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    El Ejército divide el tiempo de entrenamiento de sus nuevos reclutas entre técnicas militares y medidas de higiene y educación básicas

    Es cada vez más difícil llenar las vacantes; los postulantes provienen de sectores sociales vulnerables

    “Nada podemos esperar que no sea de nosotros mismos”. La frase de José Artigas se ve nítida en grandes letras negras sobre uno de los galpones que da a la plaza de armas en una unidad del Ejército en Montevideo.

    Enfrente están los dormitorios del centenar de reclutas que cada día, a las seis de la mañana, salen de la habitación común (luego de haber hecho prolijamente la cama) para desayunar.

    De lunes a viernes, y a veces algún día más si las sanciones lo imponen, durante tres meses los hombres y mujeres que solicitaron ser soldados del Ejército se levantan y ven esa frase, que resume lo que sus superiores quieren de ellos: militares entrenados y con vocación de servicio que estén dispuestos a recibir una bala en el Congo o a podar árboles en Montevideo.

    Sin embargo, el altruismo se da de frente con la realidad económica: con sueldos de $ 9.000 al ingreso, los mandos encuentran cada vez más difícil captar y retener soldados. Así, aumentan los índices de rotación en el Ejército, se alargan los tiempos para realizar las mismas actividades y mutan las funciones de los oficiales, que tienen que “arremangarse” y pasar de la “delegación y el mando” a un “mayor involucramiento” para que las cosas “sigan saliendo”, dijeron varios oficiales a Búsqueda.

    A ese problema se suma el nivel de los reclutas, que en muchos casos provienen de los sectores más críticos de la sociedad y a los que hay que “enseñar a higienizarse y comer con cubiertos”.

    El Ejército tiene 15.000 integrantes, de los que 1.500 son oficiales y el resto personal subalterno: soldados, cabos, sargentos y suboficiales. Para ser oficial hay que cursar los cuatro años de la Escuela Militar; para el soldado raso la carrera llega hasta suboficial.

    Como su integración está fijada por ley, solo hay vacantes cuando los militares pasan a retiro o dejan la fuerza.

    Cada año ingresan al Ejército unas 2.000 personas, pero solo 1.000 llegan al Centro de Instrucción de Reclutas (CIR), la formación primera y básica para el soldado. La mitad de los que ingresan “prueban unos días, no les gusta y se van”, dijeron las fuentes castrenses.

    De los que ingresan al CIR, el 80% egresa. Muchos no pasan esos tres meses de formación porque no se adaptan a la vida militar, otros porque no están aptos físicamente y otros porque encontraron un trabajo que les paga más. Algunos, los menos, son retirados por faltas graves como el uso de drogas, que sigue prohibido.

    “Al soldado que entra hay que educarlo en cosas básicas como los modales, comer adecuadamente, cambiarse la ropa. Esa es una función social que ejerce el Ejército”, dijo a Búsqueda el coronel Fernando Baños, jefe del departamento de Operaciones e Instrucción del Estado Mayor del Ejército.

    Misiones y escuela.

    Son las siete de la mañana en Minas y en un salón de la División IV del Ejército dos soldados escriben trabajosamente letras y palabras en un cuaderno doble raya. Una cabo, que estudia magisterio, les está enseñando a leer y a escribir de nuevo.

    Los soldados tienen 23 y 24 años. Antes de reclutarse uno era monteador, oriundo de la ciudad de Rocha, y el otro trabajó con su padre recogiendo fierros y botellas en el Chuy.

    “Es una situación bastante habitual. La gente que llega al Ejército proviene de los extractos más humildes y acá tratamos de darles todo lo que podemos. Hacemos una reeducación práctica”, dijo a Búsqueda el teniente coronel Alfredo Olivera, encargado del CIR de la región IV.

    En ese CIR ingresaron 94 reclutas el 13 de abril y hasta ahora desistieron 23. En el de Montevideo llegaron al final del curso 124 reclutas, el 70% de los que comenzaron. De ellos, 81 provienen del interior, ya que muchas veces las unidades metropolitanas hacen giras por el país para reclutar interesados que no se acercan en Montevideo.

    “En la ciudad hay más vacantes porque la gente tiene más oportunidades. En el interior se ve al Ejército con otros ojos”, dijo el teniente coronel Mario Aguerrondo, segundo comandante de la Brigada de Caballería Nº 3, a cargo del CIR metropolitano.

    El postulante entra a su unidad como “voluntario contratado” a la espera de ser enviado al CIR. Para ser soldado se requiere sexto de escuela aprobado y tener hasta 30 años, aunque “hay excepciones”.

    Los oficiales coinciden en que para “enganchar” al recluta no pueden competir con los salarios de cualquier otro sector, por lo que buscan “imprimirle un espíritu de vocación y servicio a la patria” que esté por encima de lo económico. Apelan también a las prestaciones (de salud, alimenticias, asistencia social) que la institución le brinda al soldado y su familia.

    También manejan un comodín: la posibilidad de enviar al soldado a una misión de paz de la que puede volver con algunos miles de dólares ahorrados.

    Varios reclutas consultados por Búsqueda dijeron que esa chance, para la que deben tener al menos un año en la fuerza, es uno de sus objetivos, junto con el de ascender hasta suboficial.

    “Muy básico”.

    Desde que una persona entra hasta que se transforma en un soldado profesional pasan unos cinco meses: tres en el CIR y dos o tres más en la unidad en la que ingresó.

    Sin embargo, ese militar está formado “muy básicamente” y le faltan “elementos indispensables para la guerra moderna”, dijo el coronel Alfredo Bravo, integrante del Departamento de Operaciones e Instrucción.

    Según los oficiales, se acortaron los tiempos de formación por “no poder prescindir del personal por más tiempo por exigencias del servicio”.

    Los problemas de formación y el nivel educativo de los soldados tienen consecuencias en las funciones del Ejército. Los oficiales dicen que ahora la misma función “puede tardar hasta el doble” de horas con la misma cantidad de soldados, ya que están “menos calificados”.

    Varios mandos optaron por no delegar y prefieren hacer ellos mismos varias tareas antes realizadas por subalternos, como redactar un escrito.

    Hotel militar.

    Hay cuatro CIR en el país, uno por cada región del Ejército. Los reclutas se trasladan desde su unidad hasta el centro y pasan allí los tres meses, aunque tienen libres los fines de semana.

    Hay personas que utilizan los reclutamientos del Ejército como “un transporte a Montevideo” y luego “usan el CIR como un hotel mientras buscan otro trabajo”, explicó Baños.

    En el CIR se los instruye en leyes, reglamentos y ordenanzas, técnicas básicas de combate, primeros auxilios, lectura de cartas, armamento y tiro, entre otras materias.

    También hacen instrucción de orden cerrado (un entrenamiento destinado a los desfiles) y educación física todos los días. En 12 semanas la carga horaria mínima que se da son 500 horas diurnas y 48 nocturnas.

    Junto a la instrucción profesional viene la personal: a varios reclutas hay que enseñarles a bañarse todos los días, a higienizarse después de ir al baño, cortarse las uñas o levantarse temprano, relataron los oficiales.

    Hubo que enviar a algunos reclutas a sanidad por problemas estomacales, ya que no estaban acostumbrados a tener cuatro comidas diarias, dijeron los militares.

    Para el que no se va y retorna a su destino, allí tendrá un mes de instrucción en el arma a la que solicitó ingreso (Infantería, Caballería, Artillería, Comunicaciones, Ingenieros) y obtiene una ocupación militar especializada (OME).

    Un cartel en la puerta.

    Tras algunos años en el arma y luego de especializarse, surge una nueva fuga del Ejército. Con la formación alcanzada, los soldados obtienen trabajo en el sector privado, donde ganan más.

    “Cuando hay una obra grande, como las pasteras, uno se queda sin gente, en especial aquellos con capacidad de manejar camiones” dijo Aguerrondo.

    En el interior la situación es parecida. “La gente está un poco más aquerenciada que en Montevideo y por eso no se mueve tanto, pero muchos ponen un cartelito en la puerta que dice ‘electricista’ y atienden en el barrio”, dijo Olivera.

    Antes los mandos no permitían que los subalternos tuvieran otro trabajo. Pero la necesidad de personal ha llevado a que se adapte esa norma a la realidad actual y que se permita que el soldado “trabaje en su tiempo libre, siempre y cuando no interfiera con la misión”.

    En la División IV en Minas un soldado carga una garrafa. En el brazo lleva tatuados dos nombres y abajo de la remera verde se atisba una rosa. Los tatuajes también estaban prohibidos.

    “Hoy hay cosas que no se pueden tomar en cuenta”, dijo Bravo. “Si no, nos quedamos sin gente”.

    Contratapa
    2015-06-11T00:00:00

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