacer ese esfuerzo. La modernización del sistema de pagos —aunque parezca que no tiene nada que ver— es muy importante: si un importador compra en dólares, si le es muy costosa la conversión cambiaria, termina poniendo sus precios en dólares. Esos detallecitos micro son los que van construyendo esa dolarización de la economía. No es la única solución, pero es un ejemplo de cosas chicas, medianas y grandes que se pueden hacer en el camino para que los agentes económicos empiecen a pensar en pesos y, por tanto, a desdolarizar”. Admitió que “no es un camino que lleve solo meses o años, pero hay que recorrerlo, indefectiblemente. Al final del camino trae ventajas a la propia política monetaria, pero también a los agentes, que consiguen mejores instrumentos para ahorrar o financiarse”.

    Conforme con una encuesta de imagen hecha este año por Equipos Consultores para el BCU, la “política de estabilidad de precios” aplicada por el organismo mejoró su percepción entre la gente respecto a 2014, aunque es vista como de moderada eficacia (una puntuación promedio de 3,5, en un rango de entre 1 y 5).