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Durante todo el concierto, la señora sostuvo un cartel en sus manos que decía “Quiero una foto contigo”. Cuando faltaban tres temas para el final, Joan Manuel Serrat le dijo: “Ven para aquí arriba”, e hizo que uno de sus asistentes la fuera a buscar y la llevara al escenario para darle un abrazo. Mientras caminaba hacia el gran estrado montado sobre la tribuna Olímpica, la emoción desbordaba de su rostro estremecido. Caminaba lentamente, como podía. No paraba de llorar. Lo primero que hizo el catalán ni bien terminó el último concierto de su carrera en Montevideo fue ir a su encuentro, tras bambalinas, y compartir un abrazo con su público, personificado en esa mujer, que no podía creer lo que ocurría.
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Serrat se va para su casa de manera soñada. Se va porque la biología impone sus condiciones. Sí, es innegable. Pero se va por todo lo alto. Se va con un espectáculo de enorme jerarquía, que durante dos horas y media ha deleitado, entretenido y emocionado a las multitudes de Latinoamérica y España que lo han ovacionado durante todo el año. Se va rodeado del cariño de su público, que no para de piropearlo y manifestarle su admiración a gritos de principio a fin. Se va cantando con su público, al que hace corear los versos de varias canciones. Se va sacándoles lustre a los seis músicos de su banda. Virtuosos, sí, como corresponde, pero sobre todo rebosantes de swing. Se va cantando una hermosa versión de Es caprichoso el azar, a dúo con la violista y cantante Úrsula Amargós. Y se va como un niño, a pura broma con los históricos Josep Mas (teclados), Rai Ferrer (contrabajo) y David Palau (batería) y con el pianista y arreglador y director musical de la banda, el entrañable Ricard Miralles, también de 78 años, a quien rinde honores durante todo el show.
El viento pampero del martes 22 expulsó a tiempo la tormenta, por lo que la ansiada presentación montevideana de Por el vicio de cantar 1965-2022 tuvo un marco ideal. En su regreso tras la pandemia (su último concierto en Montevideo había sido en noviembre de 2018 en el recién inaugurado Antel Arena), exhibió un estado físico y vocal similar (e incluso mejor) al que había mostrado hace cuatro años. Obviamente, su caudal vocal ha disminuido respecto de sus años de gira con Sabina, cuando juntos llegaron a reunir a 40.000 personas en el Estadio. De todos modos, a sus 78 años, demostró estar en muy buena forma para un concierto de gran porte. De hecho estuvo casi todo el tiempo de pie. En un momento, cuando desde las primeras filas llegó a sus narinas una bocanada de humo de marihuana, sonrió y anunció: “Creo que me voy a quedar aquí de pie el resto del concierto”. Miró al tecladista, que estaba justo detrás suyo y le dijo: “¡Qué contento se te nota, Josep!”.
Los 23 temas que conformaron el repertorio fueron una antología de la emoción en la canción. Una perfecta síntesis de la inmensa obra del catalán. Nano tendrá la voz cascoteada por los años, pero conserva intacto ese asombroso carisma interpretativo que logra colocar a 15.000 individuos en la palma de su mano. Desde Dale que dale, Mi niñez y El carrusel del Furo, dedicada a su abuelo fusilado y desaparecido en la guerra civil, la insuperable dupla de baladas Lucía-Señora, la sarcástica Algo personal, la estremecedora Las nanas de la cebolla, sobre el poema de Miguel Hernández, el summum de la dulzura en Es caprichoso el azar, las dedicadas a sus padres, en catalán, Pare y Cançó de Bressol, y los tanques de su cancionero como Para la libertad, Tu nombre me sabe a hierba, Hoy puede ser un gran día, Mediterráneo, Aquellas pequeñas cosas, Penélope, Cantares y Fiesta. Estas dos últimas son las Satisfaction y Jumping Jack Flash del catalán. Son las canciones perfectas para cerrar el concierto a toda orquesta, con el público de pie, cantando a viva voz, en una auténtica comunión, esa energía que lleva a que dos desconocidos se sonrían, conversen y se den un abrazo como si se conocieran de toda la vida.
Lo verdaderamente distintivo de este concierto es que fue un adiós divertido, lleno de historias y anécdotas que Serrat desgranó entre canción y canción, sin parrafadas rimbombantes ni discursos autocomplacientes, y con el humor en su justa medida. Una serie de breves monólogos, escritos con óptimo pulso narrativo, en los que, lógicamente, recordó a Mario Benedetti. De hecho, el lunes 21 fue homenajeado por la fundación que lleva su nombre. Y para coronar un cierre perfecto, se marchó del escenario con la Olímpica radiante, iluminada con las luces del Estadio y rompiéndose las manos pidiendo una más. Se sacó la foto abrazado a la señora del cartel. Y le dijo adiós a Montevideo de la mejor manera posible.