Estuvo poco más de dos tercios de su vida en el Partido Socialista, donde ocupó varios cargos. Y cuando le toca competir por la máxima representación del Frente Amplio, la Presidencia, está fuera. Roberto Conde (63 años), ex vicecanciller, diputado, senador, dice que hoy compite en la elección interna del partido de gobierno desde una posición de “cierta equidistancia” para “reafirmar” el frenteamplismo “neto”.
—¿A qué atribuye que se pueda votar menos?
—En el momento actual el clima es muy distinto al de 2012. En 2012 había un clima de euforia política y este es de una política que se está desenvolviendo en condiciones duras, con ya un cierto nivel de desgaste en el sentido de que están empezando a aparecer compañeros que en 2012 no aparecían, diciendo que no están conformes con lo hecho, que se sienten desilusionados, que no hemos cumplido con nuestros objetivos. Y esa desilusión comienza a hacer mella. Además, es un momento también extraño en el sentido de que hay un poco de sorpresa de que apenas a un año y medio de instalado el gobierno, el clima político se haya tornado muy intenso. El Frente ha sido sorprendido por esta realidad y tenemos que adecuarnos rápidamente. No hay tiempo para seguir con este grado de desmovilización. Hay que ponerse a la altura de la tensión política que ya se produjo en el país.
—¿Usted dice que el oficialismo debe tener más movilización?
—Y capacidad de debate y de respuesta. Estamos sufriendo ataques muy fuertes y no estamos respondiendo o lo estamos haciendo muy mal.
—¿En qué sentido se está “respondiendo mal”?
—Por ejemplo, el debate de Ancap fue espantoso. En vez de debatir con la derecha terminamos debatiendo entre nosotros, y sembrando dudas sobre la moral de los compañeros antes de que se constituyera semiplena prueba de cualquier delito. Eso da muestra de un clima de dispersión ideológica y de debilitamiento político que hay que cambiar de inmediato.
—Volviendo a lo del principio, el hecho de estar los cuatro en campaña haciendo actos en conjunto. ¿No abona esa idea de que todo es políticamente correcto y que hay poco debate?
—No. Eso tiene que ver con la particularísima constitución del Frente Amplio. El frenteamplismo se alimenta desde la unidad y la diversidad. Y si dejás que se te caiga algunas de estas dos cosas, se te cae el Frente. Porque somos un frente, no un partido.
—¿Pero eso no lleva a que el discurso sea opaco, que no entusiasme?
—El entusiasmo se da por la vía de la competencia interna. Es legítimo que en el Frente cada uno marque su perfil, porque el Frente se alimenta de la identidad de cada componente. Si cayéramos en esa uniformidad caeríamos todos. Como diferencial, desde mi posición de independiente puedo reafirmar un frenteamplismo muy neto, rotundo. Puedo ver a todos los sectores desde una cierta equidistancia, y eso puede ser valorado por algunos compañeros como una contribución al fortalecimiento del colectivo.
—Pero usted tiene un ADN socialista.
—Los compañeros que están respaldando mi candidatura tienen una posición de izquierda trascendente, no de corto plazo. Es trascendente en el sentido de marcar nuestro trabajo en una visión histórica de transformación que busca una etapa que ahora se ha dado en llamar poscapitalista, pero llamémosla una nueva etapa civilizatoria. El corazón ideológico de nuestra interpretación de la realidad es que el capitalismo no puede resolver la crisis de la civilización contemporánea y que por tanto hay que buscar un nuevo replanteo, que ya no se identifica con los ensayos socialistas del siglo XX, pero que tendrá que identificarse con una sociedad en la cual superemos la lógica destructiva del mercado.
—¿Usted es el más anticapitalista de los cuatro candidatos?
—Conde es Conde, no tengo una medición de lo que piensa cada uno de los demás compañeros. Lo que digo es que soy una persona que se afilia a esa preocupación permanente de que el proceso de izquierda se frustra si se limita a administrar el capitalismo.
—Pero hoy no hay un modelo.
—Es que no es necesario que haya modelos. La transformación se va construyendo, no hay modelos y ese es el drama. Y por eso hablé de los ensayos socialistas del siglo XX; pretendimos tener un modelo y no lo pudimos alcanzar.
—¿Si usted gana las elecciones, qué cree que hay que hacer en el Frente Amplio?
—Hay que hacer muchas cosas a la vez. Hay que replantear la agenda de debates políticos. El más inmediato es el que llamo consenso estratégico de aquí a 2020: que tengamos una definición clara de nuestro quehacer de aquí hasta el final del gobierno. Segundo, el Frente tiene planificado un congreso ideológico hacia fines de año que se llama de actualización. No sé muy bien el alcance que se le da a esta palabra, pero en todo caso lo que buscaría es que pongamos en el centro del debate lo que acabo de decir. En tercer lugar hay que resolver cómo vamos a hacer pedagogía política en la sociedad, porque la conciencia social no se forma espontáneamente ni por la pura práctica, necesita el apoyo de una teoría para enfrentar la realidad y el Frente no está haciendo pedagogía política y además tiene una deficiente comunicación en todos los campos. He mencionado que tenemos miles de adherentes, 200, 300.000 adherentes, con los cuales no mantenemos una comunicación política permanente. Ya planteé que el Frente Amplio tenga una prensa on line, una prensa propia, donde se transmita la posición del Frente y no las posiciones de tales o cuales personas o sectores. Esto va a obligar al Frente a un mayor esfuerzo de síntesis y disciplinamiento, porque entre otras cosas ahora cualquiera opina lo que quiere y no hay una voz propia del frenteamplismo. Tenemos que cargar de contenido nuestro canal FATV que hoy está apagado. Es una fuente importantísima para el diálogo con nuestra diáspora. Y he planteado que el Frente Amplio tenga producción audiovisual propia, contratada, que sea sistemática. No hemos sido capaces de grabar en imágenes la transformación que hemos hecho en Uruguay en los últimos 11 años. La pedagogía política y las batallas ideológicas se ganan con conceptos, con cifras y con imágenes, y si te falta alguna de estas cosas no ganás nada.
—¿El Frente se burocratizó en poco tiempo?
—Hay síntomas importantes. No hay comité de base ni pueblo al que uno llegue en que los compañeros no se quejen de que los dirigentes no van, de que la estructura está lejana. No significa que haya una degradación de nuestra política pero hay una distensión peligrosa, una pérdida de la épica militante. Yo les pido siempre a los compañeros: bueno, ha llegado el momento de recordar lo que éramos antes de 2005. Nos hemos transformado en una fuerza excesivamente institucionalizada, con una cultura de funcionarios, pero con un debilitamiento de la cultura militante. Y no olvidemos que las transformaciones sociales de largo plazo no se hacen desde el Estado sobre la sociedad, las hace la propia sociedad. Una izquierda que no tenga su militancia inserta en la vida misma de la sociedad tiende a cometer la desviación de transformar el partido en un aparato.
—En la década de 1990, por ejemplo, Mario Jaunarena había escrito muchos artículos advirtiendo sobre este problema que tenía el Frente Amplio.
—No comparto esa apreciación. Nunca leí lo que Mario escribió sobre eso, pero dentro de este abanico que es la izquierda en el Uruguay, siempre hay compañeros que están planteando ese basismo radical que si se impone como lógica dominante es una desviación, pero que si se mantiene vivo como una alerta es una cosa muy sana. Es una especie de sabiduría que uno tiene que administrar. El basismo es malo si se impone como fenómeno total, pero es bueno si se mantiene como exigencia y eso siempre existió dentro del Frente. Lo que pasa es que se hace mucho más necesario reivindicarlo ahora que antes de estar en el gobierno, porque se siente mucho más ahora que antes, sobre todo porque en la etapa anterior a llegar al gobierno utilizamos para hacer política, y nos dio un excelente resultado, los institutos de democracia directa. Vivimos 15 años a caballo de eso, lo cual nos exigía estar movilizando cientos de miles de personas permanentemente y estar insertados hasta en el último poro de la sociedad. Ahora estamos confiando demasiado en las instituciones y perdiendo esa raíz. Y eso es el principio del fin.
—Del 1 al 10, en el que el 10 es excelente, ¿cómo calificaría el gobierno de Vázquez?
—El primer año fue un año muy dificultoso. Ahora ya se ha normalizado y lo que estoy previendo es que, pese a las dificultades de los impactos de la crisis internacional, el gobierno va a continuar su línea ascendente, mejorando, incluso. No sabría calificarlo en esa escala.
—¿Piensa que lo van a votar muchos socialistas de Montevideo?
—Si yo especulara con eso, estaría faltando el respeto al que era mi partido, que orgánicamente decidió otra cosa, de modo que eso queda librado a la conciencia de cada socialista, porque cada socialista también es un frenteamplista y tendrá que tomar su propia decisión. No hago comentarios públicos sobre esto, no manejo expectativas y créame que íntimamente tampoco lo hago.