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    El arte envuelto en nylon

    Martín Pelenur en Dodecá

    La primera impresión es desconcertante. La sala está envuelta en nylon. Toda la sala. No hay rastros de la pulcra y cálida textura suavemente iluminada de la estructura anterior. Las paredes cubiertas prolijamente por un material poco amable. Como si estuviera en obra. El nylon está limpio, es protector, cuida el entorno de algo que puede dañarlo. Hay una sensación de incompleto y peligroso, cierta posibilidad de que algo puede pasar. Hay que tener cuidado. El envoltorio sintético desacomoda la percepción y genera un efecto extraño. Nada se parece a una típica muestra de arte, aunque claro, ya el arte no se parece en nada a sí mismo.

    A nadie sorprendería que en ese lugar estuviera el propio autor. Uno puede imaginarlo con grandes botas de goma y un enorme delantal de material sintético, impermeable. Como un marino en barco de pesca chapoteando entre pescados sangrientos y cuchillos afiladísimos. No en vano la “muestra” se llama Ballena. O un trabajador industrial que manipula restos en una cámara fría y húmeda, entre objetos punzantes, peligrosos y contaminantes. El artista debe estar con la boca tapada. El espectador también, en cierta forma protegido metafóricamente ante el impacto de la construcción que lo recibe y lo involucra en una experiencia inquietante. Es que la sensación inicial del trabajo planteado por Martín Pelenur (Argentina, 1977) en la sala de Dodecá en Punta Gorda es una especie de cámara de frío donde cuelgan materiales poco usuales para una propuesta artística. Pero cuelgan vivos, o, al menos, dan esa sensación. De estar en proceso, latiendo imperceptiblemente, todavía tibio en algún punto. Son paneles en tono amarillento, traslúcidos. Grandes, anchos, cuelgan en serie, uno tras otros a cierta distancia, precisos, calcu­lados. Dentro de esos colgajos o telones industriales como charque, como retazos de geometría precisa, chatos y duros como si hubieran estado al sol. Tal vez el tono remita a un poco del duro sol marino. Es inevitable pensar en mar, en carne casi viva de animal cuarteado, en cueros sangrientos, en materia derretida.

    Dodecá queda además a media cuadra de la rambla y ese día el fuerte viento del sur se cuela por la callecita, impregna todo, entra en el mundo de Pelenur que uno se imagina tras la materia colgante, tras la materia que se derrite y cae al piso, chorreando. Hay un mundo allí, una categoría de mundo diferente, en un proceso de elaboración minucioso, detallado, casi matemático. La precisión marca la diferencia, siempre. Dice el propio artista además que es surfista. Que va y viene del mar al taller. La búsqueda del equilibrio es un vínculo, la relación con el riesgo, la lucha con una fuerza superior, lo imprevisible, la presencia del azar. La perfección en el equilibrio sobre la tabla es un instante, nada más. El dominio dura nada, apenas se roza, como en el arte, ni más ni menos. Eso parece estar proponiendo este espacio envuelto en una cobertura fría y calculada, en líneas bien definidas, en pequeños y riquísimos detalles.

    En los paneles se perciben recorridos, arrugas, breves y caprichosos trazos que se aglutinan y abren y desembocan en otros. Eso da la vida, la continuidad con la fuerza natural. La presencia de un material dentro de otro y la marca que deja en su trayecto aleatorio. Son ríos diminutos, arterias, por ahí corre algo de vida.

    Pelenur es un artista interesante, dúctil, profundo, sutil. También es un artista que piensa, que procesa y corre tras la materia y aplica en ella una respuesta a la motivación. Es como la relación de un surfista con su tabla. La sigue, la acompaña, le permite abrir caminos. El surfista con el mar que también es un marino. Conduce tras un destino o una “ballena”, tras un ideal de expresión, de vuelo, de emoción.

    El espectador debe entenderlo. Simplemente eso, el arte no es lo que era ni la idea que uno tiene todavía de las viejas prácticas artísticas. Para algunos ni siquiera “es”, ni siquiera existe o puede definirse o acercarse a parte de su esencia. Tan radical es el debate contemporáneo. El arte dejó de ser porque ya no se lo puede nombrar. Es así y ya no hay marcha atrás. Por lo tanto, acomodemos el cuerpo y la sensibilidad, ajustemos la mirada, percibamos lo imposible. Algo hay de interesante en esta visión. El artista viaja por senderos o rutas que desacomodan. Pintan o instalan, con óleo o barniz, con sangre si es necesario. Todavía hay algunos acuerdos que ayudan. Muestra, instalación, propuesta, proyecto, construcción, acción. Y un largo etcétera que permite mapear la realidad del arte contemporáneo. Es necesario, pero a veces, no es suficiente.

    En el caso de Pelenur, la obra es de una calidad evidente. Este trabajo y otros que ha mostrado a lo largo de estos años. Tiene ideas, construye desde cierta conceptualización, pero afloja y permite que su percepción inunde la obra, se vuelva inmanejable desde la destreza del conductor. Navega en varios mares con destreza y convicción. Como los viejos artistas, también notables artesanos. Como el buen marino, ni más ni menos.

    Ballena, de Martín Pelenur. Centro Cultural Dodecá (San Nicolás 1306, Punta Gorda). Lunes, miércoles y viernes de 14:30 a 22 horas. Sábados de 12 a 19. Hasta el 31 de mayo.

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