Es cierto que se encontró con un clima muy favorable, que lo aprovechó de múltiples maneras. Tal vez, el efecto más negativo de ese entorno tan favorable fue el de adormecer, olvidar, darles poca jerarquía a algunas banderas históricas del desarrollismo y de las izquierdas, que tenían en común una clara conciencia de la necesidad de introducir cambios profundos en las estructuras productivas si se pretendía tener un desarrollo económico y social sustentable. Esos vientos favorables adormecieron la conciencia y por momentos cuestionaron si realmente aquellos cambios eran tan necesarios o si el país podía transitar hacia el desarrollo por esta senda, que no se hizo sin aportes domésticos, sin mejoras propias.
“Podremos meter la pata, pero no la mano en la lata”, repitió Tabaré Vázquez... Y yo soy un frenteamplista no muy oficialista, se sabe. Y uno podrá decir que estos gobiernos hayan metido la pata varias veces, y puede ser que se hayan hecho gastos superfluos, cosas mal hechas, mal ponderadas, que irritan a la gente común, algún que otro despilfarrito. Pero, globalmente, han mostrado una ética muy fuerte.
—En las banderas históricas de la izquierda que mencionó no estaba la defensa del capital o abrirle la puerta grande a la inversión extranjera o colaborar en la transparencia fiscal internacional…
—Lo de la transparencia fiscal es un ataque al modelo de plaza financiera “vale todo”, donde se esconden capitales de origen difuso. El país ha hecho muy bien en apartarse de ello.
Una de las estrategias que me genera muchas dudas es la del dumping fiscal. Es decir, atraer inversión por la vía de exoneraciones y jugar a la entrada de capitales como un componente clave del modelo. Porque lo es. Nuestra economía cada vez que crece genera déficit de balanza comercial y de cuenta corriente que solo pueden ser contrarrestados si tenemos un flujo permanente de entrada de capitales. El problema es que los flujos de capitales tienden a ser muy procíclicos, los capitales vienen cuando hay booms exportadores, cuando hay una valorización de las commodities y hay oportunidades de facturar rentas en toda la cadena, de servicios de exportación, transporte, logística, y la propia producción primaria.
En alguna estimación, muy preliminar, uno podría decir que el 85% de la política industrial del Uruguay se hace por la renuncia fiscal y solo un 15% de los recursos son realmente capturados por el Estado para dirigirlos deliberadamente a algunas actividades. La renuncia fiscal podría hacerse también de manera muy selectiva, con contraprestaciones, y creo que la ley de inversiones ha ido mejorando en su vocación, pero debemos reconocer que su aplicación ha sido bastante genérica, no muy direccionada y prácticamente sin ninguna evaluación y control ex post de resultados. Eso, en parte por capacidades y, en parte, por voluntad política.
—¿No está de acuerdo con que esa renuncia fiscal sea una “gran apuesta contracíclica”, como plantea el gobierno?
—Sucede que cuando estamos en la parte alta del ciclo no vemos tan imperiosamente la necesidad fiscal, pero al revertirse encontramos que el déficit fiscal, que podía ser manejable, se transforma en algo muy duro, muy rígido. Paradójicamente ahora tenemos la necesidad de aumentar un poco la presión fiscal en una coyuntura de baja, cuando en la de alza se decía que no había más espacio fiscal y se prometía a la población que no iba a aumentar la presión fiscal.
Siempre es difícil ir a una campaña electoral diciendo que hay más espacio fiscal; creo que lo había y se podía haber impulsado una política distinta. En general, no ha habido demasiado despilfarro, pero es claro que ha habido algunas áreas críticas donde los gobiernos de izquierda han mostrado poca eficiencia en el uso de los recursos o en los resultados obtenidos. Un ejemplo claro es el de la educación. En el área donde la izquierda tiene el pilar de su reproducción sociopolítica cultural no encuentra un modelo eficiente; ahí creo que se está en grandes problemas. Y el otro ejemplo es el montevideano de la limpieza, donde más de 20 años de gobierno no logran resolver un problema.
—¿El ajuste fiscal aprobado profundizará el estancamiento?
—No tengo una opinión clara de cómo vaya a funcionar, insisto que con previsiones más claras se podían haber tomado medidas un poco más expansivas en estos momentos. Por otra parte, con una reversión tan súbita de las condiciones externas (tal vez predecibles para algunos) hay poco margen. Las medidas hay que tomarlas, principalmente, en la parte expansiva del ciclo. Es ahí donde hay que prever y apostar a las transformaciones para tratar de —estructuralmente— estar menos expuestos a las crisis. Pero si uno apuesta toda la economía a cuatro productos, está conforme que apostando a eso va a poder seguir creciendo de manera irreversible, y está convencido de que en la economía mundial hubo un cambio estructural donde la expansión de China e India va a generar un aumento permanente del precio de los commodities… Y no estoy hablando de cosas que se decían hace 40 años, sino hace dos o aun menos…
Si uno está confiado de que no va a volver a pasar, deja de prepararse para eso y abandona determinadas políticas.
—El presidente del Banco Central, Mario Bergara, repite que Uruguay preparó una plataforma adecuada para enfrentar shocks externos, pero también que era evidente que tras el auge registrado vendría la desaceleración. ¿Para usted no era evidente?
—Sí, pero no parecía que fuera evidente para el gobierno. Dirá esto ahora, pero no es lo que Bergara y todo el equipo económico decía hasta hace un año. Que iba a caer, sí, pero no eran las predicciones (del gobierno). Sin ir más lejos, el proyecto de ley del Presupuesto planificó un crecimiento de 2,5%. O sea que tanta previsión de la caída no había.
Que se fue muy cuidadoso en muchos aspectos, no tengo dudas. El problema es que no hemos cambiado el patrón productivo básico de la economía. Y tal vez uno puede decir: Uruguay no lo puede hacer solo, aislado de la región, en este contexto. Y bueno, si yo tengo una mirada crítica, no la tengo solo de Uruguay. Porque quien más quien menos, apostó al modelo de los commodities, y tal vez la economía política y los equilibrios políticos de la región no permitan que en un momento de auge de commodities se hagan cosas pensando en otros escenarios. Los gobiernos de la región han sido sumamente débiles.
No tengo intención de debatir destructivamente con la izquierda, el pasado está. Ahora tenemos que aprender para el futuro.
—¿Y se está aprendiendo?
—Por ahora lo que está haciendo la izquierda es capeando el temporal, tratando de gestionar esta crisis de la mejor manera posible. Sigue habiendo un conformismo en decir: “Miren, los vecinos están peor que nosotros”. Si mal de muchos consuelo de tontos, mal de pocos consuelo de más tontos.
No es una excusa, porque el resto del mundo más o menos sigue creciendo, los países emergentes han crecido y a un ritmo mayor que nosotros. Entonces hay algo en nuestras estructuras que sigue estando mal.
Sobre la volatilidad de Uruguay, había dos teorías. Una decía que el problema era institucional y otros entendíamos que está más vinculado a la estructura productiva. Sin despreciar las mejoras institucionales, que efectivamente hacen que esta crisis no sea tan severa como podía haber sido, una vez más se demuestra que sin los cambios estructurales vamos a seguir sometidos a una muy fuerte volatilidad y a cambios de tendencia. Y que ese proceso de transformación productiva no ocurre naturalmente como resultado de la acumulación de capital en los ciclos expansivos apoyándonos en los sectores tradicionalmente competitivos, no es un resultado natural.
—La posible instalación de una tercera planta de celulosa, ¿no va en el sentido de profundizar el Uruguay agroexportador?
—No estoy en contra de las plantas de celulosa ni del Uruguay agroexportador, sino del Uruguay solo agroexportador y solo celulósico. Estoy en contra del país monoproductor y de lo que considero la mediocridad de pensar que no podemos ser buenos para ninguna otra cosa. Necesitamos apoyarnos en lo que hay, y bienvenida la tercera planta de celulosa, pero como ha sucedido antes nos permite subir un escalón para seguir en el mismo nivel posteriormente. Lo que tenemos que emprender es un camino ascendente duradero que nos permita seguir creciendo y diversificándonos. Y eso se puede hacer de muy diversas formas. En su momento, todos pensamos que la industria manufacturera dura era el centro de todo esto y creo que sigue siendo un campo de transformación, pero tampoco el único. Hay que apostar a un mundo que es enorme, que se va a seguir transformando de manera impresionante y si seguimos atados a esta cosita de los recursos naturales nos va a ir decididamente muy mal. Y ese camino, en este país, solo lo va a recorrer la izquierda, porque sinceramente en esta década no he visto de parte de los partidos de la derecha ni una mención a este problema, no está en la agenda. Solo está menos gasto público, más seguridad, privatización creciente de la enseñanza y eventualmente de otros servicios públicos; y ese es el camino de la reversión.
Porque hay muchas formas de hacer una transformación productiva en Uruguay, pero necesariamente hay una dirección de integrarlas muy fuertemente con políticas sociales y redistributivas. Y esa ecuación solo las fuerzas de izquierda la van a poder resolver.
—¿Lee el estancamiento actual como una crisis?
—Si uno viene creciendo al 6% y ahora está estancado, creo que es una crisis; para hablar de crisis no necesitamos que el PIB caiga mucho.
Nosotros tenemos a lo largo de la historia modelos de crecimiento que normalmente terminan con crisis abruptas. Tenemos una excepción, que es la década del 60. Los años 50, en vez de generar una crisis profunda, produjeron un prolongado estancamiento, y eso porque la sociedad tenía un montón de mecanismos compensatorios, equilibrados, institucionales, que amortiguaban los ajustes drásticos, pero también dificultaban la reestructuración.
Hace un par de años sostenía que Uruguay no podía crecer a más del 2%, lamentablemente la cosa fue peor. Creo que tenemos un horizonte de un par de años de estancamiento; después no tengo muy claro qué va a pasar. No soy de los que piensa que los commodities van a seguir para abajo, van a venir nuevos booms y vamos a tener algunas oportunidades. Lamentablemente, repetimos viejos errores; estábamos ante un precipicio y dimos un paso al frente.
Ahora, así como cuando estamos en la cresta advierto e insisto, cuando estamos acá abajo tampoco nos debe capturar el fatalismo. Mal que bien, durante estos más de 10 años de gobiernos de izquierda las capacidades públicas han aumentado significativamente, somos mucho más capaces de pensar, diseñar, evaluar y criticar las políticas hechas. Hay que perseverar en ese camino y pegar un salto para recorrerlo irreversiblemente, con más liderazgo y convencimiento político.