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    El Oscar del desencanto

    La 93a ceremonia ganó críticas, perdió fanáticos y celebró un cine atípico para Hollywood

    Entró y emanó confianza. La 93a ceremonia de los Premios Oscar ocurrió el domingo y la inauguró la actriz y novel directora Regina King. Vestida de un satén celeste diseñado por Louis Vuitton, King entró a la estación de trenes Union Station con una estatuilla. Dio unos pasos sobre una alfombra roja que la llevó hacia un ambiente atípico para la fiesta más grande de Hollywood: un escenario pequeño con unas decenas de mesas. Una reunión invadida por el art decó y cierta incomodidad. Regina dio un paso, luego otro, y casi tropieza. “¡La televisión en vivo, aquí vamos!”, acotó.

    Se suponía que los Oscar serían de película. O, cómo lo había prometido uno de los encargados de su confección, el cineasta Steven Soderbergh, una película; una historia con protagonistas en donde nominados, invitados y presentadores comulgarían en una celebración al cine.

    No fue el caso. Como puntapié, el desliz de Regina resulta una imagen inicial que, si bien ínfima, representa la sensación de un bucle de tropiezos que el evento televisivo cometió. Tras esa secuencia cautivante, filmada en un formato panorámico (algo nunca utilizado en los Oscar), la transmisión no pudo mantener a ninguno de sus públicos, el de los participantes y el de televidentes, en vilo. Un tono confundido, un guion chato en términos de comedia, un orden de entrega caótico de los premios y una ejecución perezosa en el uso de clips (¡en una ceremonia de cine, ni más ni menos!) terminaron de convertir a los premios en uno de los más olvidables de su historia.

    Es interesante, según el director y guionista Paul Schrader, cómo se repitió la historia de los premios. Schrader, quien publica sus reflexiones asiduamente en la red social Facebook, encontró en los Oscar una circularidad irónica en esta versión pandémica de los galardones. Vale recordar que los premios comenzaron en un salón pequeño de baile de Hollywood donde se reunió a un grupo de estrellas para un evento dirigido a una audiencia local. Luego de convertirse, a través de las décadas, en una maquinaria comercial gigante e internacional impulsada por el dominio de relaciones públicas de la mano de figuras como Harvey Weinstein, los Oscar regresaron, según Schrader, a un salón de baile discreto de Hollywood con un “cónclave de forasteros”, en referencia a la cantidad de nuevas y diversas figuras en la premiación. “Es políticamente conveniente decir cuánto se ha ganado. También se ha perdido algo”, sentenció Schrader.

    Lo que los Oscar han perdido, indiscutiblemente, son interesados. La última ceremonia alcanzó un récord no deseado al lograr el menor rating en la historia de la televisación de los premios. Por primera vez la ceremonia alcanzó a una audiencia menor a 10 millones de personas en Estados Unidos, un 58% menos en comparación a los 23,6 millones que la sintonizaron en 2020, cuando la coreana Parásitos se coronó como Mejor película.

    A ese número se le ha adjudicado también una serie de razones: la muerte de las “estrellas de cine” (¿cuántas quedan en la era de la televisión de prestigio y la fama en redes sociales?); la ausencia de un espectáculo de gran escala debido a las restricciones pandémicas y, por último y tal vez más relevante, una selección de películas nominadas con una distribución deficiente a escala internacional. En Uruguay, por ejemplo, solo tres de los títulos nominados a Mejor película (Mank, El juicio de los 7 de Chicago y El sonido del silencio) pudieron verse, de forma legal, a través de plataformas como Netflix y Amazon Prime. Nomadland, que se terminó llevando la deseada estatuilla, tuvo un estreno único en el José Ignacio International Film Festival junto con, la también premiada como Mejor película internacional, Druk.

    La desazón, entonces, mejor dejársela al evento televisivo. El que pasó y el que apenas dejó una sensación de hastío y extrañeza al pensar que uno de sus momentos más memorables fue ver a Glenn Close bailar una canción titulada Da Butt. Un momento lúdico que buscó quitarle algo de seriedad a la ceremonia y falló.

    Los Oscar, de todas formas, sí alcanzaron algunos mojones que merecen ser celebrados. Por su película Nomadland, Chloé Zhao se convirtió en la segunda mujer cineasta en obtener un Oscar a Mejor dirección tras la victoria de Kathryn Bigelow, directora de Vivir al límite (The Hurt Locker), 13 años atrás. Lo de Zhao, quien también es la primera mujer asiática en recibir el reconocimiento, simboliza el triunfo de un cine independiente (pese a contar con la distribución de Hulu, hoy propiedad de Disney) y de un texto inclinado hacia la introspección y no a la grandilocuencia. Aun con las falencias discursivas de Nomadland, como su embellecimiento al trabajo zafral en Amazon o el retrato distante sobre la verdadera pobreza de sus protagonistas, la película reafirma el aporte significativo de una figura como Zhao a la cinematografía estadounidense. Su debut como directora, Songs That My Brother Taught Me (2015), puede verse en la plataforma Mubi.

    Otra victoria que merece ser celebrada es la de Thomas Vintenberg, el director y coguionista de Druk. El danés, uno de los fundadores del Dogma 95, hace rato ya que viene construyendo una de las miradas más interesantes del cine europeo. Druk lo reunió con el actor de su imperdible La cacería (2012), Mads Mikkelsen, en una alianza entre cineasta y actor de la que solo se puede pedir una nueva colaboración. Vintenberg, además, fue quien dio uno los discursos más emotivos de la ceremonia al dedicar su premio a su hija, quien falleció mientras el director filmaba Druk. “Queríamos hacer una película que celebrara la vida”, contó el cineasta sobre su historia de un grupo de amigos adultos que decide experimentar con un consumo diario y “funcional” del alcohol.

    Daniel Kaluuya, el primer actor inglés negro en obtener la estatuilla como intérprete (Mejor actor secundario), es un verdadero hallazgo. Su retrato del líder de los Panteras Negras en Judas y el Mesías Negro es crudo, efectivo y nunca sobrepasa la delgada línea del histrionismo con que las biografías dramáticas retratan a sus protagonistas históricos. Kaluuya, de 32 años, ya se había destapado en ¡Huye! (2017), nominada a Mejor película, pero su consagración sí parece definir el desembarco de uno de los actores más prometedores de su generación.

    Las carreras condecoradas de Frances McDormand y Anthony Hopkins sumaron nuevos laureles con sus respectivas victorias como Mejor actriz y Mejor actor. Lo de McDormand se sintió como el eco de sus victorias pasadas y una hazaña más bien atada al discurso de Nomadland. Lo de Hopkins, quien a sus 83 dejó una demoledora interpretación como un hombre con demencia en The Father, fue un triunfo meritorio pese a la polémica que generó que su colega fallecido, Chadwick Boseman, no obtuviera un premio póstumo.

    Hopkins no recibió el premio en vivo, ya que dormía en su hogar en Gales, su país de procedencia. Lo hacía mientras que Joaquin Phoenix cerraba la ceremonia de una forma abrupta, al presentar el premio a Mejor actor a lo último, tras la victoria de Nomadland y McDormand. La decisión de Sodebergh, que probablemente apeló a un cierre emotivo con la victoria de Boseman, fue errada pero metafóricamente acertada a todo lo que le antecedió: un evento en el que la incomodidad le ganó al glamour y que merece, por ahora, ser escondido debajo del tapete del olvido. Para recordar siempre tendremos, por suerte, las películas.

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