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    El arte de tirarse por la ventana

    “Perverzión”, de Yuri Andrujovich

    Poetas románticos, rebeldes, borrachos y enamoradizos son los personajes del escritor ucraniano Yuri Andrujovich. Sujetos que viven por y para los misterios, que piensan en música 10 horas diarias (el resto lo reparten en dosis variables entre sexo, bebidas y sueño), que asisten a congresos donde se exponen y debaten asuntos como los carnavales del fin del mundo o lo que queda en el horizonte después de la devastación. Caballeros que van con una flor en la solapa y un cortauñas en el bolsillo, y bufan y suspiran y también insultan si no pueden silbar.

    Nuestro héroe se llama Stanislav Perfetsky, Stas para los más íntimos, el poeta de los cuarenta nombres, de los placeres bajos y livianos, de la vida disipada y también de la oscuridad bendecida. La fundación La Morte di Venezia lo ha invitado a la ciudad más bella del planeta con todos los gastos pagos para dar una charla junto a otros poetas de su talla, o de su calaña. Se sabe que Perfetsky partió en un Alfa Romeo desde Munich hacia Venecia en compañía de una bella mujer “sin zonas demolidas”, Ada Citrona, y de su marido, el urólogo Janus Maria Riesenbock. Se sabe que llegó a Venecia, que habló largo y tendido sobre la finitud de la carne y la disonancia del espíritu (o al revés) con un cura en el cementerio de la isla de San Michele —donde bebieron varias botellas de chianti al compás del viento que sacudía los cipreses—, que asistió a las ponencias de sus colegas con rostro más o menos soñoliento, que expuso su propia ponencia desde las entrañas, que recorrió palacios e iglesias y fumó en sus puertas y escaleras y no se conmovió demasiado, que improvisó desde el público un papel en la representación de “Orfeo” en el teatro La Fenice (y fue ovacionado), que paseó por los canales en góndola y también en su imaginación sin salir del hotel, que se enamoró perdidamente (¿es posible otro tipo de amor?), que se quitaba los lentes y se los volvía a poner (para ver y no ver, ver y soñar) y que, supuestamente, se lanzó por la ventana hacia las putrefactas aguas del Gran Canal. El gran misterio es que Perfetsky, nuestro Stas, desapareció.

    En este carnaval delirante, a lo largo de toda esta ópera buffa en forma de pasticcio que expone Andrujovich y arroja luz sobre el poeta de alma atormentada, también abundan los personajes circenses, oníricos y fellinescos, como la bestia de lenguaje indescifrable Mavropule, en cuya barba se pueden encontrar objetos, un centauro de chaqueta rojo intenso y corbata esmeralda-violeta-naranja, la quintaesencia del hedor veneciano. Y no son menos sorprendentes los ambientes: un restaurante donde el espejo se quiebra en el instante de una confesión amorosa, una casa derruida y adornada con soles, estrellas, medialunas y diablillos de hojalata que vibran y hacen música en una noche de tormenta, un teatro lleno hasta los botes y con un espectáculo grandioso. La loca y disonante sinfonía de Andrujovich también hace hablar a los objetos, ora una mesa del siglo XIII confeccionada por artesanos de la isla de San Pietro, ora una bañera llena hasta los bordes, ora un zapato escorado, ora una camisa de seda que Stas ha dejado en su testamento, ora un disco de Tom Waits, ora el best seller de autor desconocido El arte de tirarse por la ventana. Es que al poeta todo le queda bien.

    Andrujovich ya había escrito otras novelas imaginativas, inteligentes y dotadas de un impecable humor, como “Doce anillos” y “Moscoviada”, además de un par de ensayos sobre Ucrania y su historia (“El último territorio” y “Mi Europa”, el segundo en colaboración con Andrzej Stasiuk), donde el hombre se pone serio. Pero Perverzión es, sin lugar a dudas, su mejor trabajo.

    Un montaje trepidante, fragmentario y alucinado es la elección de Andrujovich. La apuesta es arriesgada pero el tipo acierta. Se suceden varias perspectivas narrativas y formas de abordaje. Cada capítulo es diferente y sin embargo no se pierde nunca el rumbo. Por momentos, la historia es narrada por los protagonistas o por testigos directos. En otros, hablan los artículos de prensa, un programa de mano, los retazos testimoniales de alguna grabación, memorandos e incluso la solemnidad de un testamento. A veces, la escritura es en verso. A veces, en una prosa extraña, cruda. Hay juegos con las letras, con los guiones, con las mayúsculas (un momento absolutamente hilarante del libro tiene que ver con las mayúsculas, precisamente). E incluso tenemos un capítulo en el cual Andrujovich arriesga aún más y nos presenta dos columnas en la página: una para un discurso y otra para un pensamiento generado al mismo tiempo que ese discurso. Tanto juego literario podría ocasionar un desmadre, un delirio para medicar. Sin embargo, el equilibrio narrativo es de hierro. Perverzión se disfruta como si viajásemos a través de los más irregulares y tortuosos caminos pero en un auto con comodidades y una suspensión del siglo XXV.

    Si uno mezcla realismo mágico de estilo centroeuropeo, poesía beatnik de los Cárpatos, alucinación universal en buena dosis, malabarismos verbales, referencias históricas y humor del mejor, obtiene esta maravillosa novela. Es, realmente, el gran arte de tirarse por la ventana y caer parado.

    “Perverzión”, de Yuri Andrujovich. Acantilado, 2012, 372 páginas, $ 910.