Dos tempranas características de la historia americana son el intento de los países latinoamericanos para formar alianzas anti Estados Unidos y las tentativas estadounidenses para unificar al mundo americano bajo su propia égida.
Dos tempranas características de la historia americana son el intento de los países latinoamericanos para formar alianzas anti Estados Unidos y las tentativas estadounidenses para unificar al mundo americano bajo su propia égida.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáYa hace 189 años, cuando Bolívar impulsó el primer encuentro panamericano (Congreso de Panamá, en 1826), así como en los siguientes encuentros (Lima en 1847, Chile en 1856 y nuevamente Lima en 1864), el objetivo era fortalecer la unidad latinoamericana para enfrentar al gigante del Norte.
La proverbial desidia hispana y el conflicto de intereses internos echaron por tierra esas iniciativas. Emblemática fue la postura argentina, enemiga acérrima de cualquier política de alianzas que pusiera en peligro la libertad de acción internacional de la patria de Sarmiento.
Ni Rosas ni su rival Urquiza, ni tampoco Mitre en su momento, aceptaron firmar acuerdos en las citadas conferencias. Argentina (pensaban en la Casa Rosada) era, de por sí, una potencia lo suficientemente grande como para arreglárselas sola en el mundo, e incluso para enfrentar a Estados Unidos.
Cuando el gobierno estadounidense hacia 1889 comenzó a trabajar en pro de una unidad panamericana, en Buenos Aires se estructuró una doctrina basada en algunos puntos de alto interés histórico. Fueron los futuros presidentes de ese país, Roque Sáenz Peña y Manuel Quintana, en su calidad de delegados argentinos a la Conferencia Panamericana en Washington, que presentaron la base de dicha doctrina.
La postura de Buenos Aires se basaba en tres puntos centrales. Uno era que, debido a sus características físicas y humanas, Argentina no necesitaba relaciones más estrechas con el resto del continente. El otro era el convencimiento de la superioridad de Argentina frente al resto de los países hispanoamericanos.
El tercero era la certeza de que Argentina y Estados Unidos eran los grandes rivales por el dominio del continente americano. Por el momento (insinuaban los voceros argentinos) Estados Unidos llevaba la batuta. Pero esa ventaja estaba condenada a perderse en un futuro de mediano plazo, cuando el crecimiento de Argentina (eran los tiempos de máximo furor de la teoría “Argentina potencia”) dejase definitivamente atrás al país del Norte.
Hace un siglo y un puñado de años, cuando el accionar de Washington al sur del Río Grande comenzó a vestirse de verde militar, el presidente Carlos Pellegrini exhortó públicamente en su diario La Prensa a un accionar conjunto de Argentina, Brasil y Chile, para mantener alejado a Estados Unidos del mundo hispanoamericano.
Eran otros tiempos y otros cantares. Hoy, ni el más entusiasta creyente del futuro argentino como potencia mundial se negaría a reconocer que las diferencias entre los dos viejos “rivales” por el control del continente se han volcado masivamente a favor de Estados Unidos.
Más allá de las constantes y crecientes penurias que ha sufrido el pueblo argentino en los últimos 80 años en términos de datos macroeconómicos, sociales, de calidad democrática y demás, hemos visto, en la última década, un avance imparable del narcotráfico en las principales ciudades argentinas, con Buenos Aires y Rosario a la cabeza.
Tal es el caudal de ese río que hasta el papa Francisco se ha expedido sobre el tema, apoyado en los numerosos informes que le hace llegar la Iglesia argentina.
Hoy Argentina ya no es un territorio de pasaje de drogas. Los datos ventilados en ocasión de los más sonados ajustes de cuentas (por ejemplo en lo que tiene que ver con los volúmenes de importación de efedrina) dejan en claro que en el país se producen (y consumen) todo tipo de drogas.
La creciente presencia de narcotraficantes colombianos y mexicanos, el establecimiento de carteles rivales y la metodología usada en la lucha por el control del mercado confirma esta realidad.
Por la plata baila el mono. Y por la enorme cantidad de plata que genera la droga bailan no solamente los monos sino que también los chimpancés y los gorilas. El alto grado de corrupción de la sociedad argentina y el monto de dinero que mueve el tráfico de la droga han llevado a la creación de bandas criminales con elementos policiales o con protección policial.
Las denuncias que se pudieron ver en un reciente programa de Jorge Lanata, en donde quedó claro que el propio jefe de Gabinete del gobierno (un equivalente a primer ministro en otros países) es una figura clave en el narcotráfico, y el triunfo electoral de este siniestro personaje en las elecciones que se llevaron a cabo una semana después de dicho programa, son una muestra clarísima del grado de putrefacción del tejido humano en el país vecino.
La antigua potencia rival de Estados Unidos en el continente se ha convertido en un espejo de México en el Cono Sur. Vendrán ahora, automáticamente, la multiplicación de las zonas liberadas y una catarata de violencia que, en el país original del modelo, es imposible de parar.
Lo más probable es que el papa Francisco alcance a ver que también su patria, como México, es un Estado fallido.