Escribió cuentos, canciones, obras de teatro, el guion de una película, libretos de radio. Fue historiador, periodista, abogado, participó en tertulias. Cuando era niño se puso una boina enorme y un pantalón holgado y se vistió como el Pibe de la película de Carlos Chaplin. Y el Pibe fue el apodo que toda la vida tuvo Carlos Maggi (Montevideo, 1922-2015). Cuando salió de preparatorios escribió un ensayo sobre Artigas con su amigo Manuel Flores Mora y ganaron un concurso organizado por la Universidad de la República. De allí en más, a este intelectual precoz no lo frenó nadie.
Cuando tenía 40 años en el programa impreso de su obra de teatro La gran viuda, escribió: “No creo que nada de esta ciudad me sea ajeno. También trasnoché en el Café Metro, en rueda de intelectuales inéditos y fui titulero, cronista y redactor de Acción. Me ocupé de historia, leí algo de filosofía, publiqué dos o tres libros, gané concursos, van tres épocas en que colaboro con Marcha. Fui jugador de las divisiónes inferiores del club Atenas aunque me hubiera gustado más ser Juan Alberto Schiaffino y, como todos, estudié abogacía”. La cita está tomada de la biografía que Miguel Ángel Campodónico escribió de Maggi. Desde aquel folleto de 1961 hasta su última obra Il Duce, ópera que escribió en 2013 con Mauricio Rosencof, realizó tantas obras y participó de tantos proyectos culturales que cuesta creer de dónde sacaba tiempo y energía para hacerlo. Integrante de la generación del 45, tuvo amigos de esa generación, de las anteriores y de las siguientes. Era un hombre afable, polémico y querible. Y tuvo mucho éxito en todos sus emprendimientos.
Una trayectoria de esa magnitud es difícil de sintetizar en una muestra como la que se está exhibiendo en el Museo Zorrilla con motivo del centenario de su nacimiento. Se llama El Pibe: arte vivo de Carlos Maggi y fue organizada por el Instituto Nacional de Letras de la Dirección Nacional de Cultura del MEC. Tuvo además la importante participación y aportes de la familia de Maggi, sobre todo a través de su nieta, María Inés Arrillaga, fotógrafa y cineasta, que es la curadora de la exposición.
“La idea del Instituto es trabajar la tradición afectando el presente. En este caso teníamos la posibilidad de trabajar con el archivo que conserva la familia y con una artista joven como María Inés”, cuenta Nicolás Der Agopián, coordinador del Instituto Nacional de Letras, quien trabajó con Matías Núñez en la investigación y con Joanna Bresque en el diseño del montaje.
La muestra incluye una parte documental, con manuscritos originales, cartas, fotografías, pero también la faceta más íntima de Maggi con sus objetos personales y cotidianos y los registros de su amplia red social de amigos, creadores e intelectuales. Además están los aportes de otros artistas que representan algún aspecto de su persona. “Cuando nos planteamos hacer la muestra pensamos invitar a otros artistas que fueron amigos de Maggi, pero muchos otros se plegaron naturalmente”, dice Der Agopián en un recorrido por la exposición con Búsqueda.
La primera parada es inevitable: la instalación que cubre gran parte de una de las paredes de la sala del Zorrilla. Allí está representada “la vida por dentro” de Maggi en sus pasatiempos, en los tacos de billar o las herramientas de trabajo, en bocetos de escenografías de obras de teatro, en su maletín, su sombrero y una de sus corbatas negras o en los dos premios Florencio que ganó como dramaturgo. Detrás de cada objeto hay una historia. Por ejemplo, la de la corbata. “Cuando se murió su padre él era bastante joven y abandonó la carrera de Derecho porque precisaba trabajar. A partir de ese momento usó siempre una corbata negra, y tenía muchas”, recuerda Der Agopián. Maggi retomó sus estudios años después y se recibió de abogado cerca de los 30 años.
En esa instalación llama la atención un precioso retrato de Maggi joven. Es una obra de Cabrerita, como se conocía al pintor Raúl Javiel Cabrera. Quien recuerda muy bien la historia de ese retrato es María Inés Arrillaga: “Cabrerita en un momento no tenía donde vivir y mi abuelo, que en ese momento vivía todavía con su madre Angelita y su hermana Chichita lo invitó a vivir con ellos. Él se iba a trabajar y cuando volvía Cabrerita le había hecho un retrato y le ponía cuernos o rulos y él le decía que lo borrara. Un día llegó de trabajar y el retrato no estaba. Al tiempo alguien le avisó que lo había visto en un remate. Entonces el abuelo fue y lo compró, y lo tuvo colgado en todas las casas en las que vivió”.
Pareja literaria
Una máquina de escribir Underwood tiene en su rollo un curioso texto: “Esta cinta nueva es para que mi adorada esposa pase su gran obra Los rebeldes del 800, que tantas satisfacciones habrá de darnos en un próximo futuro”. Su adorada esposa fue la escritora María Inés Silva Vila (Salto, 1927-Montevideo, 1991) con quien formaban una pareja sentimental y también literaria, porque juntos escribieron algunas obras, entre ellas, una muy peculiar que Maggi dibujó en servilletas. Fue una historieta que titularon El Pibe y la Pocha.
Otro detalle curioso es que Maggi siempre escribía en cuadernos con su letra manuscrita y era María Inés quien le pasaba a máquina sus obras. “Era la única que le entendía la letra”, dice su nieta, ahora que estuvo hurgando en aquellos archivos.
La pareja se había conocido en la confitería de Conaprole, de Pocitos, en una cita doble, a la que acudieron Maneco Flores Mora, con su novia, María Zulema, que era hermana de María Inés, a quien decían Pocha. A partir de ese encuentro la Pocha y el Pibe se hicieron novios. El registro de su noviazgo aparece en las vitrinas de la muestra, incluso un suelto periodístico de su casamiento en el que fueron testigos, entre otros, José Bergamín, Manuel Flores Mora, Juan Silva Vila, Francisco Espínola y Ángel Rama.
Justamente con Ángel Rama e Ida Vitale, los recién casados alquilaron un apartamento y convivieron hasta que empezaron a nacer sus hijos. “Todos destacaban de él que era un gran entusiasta de la cultura y un entusiasta social. Lo practicó siempre. Estaba en la tertulia de En perspectiva de Emiliano Cotelo y había formado parte de las tertulias del Café Metro, a la que iba con Flores Mora. Iba mucho también a la casa de José Pedro Díaz y Amanda Berenguer, quienes tenían la imprenta La Galatea”, dice Der Agopián.
En las vitrinas también se exhiben manuscritos de sus obras de teatro, una de ellas es El patio de la torcaza, una parodia de El conventillo de la paloma. La trastienda fue la primera obra que Maggi estrenó, pero la primera que escribió fue La biblioteca, que no estrenó por miedo a ofender a Luis Batlle Berres de quien era amigo. Trata sobre un director joven que asume la dirección de la Biblioteca Nacional y en tono de parodia retrata lo que le va pasando con los libros y los funcionarios. Der Agopián explica que en sus obras de teatro Maggi utilizaba un recurso parecido en el manejo del tiempo. “Se marca el fundido a negro y se salta a cinco años después o a 10 años después. Era una estructura muy usada por él”.
Un abuelo poco convencional
María Inés conoció poco a su abuela cuyo nombre heredó. Ella nació en 1987 y su abuela murió en 1991, pero ahora la redescubrió en los archivos que encontró en la casa familiar de Las Toscas, donde la pareja de El Pibe y la Pocha vivían.
“Desde el momento en que el Instituto me propuso participar en este homenaje, pensé que tenía que usar técnica de edición del montaje de cine en algo distinto. Fue interesante la parte de los recuerdos y las historias detrás de cada objeto, de los años que yo lo conocí y de las historias que me fueron llegando de la familia y de sus hijos”.
María Inés es la directora del documental Ida Vitale, que se preestrenó en la sala Zitarrosa en el marco de DocMontevideo, y que en agosto se estrenará en salas de cine. “Ida no es mi abuela, pero la conozco desde niña y es casi como mi abuela. Cuando se exhibió el documental me preguntaban cómo había hecho para matener distancia. Yo decía que siempre está lo emotivo, pero me gusta usar una palabra que leí sobre la poesía de Ida, que decía que era ‘quirúrgica’. Ahora al ver tanto sobre la vida de el Pibe volví a recordar esa palabra y a ponerme en otro lugar. No lo veo solo como abuelo, aunque él nunca fue un abuelo en el término clásico de la palabra”. Ahora recuerda que Maggi tenía la misma fortaleza que mantiene Ida, como si fuera un mandato de esa generación ser activos y vitales.
Otra curiosidad de la muestra es la película La raya amarilla que Maggi escribió y dirigió en 1962. Con música de Jaurés Lamarque Pons, la película muda dura 18 minutos y tiene como protagonista a un Ricardo Espalter muy joven que representa a un funcionario que debe pintar una raya amarilla por las calles de una Montevideo que se movía a ritmo lento.“La había visto en pantalla grande porque en 2015 le hicieron un homenaje cuando murió y lo pasaron en la Sala Zitarrosa y también la vi en Youtube. Es brillante la forma cómo resolvió mostrar la ciudad a través de esa raya. Siempre con humor, algo que lo caracterizaba, incluso para hablar de cosas serias”, dice ahora su nieta que como cineasta ve con otros ojos esta faceta de su abuelo.
Ella lo recuerda como un entusiasta de la vida y un gran escucha de los otros. “El otro día lo hablaba con mi tío Marco, él me decía que era la persona más generosa que conoció en su vida. En su casa de Las Toscas eran siempre todos bienvenidos. Nos dejaba llevar a los amigos que queríamos, pero no era un abuelo común. En los almuerzos cuando éramos niños nos preguntaba las capitales de los países. Cuando empecé facultad le mostraba los trabajos que escribía y le pedía que fuera duro con las críticas. Generaba mucho respeto. No recuerdo una discusión con él, aunque estábamos en desacuerdo con muchas cosas”.
Rita Fisher intervino el gran ventanal del Zorrilla que da al jardín con pinturas que evocan el entorno verde de Las Toscas; la fotógrafa Magela Ferrero reprodujo en forma personal la carta de renuncia de Maggi a la direción de Canal 5 en 1985, cuando no pudo ejercer la gestión que él quería; las artistas Liliana Porter y Ana Tiscornia, que viven en Estados Unidos, representaron en forma minimalista al Maggi creador y periodista; Fidel Sclavo utilizó una frase que le escuchó (“Todos los nudos van a parar al peine”) y en su obra hay un peine y un texto que la complementa; Ricardo Pascale, gran amigo de Maggi, hizo una obra a modo de escalones, porque todo en él iba hacia arriba; Ignacio Iturria hizo un cuadro y su hijo Marco Maggi una obra llena pequeñísimas geometrías a modo de retrato. En uno de los auriculares, se escucha cantar a Sylvia Meyer una canción (Utopía) compuesta por el Pibe, su suegro.
“Maggi siempre huyó de los homenajes pero persiguió el acto vivo (o entraña) de la experiencia estética. Creo que en este caso, el acto vivo de 10 artistas que crearon desde su voz única con tanto cariño y talento, le gana al homenaje y él estaría feliz”, dijo su nieta en la inauguración de esta muestra. El 9 de febrero habrá un nuevo homenaje en el Patio Andaluz del Museo Zorrilla con personalidades que intercambiarán sobre la obra de Maggi. Seguro que él seguirá feliz.