En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Yendo al origen: el bosque, esa salvaje oscuridad, contiene demasiada naturaleza. En otros tiempos fue dominio de Pan, dios griego de los pastores y símbolo de la fertilidad. Músico y depredador sexual, Pan, el amo de los bosques, vivía rodeado de ninfas, se resguardaba de la luz solar y, en irascibles y descontroladas salidas del monte —cuando lo despertaban de la siesta o en torno a medianoche—, era capaz de sembrar, precisamente, el pánico en manadas y rebaños. El ascenso del cristianismo sepultó la imagen de este dios-demonio, lanudo, rudo y sensual, aunque no su esencia, que permanece en los deseos, los impulsos libidinosos, las fantasías y las pesadillas humanas. “Leyendas, imágenes y teología dan fe de un conflicto irreconciliable entre Pan y Cristo, una tensión nunca aliviada en la que el Diablo, con sus cuernos, sus pezuñas y su cuerpo peludo, no es otro que el viejo Pan reflejado en el espejo cristiano”, escribe James Hillman en Pan y la pesadilla: “La muerte del uno supone la vida del otro”. Así las cosas, si Pan se transformó en el Diablo, entonces las ninfas, aquellas deidades femeninas que habitaban manantiales y montes, que acompañaban al fauno, que profetizaban y cantaban desnudas, se convirtieron en brujas. Y sus cantos y profecías, en brujería.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
La bruja, ópera prima del realizador estadounidense Robert Eggers, toma la imagen de la bruja cuando era una posibilidad real. Una siniestra amenaza sobrenatural activada en la naturaleza. La película está ambientada en Nueva Inglaterra, en 1630, décadas antes de los denominados Juicios de Salem —entre febrero de 1692 y mayo de 1693—, cuando se detuvo a más de 150 personas acusadas de practicar brujería. El drama familiar narrado sirve como anuncio, sinécdoque y metáfora de lo que vendrá décadas más tarde. Es parte de lo que hace que esta película sea tan inquietante. Condensa y refleja una forma de ver y concebir el mundo. Además del terror, La bruja tensa los hilos del suspenso y el drama, genera paranoia y situaciones de angustia y desesperación sin efectismos baratos ni trucos vistos mil veces. Aunque Eggers no llega a un final redondo, en el camino logra conmover, asustar y crear momentos particularmente perturbadores, por ejemplo, con… una liebre.
Eggers creció en una zona rural de Nueva Inglaterra, obsesionado con historias y leyendas de brujas, amenazantes y a la vez atractivas figuras que formaron parte de los juegos y las pesadillas de su niñez. Asegura, y se siente y se agradece —especialmente en el empleo del lenguaje, incluso en la forma en la que los actores se mueven ante la cámara—, que para la creación de la historia y los diálogos se basó en escritos y testimonios de aquellos años. No es menor el detalle de la forma de hablar de los personajes. Que en una historia que se desarrolla en el siglo XVII no hablen como en el siglo XXI es determinante para la inmersión, tanto como la luz, el vestuario, la escenografía, la atmósfera y la forma de moverse de quienes habitan la trama. Una trama que no es otra que la realidad de una familia de puritanos que, poco a poco, a través de algunos amargos detalles, se convierte en pesadilla (Eggers definió su obra como una “pesadilla puritana”). El Diablo, se sabe, es un personaje ocupado, y suele estar atento a los detalles.
La película arranca con un exilio. Cuando la familia del agricultor puritano William (Ralph Ineson, un tipo con una presencia y una voz impresionantes), compuesta por él, su esposa Katherine (Katie Dickie) y sus cinco hijos, es expulsada de una fortificada comunidad de colonos. Poco después, la familia erige una granja muy cerca de un bosque. Samuel, el bebé, desaparece de una forma dramática y misteriosa. Se lo llevó un lobo o una bruja. A partir de allí, todo se pudre. Inclusive las plantaciones. Thomasin (Anya Taylor-Joy, a quien se la verá seguido de ahora en adelante) estaba a cargo del cuidado del recién nacido, al que, para peor, no habían bautizado. Con su aspecto de ninfa, bien puede ser una bruja seductora. Entonces, tal vez el enemigo está dentro. Mientras Caleb (Harvey Scrimshaw), el otro hermano mayor, que ingresa en la adolescencia entre el miedo y el deseo, está aterrorizado con irse al infierno, sus dos hermanos gemelos, los pequeños Mercy y Lucas (Ellie Grainger y Lucas Dawson), juegan, cantan y hablan con una cabra oscura llamada Black Philip.
La amenazante atmósfera de La bruja la coloca en la estantería junto a esa otra pesadilla familiar que es Don’t Look Now, de Nicolas Roeg, y también junto a obras que asumen el terror como vehículo para abordar otros asuntos (la fe, la culpa, la locura, el miedo, la represión, los lazos que vinculan a las personas), como lo hacen Roman Polanski, Michael Haneke o Werner Herzog. Algunos exteriores se filmaron durante días nublados, y hay escenas en interiores que siguieron al Barry Lyndon de Stanley Kubrick: solo se usó la iluminación de las velas. Eggers ha mencionado a Kubrick, en especial a El Resplandor, y al Ingmar Bergman de Gritos y susurros como sus referentes. No se puede obviar el falso documental Häxan-La brujería a través de los tiempos, de Benjamin Christensen, película que puede verse en YouTube, y de la que La bruja toma algo básico. Eggers es un talento. Posiblemente, donde su película funciona mejor es en el camino del medio entre el realismo crudo y lo fantástico. Y si bien a lo largo del trayecto el realizador introduce, de manera contenida, elementos sobrenaturales, hacia el final se deja llevar por esas secuencias fantásticas solo porque, bueno, le salen tan, tan geniales.
La bruja (The Witch: a New-England Folktale). EEUU, 2015. Dirección y guion: Robert Eggers. Con Anya Taylor-Joy, Ralph Ineson, Kate Dickie, Harvey Scrimshaw, Ellie Grainger, Lucas Dawson. Duración: 93 minutos.